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sábado, 24 de septiembre de 2016

La vía solidaria por @Sabiens


Por Felipe Pérez Martí


Si quisiéramos diseñar un modelo de sociedad, que incluya lo económico, lo político y lo social, ¿cuál sería la propuesta óptima? Una combinación de tres mecanismos básicos: mercado, Estado, y altruismo. Hemos oído de “la tercera vía”, que combina Estado con mercado. Pero hay que incluir la democracia política y el amor verdadero como los elementos que crean el balance necesario, y la fuerza evolutiva hacia estadios superiores de eficiencia y bienestar.

La mano invisible del mercado

En Venezuela hemos sufrido una suerte de exceso de Estado. El resultado está a nuestra vista: un desastre completo, que ha ocurrido también en todos los sitios donde se ha experimentado con ese desbalance en favor del Estado que amarra la creatividad y la libertad individual, con el agravante nuestro de la enfermedad rentística petrolera con sus saldos de corrupción,  inestabilidad macro, y enfermedad holandesa agravadas. Se nos ha dicho, como contraste, que el mercado, por sí solo, sería lo ideal. Hay un teorema que lo demuestra, de hecho: el de la mano invisible. Fue probado matemáticamente en los años 50 del siglo pasado por Arrow y Debreu. Y dice que dada una dotación inicial de riqueza para cada quien, si se toman las decisiones de producción y consumo guiados por un sistema de precios que se forma por la interacción de los participantes, la asignación final a la que se llega es eficiente. Esta eficiencia, llamada de Pareto, significa que es imposible cambiar los niveles productivos, los trabajos realizados por cada quien, y los bienes y servicios que al final cada quien disfruta, sin que se perjudique a alguien. Es como si se hubiera llegado a lo mejor posible para todos, dados los recursos disponibles, y las habilidades de cada quien, tomando en cuenta los deseos, la libertad de escogencia, de los individuos en esa sociedad. Si viene el Estado a decir que hay que controlar los precios, expropiar empresas y emplear gente para producir, entonces quizá mejora alguien, pero a costa de perjudicar a alguien más. De hecho, con frecuencia desmejora todo el mundo, como han argumentado dos de los defensores a ultranza de ese mecanismo, Hayek y Von Mises.


Problemas

Lo que pasa es que ese mecanismo tiene muchas fallas, como quedó claro cuando se probó el teorema. Se trata de que los supuestos del teorema no son reales. Entre ellas están la falla de poder de mercado (los precios pueden ser decididos por los monopolios, y por tanto no hay “competencia perfecta”); la de información asimétrica (algunos individuos saben más de los productos que otros, como los gerentes, del esfuerzo que hacen); la de mercados incompletos (no todo bien tiene un mercado, en particular los bienes futuros); la de bienes públicos por naturaleza (como el conocimiento); la de las externalidades (como la  polución); la de racionalidad acotada e información incompleta (no todos los individuos ven todos los precios al tomar las decisiones,  que no son siempre racionales); y la de equilibrios múltiples (que dependen de lo que la gente cree, por ejemplo). 

Ya desde antes de la demostración del teorema se habían notado fallas del mercado, y se habían propuesto soluciones, como las de Keynes, que proponía políticas fiscales y monetarias activas para solucionar fallas de coordinación. Pero fue la identificación de las fallas la que dio pie a una abundante literatura especializada que se propuso documentarlas, y proponer las correcciones respectivas, que garantizaban “equilibrios segundo mejores”.  Los monopolios, por ejemplo, deben ser regulados, muchas veces a través de control de precios (que se usan para disminuir el poder de mercado, no para controlar la inflación, como en Venezuela); algunos bienes públicos por naturaleza, como la defensa, son producidos por el Estado, etc. Podríamos llamar, de manera gruesa, a la intervención del Estado en este sentido, “la tercera vía”.

