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sábado, 24 de septiembre de 2016

Septiembre no está para carnavales por @luisaconpaz


Por Luisa Pernalete


Cuando yo comencé a dar clases en Fe y Alegría, un enero hace 43 años al sur de Maracaibo, recuerdo perfectamente con el tema que me inicié: “Proceso de industrialización en Venezuela”, yo aún estudiaba en LUZ, era muy buena estudiante, estaba muy entusiasmada con ese trabajo, mi primer trabajo. Me preparé con esmero. Creí que lo estaba haciendo a la perfección. Cuando hice la primera evaluación lloré mucho al ver los resultados. ¡Los exámenes estaban fatales! Al día siguiente conversé con mis alumnos, adolescentes de 16, 17 años, y la mejor alumna me dijo: “Profe, usted es muy simpática, nos cae muy bien, pero no le entendemos nada”. ¡Lloré más todavía! Fue un duro golpe, pero fue el mejor favor que me hicieron: nada de disfraces, no  importaba mi buena intención, no estábamos logrando los objetivos. Cambié radicalmente mi planificación,  les escuché sin defenderme, fui a sus casas, partimos de sus realidades concretas  y no de teorías de la Universidad. Aprendí la lección temprano: disfrazar, esconder, no resuelve problemas, reconocerlos en cambio es el primer paso, si es que de verdad queremos resolverlos.

Ustedes dirán, ¿Qué tiene que ver esto con el  país? Pues que no estamos en febrero, no es tiempo para carnavales, los disfraces ya no sirven y el gobierno debiera entenderlo. La situación país está mal, muy mal, mucho peor que lo que los pocos medios publican, o ¿Es que acaso el llanto de un niño con hambre se escucha con letras impresas? ¿Puede la prensa recoger el drama de cada día?  “Profe., uno desayuna y se queda pensando que haremos para el almuerzo; almuerza, si puede, y se queda pensando qué se hará para la cena”, me dijo una señora de san Félix hace unos meses, con su mirada  en ningún lugar…


Reconocer el problema. “No se señora si este  gobierno es de izquierda o derecha, si esto es capitalismo o socialismo. Lo que sé es que esto está muy mal, que yo estoy muy mal. No me interesa el nombre del gobierno”, me dijo un señor trabajador en Caracas. Una anciana, que lleva años pidiendo ayuda en la puerta de un supermercado del este de Barquisimeto, me dijo en estos días, con su rostro lleno de arrugas, “Nunca habíamos pasado por ésto. No se puede vivir”. Y recupero la sinceridad de un anciano en el metro de Caracas: “No voy a mentir diciendo que pido dinero para una medicina. Pido plata para comprar algo de comer porque tengo hambre”. Y termino con lo que me dijo la señora Ana, de Yaritagua: “No entienden que ya no los queremos”.

Hay  cansancio,  hay sufrimiento, hay angustia. “Lo democrático es ir a una consulta de todos. Si sale que se quede, pues que se quede, si sale que se vaya que se vaya”, me dijo una señora mayor con acento árabe cerca del terminal de Barquisimeto. Si se reconoce el problema aunque no estemos de acuerdo en  cómo arreglar el país, se avanzaría. Pero con ceguera y sordera  terca no avanzamos.  Disfrazar la situación de los hospitales o la escasez de medicinas diciendo que apenas son unas “poquitas” las que faltan no cambia el número de pacientes moribundos; prohibir la venta de productos básicos en la isla de Margarita para que los visitantes no vean colas, no cambia el malestar de los neoespartanos por no conseguir esos productos; disfrazar la movilización multitudinaria del 1S diciendo que fue mínima, no cambia el número de asistentes.

No es tiempo para disfraces, tampoco para chistes para la “hora loca”, por eso ofende que se hagan bromas sobre el hambre de la gente. La reducción de tallas no se trata sólo de las escuelas que la Fundación Bengoa ha estudiado. Reducen de talla los compañeros de trabajo y hasta familiares. Como no es tiempo de fiestas, tampoco para estar invitando a gente a visitarnos, por muy buena que sea la intención de la visita. ¿Se justifican los millones que se gastarán en la reunión de NOAL?

Septiembre no está para disfraces. La verdad sin maquillaje sería más útil y de adultos.

20-09-16