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jueves, 17 de octubre de 2013

El miedo y la libertad

Por: Jorge Gomez 15 octubre, 2013

Muchas veces, cuando se habla de libertad, de plano se rechaza como principio o ideal, bajo el supuesto de que ésta sería una mera ficción, una ilusión, pues no seríamos libres realmente.

Detrás de esa apelación, existe la noción de que somos prisioneros de ciertas necesidades e inclinaciones fisiológicas, biológicas, instintivas e incluso materiales o culturales que inhiben nuestra libertad. Pero también está la idea de que la incertidumbre de la propia existencia, en realidad no nos hace libres.

Si la primera noción fuera del todo correcta, entonces deberíamos rechazar la idea –kantiana si se quiere- en cuanto a que como seres humanos -a diferencia de los animales- poseemos razón, por lo cual somos morales, y entonces actuamos libremente al determinar medios, pudiendo llegar al autogobierno, sobrepasando el ordenamiento mecánico de la existencia animal. Pero, si somos prisioneros de nuestra fisiología animal ¿Cómo poder hablar de justicia o derechos, por ejemplo?


Por otro lado, y esto es clave en nuestros días, detrás del argumento de la incertidumbre se encuentra la clásica apelación al miedo como forma de refutar la libertad. Así, ante el temor por el incierto mañana, ante la inseguridad del mundo o de la propia existencia, la libertad no tendría valor alguno ni como ideal ni como práctica. Lo irónico es que muchos de los que apelan a aquello, son los mismos que prometen bajo sus ideas o su guía, un mundo lleno de felicidad para el ser humano, como si tuvieran la capacidad de predecir el futuro y todas las probabilidades.

El miedo como contraposición a la libertad es algo antiguo. Los primeros seres humanos, ante el miedo que les generaba la incertidumbre de la existencia y el ímpetu impredecible de la naturaleza, crearon mitos y leyendas, dioses que representaban a las fuerzas incontrolables del entorno, cuya furia intentaban calmar con la brutalidad del sacrificio humano y la sumisión del grupo al capricho de los sacerdotes. En la mitología griega, Prometeo rompió el ciclo del miedo a la libertad y entregó los secretos del fuego a los “efímeros” humanos diciendo: “He hecho nacer entre ellos la ciega esperanza”. En la mitología cristiana, Adán rompió el ciclo del miedo a la libertad, y decidió no sólo dejar ser una criatura, sino de ganarse el pan con el sudor de su frente. Es decir, de servirse de su razón, y por tanto de ejercer su libertad.

Kant hablaba de la incapacidad culpable de los seres humanos, no por falta de inteligencia, sino por falta de decisión y valor para servirse de sí mismo sin tutela de otro, como la causa que frenaba el progreso de la humanidad en cuanto al desarrollo de sus disposiciones naturales. Es decir, por miedo. No es raro entonces que Eric Fromm con preocupación, viera en los sentimientos de inseguridad y aislamiento modernos, que se traducen en miedo a la libertad, el camino riesgosamente fecundo hacia el fascismo (o el comunismo o formas colectivistas, podríamos agregar sin problemas). Es decir, la vía hacia formas totalitarias de tutela absoluta, justificadas bajo la idea evitar las incertidumbres del destino propio, y confundidas con afanes de justicia y bienestar.

Pero ¿Alguien podría decir que el esclavo, a quien su captor le tiene retenido contra su voluntad y le alimenta diariamente, es realmente libre?

El miedo a la libertad se ha puesto de moda. Pero ese miedo se revierte con más libertades, no con servidumbre voluntaria hacia quienes nos prometen la máxima seguridad y bienestar a costa de la libertad o las libertades, las cuales son necesarias para ayudar a quienes no cuentan con la capacidad de ejercerlas. Porque sin libertades no puede haber bienestar.

En quienes recurren al miedo para rechazar la libertad hay un cierto egoísmo –muchas veces camuflado de altruismo- pues como decía Fromm “el egoísta nunca deja de estar angustiosamente preocupado de sí mismo, se halla siempre insatisfecho, inquieto, torturado por el miedo de no tener bastante, de perder algo, de ser despojado de alguna cosa”. Y en eso, algunos son capaces de aceptar su propia opresión.


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