Entrevista realizada por Víctor Suárez, Trino Márquez, Luis García Mora y Ramón Hernández para la revista Estado & Reforma (1987), Comisión Presidencial para la Reforma del Estado (Copre)
JIC: El concepto
de Estado es simplemente un “truco legal” que justifica
formalmente apetencias, arbitrariedades y demás formas del “me da la
gana”. Estado es lo que yo, como caudillo o como simple hombre de
poder, determino que sea Estado. Ley es lo que yo determino que
es Ley. Con las variantes del caso, creo que así se ha comportado
el Estado venezolano, desde los tiempos de Francisco
Fajardo hasta la actual presidencia del doctor Jaime
Lusinchi. El país tuvo siempre una visión precaria de sus instituciones
porque, en el fondo, Venezuela es un país provisional. La sensación que
uno tiene cuando viaja al Perú o aMéxico y observa las
edificaciones coloniales –palacios de gobierno, cuarteles, catedrales,
inquisiciones; es decir, las formas arquitectónicas del Estado– es
de permanencia y solidez, como si la noción de futuro estuviese en cada
ladrillo. Quien hizo la Catedral de México, además de edificar un
concepto, pretendió exactamente levantar un templo perdurable y asombroso.
Por
el contrario, cuando uno entra en la Catedral de Caracas, termina por
entender dónde vive. La Catedral de Caracas es un parecido, un lugar
grande, relativamente grande, todo lo grande que podría ser
en Venezuela un lugar religioso, pero al mismo tiempo se trata
de una edificación provisional que forma parte del “más o menos”
nacional. Uno siente ese “más o menos” en la artesanía de los
racimos de uvas, corderos pascuales, triángulos teologales o sandalias de
pastores. Uno comprende que alguien levantó esa catedral “mientras tanto y
por si acaso”. La historia nos habla de un país rico habitado por
depredadores incapaces de otra nostalgia que no fuese el recuerdo de
España. Se dice que nuestros indígenas eran tribus errantes que marchaban
de un lugar a otro en busca de alimentos. Pero tan errantes como los indígenas
fueron los españoles. Vivir fue casi siempre viajar y cuando elSur comenzó
a presentirse como el lugar del “oro prometido”,
llámese Dorado o Potosí, Venezuela se convirtió en un sitio
de paso donde quedarse significaba ser menos. Menos que Lima. Menos
que Bogotá. Menos que el Cuzco. Menos que La Paz. Se instaló así
un concepto de ciudad campamento magistralmente descrito
por Francisco Herrera Luque en una de sus novelas.
-¿Seguimos viviendo en un
campamento?
Han pasado siglos y todavía
me parece vivir en un campamento. Quién sabe si al campamento le sucedió lo que
suele ocurrirle a los campamentos: se transformó en un hotel. Esa es
la mejor noción de progreso que hemos tenido: convertirnos en un gigantesco
hotel donde apenas somos huéspedes. El Estado venezolano actúa generalmente
como una gerencia hotelera en permanente fracaso a la hora de garantizar el
confort de los huéspedes. Vivir, es decir, asumir la vida, pretender que mis
acciones se traducen en algo, moverme en un tiempo histórico hacia un objetivo,
es algo que choca con el reglamento del hotel, puesto que cuando me alojo en un
hotel no pretendo transformar sus instalaciones, ni mejorarlas ni adaptarlas a
mis deseos. Simplemente las uso. No vivo en un lugar, me limito a utilizar un
lugar. El gigantesco hotel necesitaba la fórmula de
un Estado capaz de administrarlo. Alguna vez, ¿quién sabe cuándo?,
fue necesario comenzar a crear instituciones, leyes, reglamentos, ordenanzas,
para garantizar un mínimo de orden, de convivencia. Habría sido más justo
inventar esos artículos que leemos siempre al ingresar en un cuarto de hotel,
casi siempre ubicados en la puerta. “Cómo debe vivir usted aquí”, “a qué
hora debe marcharse”, “favor, no comer en las habitaciones”, “queda
terminantemente prohibido el ingreso de perros a su cuarto”, etcétera,
etcétera; es decir, un reglamento pragmático y sin ningún melindre
principista. “Este es su hotel, disfrútelo y trate de echar la menos vaina
posible”, podría ser la forma más sincera de redactar el primer párrafo de
la Constitución Nacional, puesto que por “Constitución
Nacional”deberíamos entender un documento sincero, capaz de reflejar con cierta
exactitud lo que somos y lo que aspiramos.
