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jueves, 29 de septiembre de 2016

La fortaleza de la indignación por @luispespana


Por Luis Pedro España


Debo confesarlo, de primeras, al leer las reglas bajo las cuales el régimen imponía la recolección de firmas necesarias para solicitar el referéndum revocatorio, de inmediato pensé en que no, no se podían aceptar. Sin conocer los detalles, lo veía como un abuso, al conocerlos confirmaríamos que sería una trampa.

Mesas justicas, horario de oficina pública, días entre semana, centros ubicados quién sabe dónde. Si se armó la operación morrocoy más truculenta en el estado Nueva Esparta, uno de los más opositores del país, ya me imaginaba lo peor del funcionariato abusivo y militar, pero ahora en 8 o 10 estados. Un frío de arrechera (me disculpan, pero no cabe otra expresión) recorría la espalda cuando, además, el fantasma inconstitucional del 20% por estado seguro amenazaría la épica recogida de firmas por todo el país.

Estoy seguro de que un bojote de venezolanos sintió lo mismo. La hipocresía de la “democracia participativa” retumbaba al recordar las jactanciosas alocuciones de “Chávez el demócrata” contra el cinismo de sus herederos, hoy acorralados por 75% de voluntades que son tan protagónicas, participativas y soberanas como aquellas que le aprobaron la reelección indefinida y los han mantenido en el poder por más de 17 años.


Recordaba las lecturas del marxismo ortodoxo y los debates de la vanguardia esclarecida que desde el principio compaginan socialismo y democracia como un instrumento para hacerse con el poder, para luego desecharlo cuando el pueblo los aborrece, no quedándole más remedio que darle un palo a la lámpara, disolver asambleas, anular los textos constitucionales y erigirse como dictadores con el apoyo de las bayonetas.

Malditos quienes hoy abusan del pueblo creyéndolo minusválido, manipulado o atribulado por una crisis económica que ellos mismos auspiciaron. Aseguran que lo protegen, porque la crisis les impide ver con claridad lo que más le conviene. Es mejor que no decidan, que no elijan, porque de seguro no lo harán bien. Lo harán contra la patria (contra ellos, seguramente), harán volver a los apátridas y traidores, cosa que no les conviene. Como niño chiquito, inconsciente y malcriado, el pueblo, votando en contra de Maduro, echará por tierra con sus votos los avances de la revolución, o los verdaderos logros de los revolucionarios, a saber, lo abultado de sus abdómenes, sus cuentas, bienes y privilegios.

Por Dios y mis padres, que nadie estaba esa tarde, esa noche, más indignado que yo. A quien me llamaba le borbotaba toda la calentura que normalmente se asocia a la impotencia frente a la injusticia. Por fortuna, la cordura fue llegando conforme conversaba con otros, quienes, aunque no menos indignados, permitieron ir dosificando la furia.

Si nos guiábamos por los impulsos, allí sí caeríamos en la trampa, les haríamos el favor de destruir nuestra arma letal contra ellos. Yo, junto a otros como yo, en ese momento estábamos a punto de enterrar el referéndum, la consulta al pueblo, la oportunidad para que millones de almas participaran en la fiesta democrática a la que los hipócritas le temen. Por minutos, quizás horas, el sentimiento justificado por algunos datos cartesianos de inviabilidad, nos impedía ver el inmenso potencial político que teníamos delante.

Un movimiento que convirtiere la indignación en fuerza transformadora, y que se enfrenta a los poderes que sostienen el régimen con lo único que tenemos, con la voluntad de expresar esos días 26, 27 y 28 de octubre, en inmensas colas, bajo la lluvia o el sol, nuestro deseo de que se larguen para rehacer el país.

29-09-16