Revolución con mercado

Pero hay una falla adicional muy especial: la falla política. Las dotaciones iniciales de riqueza deben estar bien definidas. Con frecuencia se acepta la intervención del Estado solo para corregir esta falla. El Estado así interviene a través de las leyes de propiedad privada, y de la policía. Sin embargo, si se acepta que el Estado, adicionalmente, tome las decisiones de manera democrática, lo que se observa es que se dan redistribuciones de riqueza que tienden a su igualación, sobre todo si la distribución de la riqueza es muy desigual. La igualdad de un voto por persona tiende de esa manera, por la vía política, a la igualdad económica. Y esa evidencia empírica, documentada por la común práctica de los impuestos progresivos, ha sido modelada mediante un teorema que así lo predice, el teorema del votante mediano.

Curiosamente, Arrow y Debreu también probaron el “segundo teorema del bienestar”, que dice que, si una asignación de recursos es Pareto-óptima, y se dan las condiciones del teorema de la mano invisible, entonces, con una redistribución de la propiedad inicial podría implementarse esa asignación eficiente mediante el mecanismo de mercado: habría unos precios que, si dejas a las personas intercambiar entre sí, se logra el óptimo tenido como objetivo. El tema crucial aquí es que hay infinitas asignaciones Pareto-eficientes: una para cada distribución inicial de la riqueza.  En la práctica, este teorema dice que si hay una revolución política que, por ejemplo,  iguala toda la riqueza en la sociedad, y se deja trabajar al mercado luego de eso, entonces a lo  que  se llega es completamente eficiente, inmejorable ex-post. Este fundamento teórico es el que se ha usado para justificar las reformas agrarias en muchos países de distribución de riqueza muy desigual, en particular en el campo. La “revolución” puede perfectamente ocurrir por la vía del voto, luego de un deterioro notable de la desigualdad.  

El Estado puro

Pero si el Estado es tan necesario, ¿no podría pensarse en que solo él asuma las funciones de producción y distribución, y dejar el mercado, que tiene tantas fallas, de lado? La respuesta es positiva, y la base es el “teorema del planificador central benévolo”.  La demostración tiene que ver con la postulación de una “función de bienestar social”, con unas restricciones de recursos físicos, humanos, y de tecnología productiva.  El teorema dice que en estas circunstancias, hay un plan que se deriva de la solución de este problema matemático, que conduce a la sociedad a una asignación Pareto-óptima. Nótese que se hace uso óptimo de los recursos disponibles. Por ejemplo, si una persona es buena dando clases en cierto idioma indígena, será asignada por el plan a formar niños indígenas en Tucupita, aunque antes del plan viviera en Tucupido.

Las fallas del modelo tienen que ver también con las fallas del teorema. Una, que el plan es imposible de realizar. Tendría que tomar en cuenta las preferencias de todos y cada uno de los pobladores, y tendría que tomar en cuenta absolutamente todos los recursos físicos y humanos disponibles, y la tecnología. Y esto para todos los períodos futuros con sus estados inciertos. El planificador tendría que ser omnisciente.  Pero no solo en el conocimiento de lo descrito, sino también en su capacidad para calcular; para realizar la operación matemática que implica el proceso de maximización de tan altísima complejidad. Está claro que no es posible hacerlo hoy ni nunca. 

Por si fuera poco, aún si tal plan existiera, está el segundo supuesto irreal: que cada persona realizará la parte que le corresponde para llevarlo a cabo. El problema aquí es que los objetivos de cada persona no están alineados con el de la sociedad como un todo. Por ejemplo, un gerente de producción en una fábrica estatal de cemento puede decidir construir su propia casa de verano, fuera del plan, y usar parte del cemento de su fábrica para eso. Por esa razón, la corrupción, tanto en falta de esfuerzo, como en desvío de productos, es característica de la puesta en práctica de este tipo de modelo.  De ahí la necesidad de mecanismos de control, con control sucesivo de los controladores, como la KGB en la Unión Soviética. Por eso no funcionan los CLAP: muchos implicados se tienden a robar las bolsas, y los controladores se llevan la mejor parte en este desvío del plan.