-Pero…
En lugar de esa sinceridad
que tanto bien pudo hacernos, elegimos ciertos principios elegantes, apolíneos
más que elegantes, mediante los cuales íbamos a pertenecer al mundo civilizado. El
campamento aspiró convertirse en un Estado y, para colmo de males, en un Estado
culto, principista, institucional; en todo caso, legendario por todo lo que
tiene de hermoso y de irreal. Las constituciones nacionales, desde
loshermanitos Monagas para acá, son verdaderos tratados de
contemporaneidad y hondura conceptual. El déspota, y vaya si los hubo, jamás
usó la palabra “tiranía” ni los eufemismos correspondientes, como
podría ser la palabra “autoritario” o “gobierno de
fuerza” o “régimen de excepción”. Por el contrario, redactar
unaConstitución fue siempre en Venezuela un ejercicio retórico,
destinado a disimular las criadillas del gobernante. En lugar de
escribir “me da la gana”, que era lo real, el legislador, por orden del
déspota, escribió siempre “en nombre del bien común” y demás
afrancesamientos por el estilo. El resultado es que durante siglos nos
hemos acostumbrado a percibir que las leyes no tienen nada que ver con la
vida.Nunca levantamos muchas salas de teatro en este país. ¿Para qué? La
estructura principista del poder fue siempre nuestro mejor escenario.
-Ilustra con una anécdota:
Nicanor Bolet
Peraza escribió una crónica costumbrista sobre el Teatro del
Maderero. Se representaba allí, en los días de Semana Santa, nada menos
que ‘La pasión de Cristo’, con crucifixión y azotes y crueldades
habituales a la serenísima figura del Hijo del Hombre. Cuenta Bolet
Peraza que en la escena del Gólgotasalían los dos centuriones romanos
y representaban aquella escena donde Cristo pide agua de manera
conmovedora. Los dos centuriones empapaban esponjas con hiel y vinagre,
acercándolas a la boca del crucificado. Entonces, comenzaban a oírse grandes
carcajadas en la sala, puesto que todo el mundo suponía, vaya usted a saber por
qué, que las esponjas estaban repletas de mierda. Mayor era el sufrimiento
de Cristo y más vigorosas eran las risotadas de los espectadores.
Hasta que un niño gritó: “¡Es que ese no es Cristo! ¡Ese es el hijo de
Estelita con el chichero de la esquina!” Nada, en mi vida de hombre de
teatro, me ha parecido tan esclarecedor como esta perspicacia de Bolet
Peraza. En efecto, asumir la majestad es una de nuestras imposibilidades.
Jamás hemos aceptado el drama extremo del poder. Cuando la institución se toma
en serio a sí misma, no tarda en aparecer el rasero de la “joda”. Está
bien, gobierna…, pero tampoco te lo tomes tan en serio. Está bien, ponte el
uniforme y mete la barriga…, pero, déjate de vainas, porque tú, uniformado,
protocolar, dándotelas de gran cosota, sigues siendo el hijo de
Estelita con el chichero de la esquina.
