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martes, 30 de mayo de 2017

¿Por qué es tan difícil dejar de creer en la información falsa?, por @silviowaisbord ‏



SILVIO WAISBORD 29 de mayo de 2017

Para quien cree que el debate público debe estar basado en hechos demostrables, es entendible el desánimo frente al ascenso de la posverdad. Hace unas semanas, miembros de un sitio digital dedicado a verificar los discursos de funcionarios públicos confesaban su desazón en vista de la impunidad de políticos que continúan haciendo afirmaciones falsas, aun cuando sus mentiras hayan sido desmentidas. Si a esto le sumamos la amplia presencia de convicciones falsas en segmentos de la opinión pública, es entendible el escepticismo sobre el impacto de la verificación de hechos.

En medio de la explosión de las noticias falsas, redes sociales (Facebook), buscadores de internet (Google) y medios de prensa (BBC News) han instalado mecanismos de verificación de información. En la última década, en América Latina, también surgieron iniciativas dedicadas a verificar las declaraciones de políticos como la argentina Chequeado. Y, más recientemente, La Jornada lanzó un verificador de noticias que funciona en Twitter.

El contrapunto de esta tendencia es la proliferación de sitios dedicados a producir información falsa, ya sea para generar ganancias o formar opinión, alimentando la ignorancia y las pasiones ciegas. A estas usinas de mentiras se suman hostigadores y propagandistas digitales que, a sueldo o de forma voluntaria, siembran confusión difundiendo falsedades.

No es claro que los realistas vayan a prevalecer sobre los embusteros en esta disputa por la verdad. El chequeo de la información puede tener impacto positivo, pero es erróneo pensar que inevitablemente obligue a los políticos a decir verdades, corrija la amplia desinformación ciudadana, o elimine las noticias falsas de internet.

Estudios recientes muestran los efectos limitados de la verificación. Por ejemplo, es inusual que las correcciones modifiquen percepciones incorrectas sostenidas por determinados grupos ideológicos con fuertes creencias sobre diferentes temas políticos. Las percepciones incorrectas preexistentes están relativamente blindadas a la información que contradice. Por el contrario, hay casos de “efecto búmeran” cuando, lejos de modificar opiniones erradas, las correcciones fortalecen las creencias falsas. Somos reacios a aceptar correcciones aun cuando los datos contradicen nuestras convicciones. El principal obstáculo es el “razonamiento motivado” por convicciones partidarias, ideológicas y religiosas. Abundan percepciones incorrectas difíciles de modificar. Los ejemplos abundan: el contenido de políticas públicas, el cambio climático, los efectos de la vacunación, el impacto del matrimonio igualitario y las propuestas políticas de candidatos presidenciales.

Hay creencias resistentes a la información, especialmente si están sólidamente engarzadas con identidades individuales y colectivas: si son parte de un “cerebro ideológico” que filtra la realidad según convicciones férreas sobre el mundo. De hecho, la información puede inducir una “resistencia motivada” cuando pone en jaque convicciones y valores personales. Las falsedades son “pegajosas” si están arraigadas en sentimientos de identidad.

Esto explica por qué es más factible que “información chequeada” sea compartida en Twitter y otros “medios sociales” cuando refuerza simpatías partidarias que cuando las contradice, como muestra un estudio reciente. Seleccionamos toda la información, incluidas las correcciones, para mostrar que estamos en lo correcto y que nuestros adversarios están equivocados. Cuando los datos están de nuestro lado, los hacemos públicos En cambio, cuando nos contradicen, los rechazamos o los ignoramos. Difícilmente le diremos al mundo que estábamos equivocados y creíamos en fantasías.

Pensamos socialmente. No somos Robinson Crusoe cuando pensamos o tomamos posiciones, sino que estamos influidos por la aceptación social, más allá de si tenemos evidencia. El apetito narcisista que busca conseguir un me gusta en Facebook ejemplifica la disposición por el “pensamiento de grupo” más que por pensar con evidencia o tener la mente abierta. Importa ser aceptado socialmente más que tener ideas correctas. Desarrollamos opiniones fuertes aun cuando tengamos solo un milímetro de evidencia para sostenerlas.

Por eso no sorprende el limitado impacto de la verificación de información en modificar opiniones. Esto no implica que no sea importante. Puede tener impacto en grupos que carezcan de convicciones definidas sobre un tema, o en cuestiones que no están vinculadas a identidades partidarias, religiosas o culturales. Asimismo, importa quién es la fuente de la información. Fuentes reconocidas y respetadas pueden modificar opiniones más que alguien desconocido.

De igual manera, la verificación es importante porque documenta la realidad. La verdad nunca es simple, ya sea sobre cuestiones políticas, históricas o científicas. Es difícil y discutible. Suele ser escurridiza y lleva tiempo desentrañarla.

En internet circula un caudal incalculable de información errónea que no puede ser eliminada completamente por ejércitos de verificadores. Las falsedades siempre encontrarán canales para llegar a quienes se aferran a fantasías.

Sin embargo, la búsqueda de datos es fundamental considerando la “tormenta perfecta” de mentiras en el caos informativo contemporáneo. Abundan intereses políticos, religiosos y empresariales dispuestos a respaldar invenciones y entelequias para conquistar a públicos escandalosamente desinformados.

Y ahí los enemigos de la democracia llevan las de ganar. Los autoritarios siempre se encaraman sobre la desinformación y la propaganda. De ahí su enorme desprecio por instituciones dedicadas a producir y verificar hechos como el periodismo, la ciencia y la justicia. Cualquier autoritarismo comienza con la negación de la verdad y la manipulación de los mecanismos que puedan poner sus mentiras al descubierto, y se consolida cuando la ficción se convierte en la realidad.

Frente a esta situación, hay que insistir en el principio de que cualquiera tiene derecho a sus opiniones pero no a sus hechos. Los hechos son obstinados, como observara John Adams. Son la única herramienta para combatir falsedades e informar al público. Sin hechos, el debate público queda sepultado bajo un manto de mentiras en el que toda opinión vale por igual y domina el relativismo simplón.

Reivindicar el compromiso con los hechos es particularmente importante frente al renovado debate sobre las “noticias falsas”. Siempre ha existido información errónea, que no corresponde con la realidad, diseminada para obtener réditos económicos o políticos. De hecho, la circulación de información falsa tiene una historia más extensa que la información debidamente verificada frente a los datos de la realidad. El colapso del dique de información pública ocasionado por la red digital deja al descubierto la eterna e inconclusa disputa por la información y la verdad. En una red horizontal de intercambio de ideas es infinitamente fácil difundir mentiras y propaganda a escala global, evitando los filtros de los modernos árbitros de la verdad como la ciencia y la prensa, justamente las instituciones que los autoritarismos siempre se proponen maniatar o desactivar.

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