La vía solidaria 1: justicia social

Como a estas alturas estará claro, la ideología política que usa el teorema del Estado puro como sustento económico es el estalinismo, así como la ideología política del mercado puro es el neoliberalismo. Ahora, en su forma mixta, podemos ahora ver que el mercado también disminuye las fallas del Estado: si el mercado está en vigor, cada quien hace su propio plan, que se agrega en un plan social implícito por la vía de la coordinación que hace el sistema de precios. Y este plan sí que sería posible. Por lo menos más posible que el del Estado. Por otro lado, cada quien realiza su parte de ese “plan social” voluntariamente. Como habíamos dicho, la tercera vía, que es una combinación de los dos mecanismos, es útil porque aprovecha las dos cosas buenas de cada mecanismo, y a la vez permite la corrección mutua, aunque parcial, de los errores en función del máximo interés social, potenciando la libertad y la iniciativa personal, permitiendo un mejor despliegue de las potencialidades productivas y de la satisfacción de las preferencias de cada quien.

La corrección de la falla política del mercado hay que incluirla en la vía solidaria, porque involucra el asunto de la justicia social. Motivemos esta parte diciendo que Robert Lucas, y Andrew Atkenson, defensores acérrimos del mercado, probaron que este mecanismo implica la evolución hacia una distribución del ingreso muy desigual si se parte de una circunstancia ajena al mérito. Por ejemplo, si hay gente con información privilegiada inicial, a pesar de que los demás tengan las mismas preferencias por el ocio, la misma habilidad, y riqueza inicial, los privilegiados iniciales terminan siendo sumamente ricos, y los demás sumamente pobres. O sea que los pobres no necesariamente lo son porque son vagos, por ejemplo.

De la justicia social necesaria ha hablado con mucha profundidad el filósofo liberal John Rawls, quien ha iniciado toda una literatura especializada que ha desembocado en políticas públicas que prescriben la necesidad de igualar las oportunidades para todos. Es claro que por lo dicho en materia teórica, y por la historia de los procesos político-sociales, hay un asunto aquí de contraste entre el esfuerzo, o mérito individual, y el de las circunstancias en la determinación del destino socio-económico de cada quien. La izquierda, que por definición y por origen, tiende a beneficiar a quien está peor, ha privilegiado a las circunstancias como el determinante. La derecha, mientras tanto, que tiende a favorecer a quien está mejor, ha privilegiado al esfuerzo individual.  El punto de vista subjetivo, pues, en materia normativa, puede llevar a un impasse insalvable para una sociedad dada. Afortunadamente John Roemer demostró que si hay un acuerdo sobre cuáles son las circunstancias relevantes (acceso a la educación, la salud, la información, el origen social, de clase, racial, etnográfico, de género, etc.), hay una fórmula que te dice cuál es la transferencia que debe hacerse desde los más favorecidos, a los menos favorecidos, por medio de un impuesto progresivo, por ejemplo, para que el esfuerzo sea el que dicte la riqueza material de cada quien. Así, aunque el acuerdo puede ser problemático en discusiones normativas, esta disyuntiva puede resolverse en la práctica mediante una decisión social democrática.

La democracia es, pues, desde este punto de vista, la clave para dirimir los conflictos sociales generados por contradicciones extra-económicas que determinan el destino económico de las personas y las sociedades. Un ejemplo modelo de lo dicho hasta ahora son los países escandinavos, donde la redistribución de ingreso es muy elevada, llegando la tributación a veces hasta por encima del 60 % del PIB (mientras nuestro país la recaudación no petrolera es de 14 %, y en Chile y Perú alrededor de 23 %). Los otros mecanismos de minimización de fallas del mercado de aplican, y el mecanismo de mercado funciona, con libertad para que cada quien tome sus decisiones de inversión y consumo. La redistribución se hace a través de la igualación de oportunidades: acceso a la educación y salud gratuitas, créditos a emprendedores, situación económica desventajosa, etc. Notemos que el mecanismo democrático en sí también tiende a corregir las fallas del Estado, por la vía del control de gestión y la evaluación continua y dinámica de los pro y los contra en el balance entre Estado y mercado. Todo esto cual resulta en un desempeño económico y social de los más altos el mundo.