-Insiste en el ejemplo:
La entrada
del Presidente de la República al Congreso, en la ceremonia de
entrega de cuentas, se parece a la contradicción que vivimos. Allí está la
verdadera identidad nacional, en ese presidente picarón, desesperado porque no
vaya algún jodedor a pensar que él se lo está tomando en serio. Persiste en mí
una imagen, la del presidente Luis Herrera Campins en el trance de
dar una de sus habituales ruedas de prensa, transmitidas en cadena nacional de
radio y televisión. La ceremonia era idéntica, quincena tras quincena. Los
televidentes observábamos una puerta laqueada, de un versallismo arrepentido,
repleta de ornatos dorados, como corresponde a una puerta de poder. Se abría la
puerta y la cámara retrocedía hasta mostrar a dos soldados venezolanos,
fornidos y retacos, vestidos con la interpretación estilo Centeno
Vallenilla del uniforme de Carabobo, inexplicablemente zarista, como
si se tratara de una escena de ‘La guerra y la paz’. De inmediato
salía Herrera, precedido de una fanfarria republicana casi siempre
destemplada. Y comenzaba la comedia, porque Herrera, en ese corto paseo
hacia la sala de conferencias, hacía un gigantesco esfuerzo por aparentar
cordialidad y llaneza de carácter. Allí lo veíamos guiñar el ojo, dar
palmaditas, sonreír a la cámara, saludar con la mano a la altura de la cintura
para no parecerse al emperador Trajano. Era como si Herreranos
dijese: “¡Un momento! ¡Yo sigo siendo Luis Herrera! (el hijo de Estelita y
el chichero), yo estoy cumpliendo un protocolo más o menos y tal, pero sigo
siéndole amigote cordial, el simpaticón Herrera, el gordo Herrera, el ñato
Herrera, el negro Herrera, el cómplice de todos ustedes cruzando un pedacito de
Miraflores sin que los humos se me hayan ido a la cabeza”. Porque más allá de
las ceremonias, elPresidente sabe muy bien a quién representa.
-Terminada la comparación,
regresa a lo concreto:
Algún político del siglo XIX
en Venezuela, lamento no recordar ahora su nombre, dijo que el
venezolano podía perder la libertad pero jamás la igualdad. Nosotros entendemos
por igualdad ese formidable rasero donde a todos nos hace el traje el mismo
sastre, donde lo importante es que no me vengas con cuentos, no te las
des “de”, porque si te las das “de” yo te desmantelo, yo acabo
contigo, yo digo la verdad, yo revelo quién eres tú en el fondo, qué clase de
pillín o de sinvergüenzón eres tú, para que no te me vayas demasiado alto, para
que no te me vuelvas predominante y espectacular.
-Otro ejemplo:
Años atrás, cuando trabajaba
en la Dirección de Cultura de la UCV, fui invitado por el
inolvidable Jesús María Bianco a una recepción académica mediante la
cual se iba a rendir homenaje a un ilustre venezolano que había hecho un
singular aporte a la cirugía cardiovascular. Las revistas inglesas y
norteamericanas, me refiero desde luego a revistas especializadas, habían
comentado en términos sumamente elogiosos y admirativos el trabajo de nuestro
compatriota, de allí que la Universidad se sentía en el deber de reconocer
con la solemnidad del caso los logros de un miembro de la comunidad. Estábamos
allí muchos invitados, y los académicos entraron con toga y birrete,
aproximándose de inmediato al homenajeado. El rector pronunció un parco
discurso donde destacó la trayectoria de ese gran cirujano. Me pareció, y por
lo demás era natural, que el distinguido científico se sentía muy bien porque
mostraba un evidente orgullo y hasta una honda emoción. Concluyó el acto.
