10 Últimos

domingo, 25 de septiembre de 2016

Una estatua para Chávez por @goyosalazar


Por Gregorio Salazar


Ya el caudillo tiene su bronce, sí señor. Imponente bajo el reverberante sol de Margarita relumbra como oro hasta encandilar a los transeúntes, que en su rededor ven cómo se desvanece la paradisíaca isla de la fantasía de la cual se hizo escenario de utilería para la cumbre donde Maduro fue ungido como Rey (desnudo) del Universo.

De manera que el caudillo de Sabaneta merece una estatua. Quién lo diría. Obvio que no podía ser una estatua cualquiera, sino una que atrapara para la eternidad el gesto inmortal que resume la epopeya magnífica bajo cuyos designios las actuales y futuras generaciones de venezolanos viviremos y venceremos, si es que acaso por estos tiempos comeremos.

El prócer ha quedado perpetuado, en un rapto de sublime inspiración del artista, con el índice enhiesto y apuntando a los confines más remotos de la Vía Láctea. ¿Cómo olvidar tan ambicioso apéndice? Quién no recuerda que con ese mismo dedo se cumplió la apoteosis del ¡Exprópiese! ¡Exprópiese! ¡Exprópiese!, apuntado de norte a sur y de este a oeste de la Plaza Mayor. Qué importa que estuviera rodeado de edificaciones municipales o religiosas. Lo importante era la espectacularidad del desborde de poder y el despojo. Pero cayó “La Francia”, el bastión de prendas y relojerías más importante del país, capitalismo puro, y eso por sí sólo merece una y hasta dos estatuas. Allí está, convertida en covacha para escarmiento de los mercaderes.


Así es, una estatua para el comandante. Esperamos que el metal escogido esté a la altura del compromiso porque estamos hablando nada menos que de la falange, la falangina y la falangeta más estelarmente articuladas y mejor dotadas (Jackie Farías dixit) de nuestra historia. Desde el centro de Porlamar, fantaseamos nosotros, señala el punto más alto del universo, donde tiene asiento la gloria inmarcesible que siempre buscó. Y a cuya misma altura gravitan también cosas más insignificantes y despreciables, esas que sólo interesan a los vulgares mortales, como el precio de la carne, la leche, los huevos y las caraotas, el índice inflacionario y el valor del dólar.

Enemigos de la patria, a propósito del nuevo monumento, han recordado las estatuas de “El Saludante” y “Manganzón”, que se hizo erigir Guzmán Blanco y que fueron derribadas más de una vez y arrastradas por las calles de Caracas. Le vaticinan ese triste final. Con la diferencia que Guzmán no las necesita. Dejó en el centro de la capital el Capitolio Federal, el Teatro Municipal, la Iglesia de Santa Teresa y la de Santa Capilla, sin cuya presencia el casco histórico de la ciudad tendría muy poco que ofrecer a los turistas. Después de 17 años de revolución, su único legado en los mismos predios es la rancia poza de orines de la esquina de La Bolsa, a escasas dos cuadras del despacho del alcalde-estratega.

A lo mejor será un homenaje imperecedero. A lo mejor el paso de los siglos dejará sobre sus pliegues metálicos esa pátina verde que ennoblece las efigies de los héroes y dioses de la antigüedad. Pero siempre hay que dejar una mínima posibilidad de que no sea así. Me explico: a lo mejor esta atribulada nación no sobrevive a su obra y a la de sus seguidores y el destino del bronce será rodar por las playas de Margarita, lo mismo que la Estatua de la Libertad, en medio de una sobrecogedora devastación, en las últimas escenas de El Planeta de los Simios.

Lo que sí me parece prudente es asignarle vigilancia las 24 horas para ponerla a salvo del fervor popular. Serán muchos los margariteños que querrán llevarla a su casa, instalarla en el corral o en una capilla y rendirle culto en privado. Vendrán con guinches, guayas o cadenas engarzadas en grúas o vehículos de alta tracción. O la halarán por un mecate pegado a una pata lo mismo que cuando jalan mandinga. Si ese frenesí de amor se desbordara todos a una, como Fuenteovejuna, a lo mejor hasta la derriban. Y es tanto el agradecimiento del pueblo que, créanme, estoy más que convencido de que ese día pronto llegará.

25-09-16