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martes, 18 de junio de 2013

Por la limitación de mandatos en la política

ANTONIO ESTELLA 15 JUN 2013

Hay que asegurar el flujo de imaginación y valentía en el seno de los partidos

El pasado martes 29 de mayo, este diario publicó un manifiesto firmado por más de 100 intelectuales españoles en donde se proponen siete medidas para regenerar a los partidos políticos españoles. El manifiesto está lleno de buenas intenciones, y es difícil no estar a favor de muchas de las propuestas que plantea. Sin embargo, quiero argumentar en estas líneas que su establecimiento me parecería un profundo error político. Primero, porque no tiene sentido regular cómo deben funcionar los partidos políticos en la forma en la que lo hace la propuesta. Y, segundo, porque no ataca el problema de fondo, que es que necesitamos nuevos políticos.

Empiezo por el primer aspecto antes señalado. El primer punto del manifiesto obligaría a los partidos políticos a celebrar congresos cada dos años y, en todo caso, a fecha fija. ¿Por qué va a tener que establecer una ley cuándo deben celebrarse los congresos de los partidos políticos? Lo mismo ocurre con la propuesta, que seguro que a mucha gente le parecerá atractiva, de extender las primarias para la elección de los cargos representativos de los partidos políticos, o con la propuesta de establecer comisiones independientes de control de los fondos que emplean los partidos. Pero, ¿a santo de qué puede una ley obligar a que los partidos políticos establezcan todas estas medidas, por muy razonables que parezcan? No tiene ningún sentido hacerlo. Al revés, son los partidos políticos los que deben plantearse cómo quieren presentarse ante la sociedad. Unos lo harán adoptando todas y cada una de las propuestas que plantean los 100 firmantes, e incluso muchas más; pero otros no. Y luego serán los electores los que decidan qué partidos les parecen mejor para gobernar.

Al tomar esa decisión, puede ser que algunos electores premien a los partidos más democráticos, pero puede que otros no, que lo que les interese sea que los partidos políticos sean eficaces, independientemente de su democracia interna. ¿Por qué no dejar que sean los electores los que decidan? ¿Por qué no hacer que sean los propios partidos políticos los que vayan corrigiendo el tiro en función de cómo interpreten los premios o castigos que los electores les vayan infligiendo en función, entre otras cosas, de las decisiones internas que aquellos vayan tomando? La competencia interpartidista en esta materia puede ser una bendición. Y, al contrario, regularlo todo puede hacer pensar a los partidos políticos que no hay que ir más allá de lo que la propia regulación establece.

Por ejemplo, a mí me parece que falta una octava propuesta en el manifiesto, que es la de establecer una limitación de mandatos. Si regulamos todo lo anterior, los partidos políticos —sobre todo los más grandes, a los que la propuesta va especialmente dirigida— pueden entender que ya han cumplido, con lo que la propia regulación, paradójicamente, podría suponer un freno a la formulación de nuevas propuestas.

Pero la cuestión más importante es que ninguna de las propuestas que establece el manifiesto de los 100 ataca el problema de fondo que tiene planteada nuestra democracia, y es el de sus políticos. La democracia española necesita de nuevas instituciones, seguro; pero sobre todo está muy necesitada de nuevos políticos, de nueva savia bruta. El argumento tiene que ver con lo sumamente conservadores que se han vuelto los políticos. Tanto a los de derecha como a los de izquierda, sobre todo a los de los partidos mayoritarios, les cuesta mucho no ya tener ideas propias, sino incluso asumir nuevas ideas que hayan tenido otras personas. En el mejor de los casos, pueden asumirlas, pero les cuesta mucho también llevarlas a la práctica.

El problema no es por tanto el de falta de ideas: al revés, en la comunidad académica, intelectual, científica y de expertos, hay incluso un tremendo superávit de ideas. Cuesta mucho discernir cuáles son buenas y cuáles no lo son tanto. Pero una vez que se produce el debate intelectual sobre la cuestión, y se depura toda esa oferta de ideas que existe, lo que falla estrepitosamente es que los políticos las acojan y luego las lleven a la práctica. Ese es el problema fundamental: existe un corte entre la oferta de ideas y la asunción e implementación de las mismas por parte de los políticos. Y sin nuevas ideas nada cambiará: el país, Europa, el mundo, seguirán como hasta ahora. Un ejemplo: la idea del impuesto sobre las transacciones financieras. Han tenido que pasar más de 20 años, y una tremenda recesión mundial, para que los políticos hayan empezado a plantearse y por fin acoger una idea que es, simplemente, de sentido común. Y veremos cuál es el destino final de esta fundamental propuesta.

Nuestra democracia está pues muy necesitada de nuevos políticos. Nuevos políticos, no ya viejos o jóvenes, sino políticos que no tengan pasado, serán por definición mucho más atrevidos, más valientes, con menos aversión al riesgo, a la hora de intentar inventarse nuevas ideas, acoger las buenas ideas de los demás que están ya circulando, y aplicarlas. ¿Por qué razón? Porque los nuevos políticos no están atrapados por la tupida red de intereses que hace completamente imposible que los antiguos políticos sean mucho más arriesgados. Por tanto, yo reduciría las propuestas del manifiesto de los 100 a una sola propuesta, que no tiene que ver además con la democracia interna de los partidos, sino con cómo deberíamos entender la democracia en nuestro país. Y esa propuesta es la de la limitación de mandatos. Ningún alcalde, diputado provincial, parlamentario autonómico, senador o diputado nacional podría estar más de dos mandatos seguidos ocupando un cargo público. No es ideal: pero al menos esta propuesta aseguraría que cada cierto tiempo, un nuevo flujo de imaginación y valentía entraría en nuestro sistema político.

Antonio Estella es profesor de Derecho, Universidad Carlos III de Madrid.


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