Sergio Arancibia 17 de julio de 2019
Jesús
Manuel es médico veterinario graduado en la Universidad Central de Venezuela.
Tiene 37 años y hace dos años que decidió emigrar a Chile. Lo hizo como muchos
otros compatriotas impulsado por la idea de que en Venezuela no había espacio
para crecer económicamente ni había tampoco esperanzas de que la situación
política cambiase trayendo nuevos aires de libertad. Tenía trabajo, pero no los
ingresos suficientes como para sostener a su familia sin tener que comerse mes
a mes una parte de sus escasos ahorros.
Había
participado activa y entusiastamente en las protestas del 2017, y no sacó de
allí sino la dolorosa certeza de que los cambios deseados no estaban cercanos.
En Venezuela dejó dos hijas, de 8 y de 4 años, de una esposa de la cual estaba
separado. Conversa habitualmente con sus hijas, a través de los medios modernos
de comunicación electrónica. Pero desde que salió de Venezuela no ha podido
abrazarlas ni besarlas, pues las medidas administrativas que imperan para un
emigrante como él le impiden en estos momentos salir de Chile, a menos que
arriesgue perder la visa de residente definitivo a la cual está aspirando.
Él
llegó a Chile con visa de turista, pero rápidamente logró una carta compromiso
de trabajo, con la cual obtuvo la residencia temporaria, que le permitió
permanecer y trabajar legalmente en el país. Pero esa situación le duró solo un
año. Después de ese tiempo debía cambiar su visa por la de residente
definitivo, lo cual lo condujo un limbo en que no es una cosa ni la otra. Lleva
cuatro meses a la espera. Si sale del país es posible que no pueda volver a
entrar, pues las normas migratorias chilenas están en permanente proceso de
cambio. Ya no es posible entrar fácilmente como turista y cambiar adentro su
visa por una de residente temporario. Ese método, ampliamente utilizado antaño
por muchos venezolanos, ya está fuera de las posibilidades.
Hay
que entrar con la visa de responsabilidad democrática, que se obtiene en los
consulados de Chile en Venezuela y cuesta meses de trámites y esperas. Incluso
la visa de turista requiere pasaporte al día, pasaje de salida y 50 dólares por
cada día de permanencia en el país
La
vida en Chile no es fácil para Jesús Manuel. Trabaja en una clínica
veterinaria, en su profesión y no siente que lo discrimen por su nacionalidad,
desde el punto de vista de los niveles salariales, pero siente que las
condiciones de trabajo son duras, para chilenos y para venezolanos. El no
pierde las esperanzas de regresar, pues no ha roto con el amor a su país, ni
con las esperanzas de que nuevos aires de libertad se impongan en Venezuela.
Pero siente que debe volver cuando sus condiciones de ingreso y de capital sean
mejores que las que pesaban para él cuando salió del país.
Trabaja
duro, al igual que su compañera, también venezolana. Comparten la vida, el
exilio, el trabajo, y muchos amigos venezolanos con los cuales se reúnen
periódicamente para compartir apoyos, alegrías, esperanzas y una cerveza o un
asado. Han creado un canal a través del cual enviar medicinas, ropas a alimentos
a una ONG que los reparte en Caracas. Viven en Chile, y son leales y
agradecidos hacia la tierra donde viven, trabajan, sueñan, luchan y cultivan
esperanzas, pero son y seguirán siendo venezolanos. Eso no se quita. Es una
cualidad del alma profunda.
Sergio
Arancibia
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