Por Gregorio Salazar
Mientras los eventos
políticos en los Estados Unidos toman cada vez más caminos inéditos y
sorprendentes, ahora que el asalto contra el Capitolio nos indica que —ya sea
por la vía tumultuosa o la institucional— queda mucha ruta por recorrer, nos
impresionan las revelaciones que nos va dejando la derrota de Donald Trump en
nuestro propio patio.
Ya han transcurrido dos
meses y medio desde el día de la elección y dos desde que los colegios
electorales certificaron el triunfo de Biden por 74 votos de ventaja y,
todavía, es grande la masa de compatriotas venezolanos renuentes a admitir que
ese fue el resultado auténtico del proceso comicial norteño.
Uno se atreve a decir,
de manera empírica, que los votantes de Trump allá y sus parciales acá han
recorrido una ruta en paralelo y depositaron ciegamente su confianza en varios
eventos que sucedieron a la fecha electoral y en los cuales, supuestamente,
quedaría claramente comprobado que la victoria fue de Trump.
Las expectativas
estuvieron puestas, inicialmente, en los conteos de aquellos estados donde la
votación fue más cerrada. Luego, en los reconteos exigidos por el Presidente;
seguidamente ,en las decenas de demandas que Trump introdujo por todo el
territorio nacional y en un posterior reclamo ante la Corte Suprema.
Fallidos esos intentos,
la expectativa fue construida alrededor de una vuelta de tortilla en la reunión
de los colegios electorales, no obstante la clara ventaja obtenida por Biden y,
finalmente, en una no certificación del triunfo demócrata por el mismísimo
Congreso estadounidense, embestido durante su sesión para ese cometido por una
masa profundamente convencida de que fue robada y traicionada.
La censura a Trump en
Twitter y otras redes sociales, según nuestra personal experiencia, vino a
ratificar la lealtad con la que el público criollo sigue al saliente presidente
norteamericano.
Si usted se maneja en
algunas de las redes sociales seguramente ha sido bombardeado por los mensajes
para producir una migración masiva desde Twitter, WhatsApp o Facebook, instrumentos
comunicacionales supuestamente al servicio de los enemigos de Trump y en
consonancia con el establecimiento de un tiránico “nuevo orden mundial” que se
estaría gestando.
Que Trump haya
aumentado en siete millones sus votos desde su anterior elección y que mantenga
un arrastre popular capaz de dividir al Partido Republicano ha recibido
múltiples interpretaciones. Al analizar la polarización que está implícita en
esa realidad el filósofo Michael Sandel, en un reciente libro descarga parte de
la responsabilidad en los demócratas y el impulso que le han dado a lo que
denomina “la tiranía del mérito”, que operaría en contra de muchos votantes de
la clase obrera.
“Los demócratas
insisten en que la educación universitaria es el medio para el ascenso social.
Pero eso deja fuera a más de la mitad de la población. La noción de que uno
tiene su destino en sus manos es inspiradora, pero puede ser muy dañina para
aquellos que no logran conseguirlo. Es algo que Trump supo percibir”, dijo en
una reciente entrevista.
La explicación tal vez
sea una de las valederas para aquellos predios, pero entre nosotros obviamente
hay que buscar razones distintas a esa persistente fidelidad a Trump. Y no
bastaría señalar las grandes expectativas que él, con apoyo interno, creó entre
los venezolanos del desalojo rápido y violento de la cúpula que ha destruido a
Venezuela, opción que ya había sido descartada y ahora lo es definitivamente
con su derrota.
Lo menos comprensible
es por qué, muerta esa ilusión, buena parte del público venezolano de Trump no
se deslinda de sus atrabiliarios procederes, ya bastante prolongados en el
tiempo, y que afortunadamente no han logrado resquebrajar las instituciones
norteamericanas.
Quienes hemos
presenciado cómo la utilización de los mismos recursos populistas, demagógicos,
la mentira descarada, las manifestaciones autoritarias y contrarias a la ley
hasta llegar a los extremos de la violencia desmontaron la democracia en
Venezuela deberíamos olfatear a leguas los riesgos y amenazas que representa un
liderazgo como el de Trump.
Por el contrario, se
han tomado como ciertos y válidos los más cuestionables productos
comunicacionales de sus campañas, que aquí circularon profusamente, antes y
después de las elecciones, y quizás como en ninguna otra parte fuera de los
EEUU. Un elemento que aporta luces, pero no las suficientes. Todo un drama.
Gregorio Salazar es
Periodista. Exsecretario general del SNTP.
17-01-21
https://talcualdigital.com/esa-ciega-lealtad-con-trump-por-gregorio-salazar/
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