Por lo dicho está claro que si consideramos al mundo mismo, más allá de los países, como una sociedad que necesita un modelo, el mercado solo no puede ser eficiente. Se necesita un Estado mundial para controlar todas las fallas descritas. Entre ellas el control de la polución, que está a punto de ponernos en peligro como especie. Las crisis bancarias, que vienen de la falla de mercados de capitales, y la creación de dinero privado por los bancos, que tienen incentivos a prestarse a sí mismos generando las grandes crisis financieras mundiales. El de la defensa y la seguridad común, sin lo cual se dan las inmensas ineficiencias de los grandes gastos militares entre países y grupos que buscan la supremacía política no-democrática. Y el tema de la falta de justicia social a nivel mundial, con las graves desigualdades entre países, no compensadas adecuadamente por la falta de un mecanismo democrático a nivel mundial. La instauración de un Estado mundial fuerte, y democrático es de vida o muerte para la humanidad, como vemos, pues en su ausencia, han proliferado las guerras, la destrucción del ambiente, las desigualdades injustas, el hambre y las enfermedades prevenibles, y la ineficiencia en materia de defensa ciudadana.

La vía solidaria 2: el comunismo utópico

Hay un tercer mecanismo puro que en principio puede resolver los problemas económicos de la sociedad: el amor verdadero. Si cada persona ama a las demás en un grado específico que implica armonía económica (por ejemplo, si cada quien ama a los demás como se ama a sí mismo), cada miembro de la sociedad haría el mismo plan, pues la función de bienestar, que incluye el hecho de que cada quien tiene preferencias y habilidades diferentes y personalizadas, sería la misma para todos. El teorema se sigue: la asignación resultante es Pareto-eficiente. En este caso no habría la falla de implementación: cada quien quiere para sí mismo lo que los demás quieren para él o ella, tanto en esfuerzo, como en disfrute. Por ejemplo, el gerente de la fábrica de cemento está contento con su casa, y sus planes vacacionales, porque si se roba cemento, no habrá cemento suficiente para las casas de los demás, y eso lo pone tan triste como si el robo se lo hicieran a él. Así que no habría necesidad de controladores. Ni de policías, ni de jueces o abogados. Es el mundo del “hombre nuevo”, en que hay armonía completa entre altruistas, y ausencia de conflictos políticos o sociales, como los de celos, envidias, odios, etc. Notemos que no se necesita mercado ni Estado, pues cada quien trabaja voluntariamente. Se trata del mundo ideal, en que cada quien hace lo que quiere: es el mundo de libertad y realización total, limitada solo por las restricciones de recursos sociales. Coincide con la teoría del anarquismo solidario, no egoísta, como vemos, ya que cada quien hace lo que quiere, pero el hacerlo beneficia a todos, además de a sí mismo.

Sus fallas y su vigencia

Pero es claro que se necesita la omnisciencia que comentábamos para hacer el plan. Además, se necesita un grado de amor importante, y generalizado. Falla cuando hay egoísmo en cualquiera de los ciudadanos, todo lo cual hace a este modelo utópico.

Ahora, las fallas mencionadas se disminuyen si se aplica a una sociedad relativamente pequeña, como una familia o un monasterio o comunidad local. Una familia armónica funciona hacia su interior como una sociedad comunista utópica. Rige el principio “de cada quien según su capacidad; a cada quien según su necesidad”. Un bebé recibe lo que quiere, la leche materna, cuando la pide. La da la madre, que tiene la capacidad respectiva. La abuela es llevada al médico cuando se enferma. Se encarga el nieto de veinticinco años, que puede hacerlo, etc. No hay mercado, pues nadie cobra por los servicios o transferencias que hace a los demás. No hay Estado, porque no hay un padre dictador que obliga a los niños a estudiar, ya que ellos lo hacen voluntariamente. No hay un problema con la propiedad, que es común de hecho.

