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sábado, 27 de mayo de 2017

Soberanía mancillada por @LeoMoralesP


Por Leonardo Morales P.


En las guerras unos ganan y otros pierden. Es un enfrentamiento existencial en el que ganar lo es todo. No siempre terminan con un ganador sino con acuerdos entre los enfrentados en virtud de que ninguno es capaz de imponérsele al otro, de modo que conciertan la suspensión de hostilidades hasta una nueva oportunidad o suscriben un pacto en el que ambos se sienten satisfechos. La posibilidad de la guerra siempre ha estado y sigue estando presente. Ya se habla de guerras justas e injustas y así se titula una obra de M. Walzer.

Su contrario, la paz, es moralmente superior a la guerra. Ella misma, por sí sola, se justifica. No hay que hacer enjundiosas teorías para aceptarla como lo mejor para la sociedad. La paz es el anhelo de toda comunidad y es el bien que debería garantizar el Estado y el gobierno de una nación.

Eso no lo ha entendido Maduro tampoco lo comprendió el difunto; andar proclamando guerras por doquier, ciertamente ficticias, revelan el carácter de los detentadores del poder. Viven afanados en guerras que solo buscan justificar el fracaso gubernamental: la culpa no es de las políticas implantadas sino de terceros que impiden que ellas se desarrollen.

La instauración de un modelo político que descansa en la visión de la guerra, en la pretensión de ejercer una hegemonía total en la sociedad y la permanente confrontación con otros actores políticos, han conducido al país al estado actual: más 50 días de protestas con más o menos igual número de asesinados.


Maduro habla de buscar la paz y escoge el camino equivocado. No es cierto que una constituyente es el camino más expedito para recomponer a una sociedad que transita por momentos de profunda crispación. Una constituyente supone el encuentro de una sociedad que durante algún tiempo ha deliberado sobre asuntos que le atañen y creen haber encontrado los puntos de encuentro y de coincidencias que les permite avanzar como sociedad.

Maduro no busca la paz, como siempre busca su contrario, la guerra. El solo hecho de arrogarse la convocatoria de una constituyente sin consultar al pueblo, depositario de la voluntad general y detentador del poder originario, lo convierte en una declaración de hostilidades. Habrá que recordarle a Maduro, que solo ejerce un poder derivado, justamente de la fuente primaria de la soberanía: “…la soberanía propiamente dicha y en el sentido absoluto de la palabra está situada primitivamente fuera del Estado. Es necesario, por lo tanto, acabar siempre buscándola en los individuos:”

El pacto al que llega una sociedad y que plasman en una constitución solo es posible en el ejercicio de una soberanía que jamás puede enajenarse. Es un acto colectivo el que da vida y potencia a semejantes acuerdos, por lo que mal puede a quien se le ha trasmitido el poder, que siempre será temporal, pretender actuar soslayando a quienes en acto soberano se dictaron unas normas que solo ellos pueden autorizar su revisión. Cualquier acto que contrarié la soberanía originaria autoriza a actuar como, en efecto, señala el artículo 333 de la Constitución vigente.

Insistir en esa ruta, vulnerando la soberanía originaria, como medio de asirse al poder, solo agitarán las tempestades que ya azotan al país. Este gobierno, cuya legitimidad extinguió hace mucho y que ahora concita un enorme desprecio, no podrá, así saque filo a las bayonetas, atemorizar a un pueblo que hace rato le perdió cualquier tipo de consideración.

26-05-17