Si hay egoísmo, o no hay el amor suficiente, sí que habrá conflictos. Y en este caso se requiere una suerte de estado y mercado a ese nivel: reglas y trueques en la repartición de tareas y de disfrutes de lo producido.

De hecho, este modelo, aún en su forma imperfecta, ha estado tomando espacios por sus ventajas. Por ejemplo en las empresas privadas más productivas en el mundo hoy por hoy, donde se da la alineación de intereses entre trabajadores y la empresa, y la planificación y la gerencia son participativas. Aunque hay muchas formas y grados en que esa alineación se da, la organización cooperativa armónica es el paradigma. La alineación elimina la alienación entre trabajo y capital, y se elimina la lucha de clases al interior de las unidades productivas. Lo mismo en las comunidades políticas locales, donde se elimina la contradicción entre el representante y los gobernados, que asumen como suya la res pública comunitaria. Como se puede demostrar, además, se genera en ellas condiciones para la formación endógena del altruismo entre los miembros, y de ahí un grado superior al éxito descrito. 

La progresiva baja en el costo de comunicación, y su generalización, ha permitido una suerte de extensión espacial-cibernética de las comunidades humanas. De manera que sería adecuado pensar en la familia mundial, en cuyo ámbito pueden desarrollarse relaciones de tipo altruista para complementar las fallas del Estado y el mercado. De hecho, un ámbito muy importante en que se ha estado generalizando el modelo altruista es en la producción y distribución de conocimiento. Como ejemplos tenemos el fenómeno del software libre, la información libre (Internet y redes conexas), la ciencia y las tecnologías libres (como en la farmacología genérica).

La vía solidaria 3: combinación de los tres modelos puros

En todo caso, sea como sea el nivel de perfección en la convivencia al interior de una de esas “familias”, cada una convive complementariamente con los otros mecanismos a nivel más global: con el mercado y el Estado. Así, resumimos que la vía solidaria es una combinación virtuosa de Estado, mercado y amor verdadero. Como ejemplo, pensemos en el caso de los mercados financieros incompletos, que no aseguran por completo contra el riesgo. Aquí, las redes familiares y de amigos permiten ayudar a quien está coyunturalmente mal a partir de transferencias de quien está bien en el momento, pero que va a ser bien tratado si la incertidumbre o el ciclo de vida lo perjudica en su momento. El Estado con frecuencia no completa cabalmente las fallas del mercado, y así surgen organizaciones para la producción solidaria de ciertos bienes como la educación, la salud, nutrición y la información, como en el caso emblemático, y tan útil en este momento de penuria, de Fe y Alegría, que en la práctica es un medio de transferencias sin contrapartida entre ciudadanos más pudientes y los más necesitados en los barrios de Venezuela y Latinoamérica. A nivel mundial podemos mencionar los casos de Médicos sin Fronteras, Wikipedia y la comunidad Linux.

Para finalizar, a pesar del caos reinante, veo fuerzas muy sólidas en desarrollo en el sentido positivo: la vía solidaria implica un proceso evolutivo hacia la abundancia, la armonía, la justicia social, y el desarrollo pleno de las fuerzas productivas, con control de los daños de la anarquía destructiva, como la relacionada con la destrucción de la naturaleza, y la pobreza, la exclusión y la desigualdad. Es un proceso que puede tomar tiempo y tiene desigualdades territoriales y funcionales en la combinación de los tres modelos puros. Curiosamente, así como ha habido defensores de cada uno de los modelos puros descritos, y de la combinación del mercado y del estado, la vía solidaria también tiene sus defensores teóricos, como nosotros, y sus líderes políticos. Es indudable que en este sentido, el papa Francisco, independientemente de su confesión religiosa específica, es un líder fundamental en este momento en favor de la vía solidaria. Históricamente lo han sido Martin Luther King, Mandela y Ghandi, entre otros.

20-09-16