Salieron las cuadrillas de mesoneros con las correspondientes botellas de
champaña y el protocolo se “animó” después de un vigoroso aplauso en
el instante en que el rector condecoró al “hombre”. No hubo en ese aplauso
ninguna hipocresía. Por el contrario, era una reacción emotiva y, desde luego,
sincera. Pero, después de los aplausos, comenzó el cóctel, desaparecieron las
togas y los birretes y todo el mundo se “republicanizó”. Entonces empezó
la verdadera ceremonia nacional, el auténtico ritual de “no te me vayas
tan lejos”. Los amigos rodearon al encumbrado, y así como en las corridas
de toros salen los picadores para que el toro se acostumbre a la lidia, es
decir, para que el toro sea menos toro, así, al doctor
González (invento el apellido porque no recuerdo cómo se llamaba el
cirujano) lo comenzaron a llamarGonzalito. Menudearon las palabrotas y las
palmadotas: “¡Gonzalito, carajo! ¿Quién lo iba a decir, Gonzalito? ¿Cómo
fue ese pegón, Gonzalito, si a ti te ‘rasparon’ en Anatomía II? ¡Si tú eras más
malo que el carajo! ¿Esa operación no te la haría la enfermera?” Etcétera,
etcétera. Esta sociedad familiar que no acepta deserciones a la cervecita
cotidiana, que convierte a González en Gonzalito, justamente el
día queGonzález es más González que nunca; esta sociedad de
complicidades, de lados flacos, ha hecho de la noción de Estado un
esquema de disimulos. Vamos a fingir que somos un país con una
Constitución. Vamos a fingir que el Presidente de la República es un ciudadano
esclarecido. Vamos a fingir que la Corte Suprema de Justicia es un santuario de
la legalidad. Pero en el fondo, no nos engañemos. En el fondo, todos sabemos
cómo se “bate el cobre”, cuál es la verdad, de qué pie cojea el Contralor, o el
Ministro de Energía, o el Secretario del Ministro de
Educación. La “verdad” no está escrita en ninguna parte. La
verdad es mi compadre, la verdad es el resorte mediante el cual puedo burlar la
apariencia legal, eso que en la jerga administrativa se denomina
la “veredita”. Lo expresa muy bien el venezolano cuando decimos: “No,
chico, no hables con el Secretario. Habla directamente con el Presidente,
porque el Secretario es un pendejo. Vete a la cabeza”.
-Nadie confía en nadie.
Hemos aprendido a vivir
mintiéndole al Estado, y ese aprendizaje tiene razón de ser; si este país
viviese de acuerdo a las normas, leyes, disposiciones, reglamentos, permisos,
procedimientos, etcétera, todo se habría paralizado. En tiempos del doctor
Caldera, yo trabajaba en el fallecido Inciba y había allí una
disposición mediante la cual no se podían efectuar órdenes de pago por encima
de cinco mil bolívares. Un cheque por más de cinco mil bolívares tenía que ser
sometido a revisiones, autorizaciones y otras tortuosidades que escapaban a la
dinámica de ese gasto, casi siempre urgente. ¿Qué solución se encontró para
burlar este principio, probablemente justo, probablemente necesario? Emitir
varios cheques de cinco mil bolívares a la misma persona o a la misma entidad.
Si era necesario gastar diez mil bolívares en una urgencia, se ordenaban dos
cheques de cinco mil y todo el mundo en paz. No se trataba de un robo. Nadie
estaba robando. Se trataba de una realidad, de eso que intento definir como una
realidad paralela al ser apolíneo que es el Estado venezolano. Si te
detiene un fiscal de tránsito, tú sabes muy bien que por encima de su reclamo
protocolar (“Usted se comió la luz, ciudadano”) hay una proposición paralela,
no necesariamente deshonesta. Puede ser que el fiscal te diga
simplemente: “Mira, vete y vamos a dejar esa vaina así”, probablemente
porque tú le has dicho al fiscal: “Hermano, es que tengo a mi mamá
enferma, es que me están esperando en el Hipódromo porque me van a dar un dato,
es que venía distraído porque tengo un problemón en mi casa…” ¿Por qué?
Porque la boleta que el fiscal te debe entregar de acuerdo a las disposiciones
del tránsito es en el fondo una agresión personal. No es que tú faltaste.
Es que tú le caíste mal al fiscal. Es que el fiscal es un antipático, un
desgraciado, que ese día se levantó de mal humor porque anoche quién sabe lo
que comió ese muérgano que la pagó conmigo. De ahí que la corrupción sea
un estado habitual, yo diría que normal, en ese inmenso tejido de situaciones
cotidianas donde necesitamos dialogar con el Estado convertido en
fiscal de tránsito, o en escribiente de tribunal, o en secretario de notaría, o
en enfermera de los seguros sociales. Los procedimientos no persiguen en este
país aligerar los procesos. Por el contrario: casi siempre se trata de
verdaderos obstáculos que no tienen nada que ver con mi vida. El funcionario es
mi enemigo cuando se pone pesado, es decir, cuando cumple con las normas. Por
eso, en Venezuela, todo funcionario público cumple con las normas. Por eso,
en Venezuela, todo funcionario público o es un delincuente o es un
antipático. La verdadera filosofía del Estado venezolano descansa
sobre un axioma preciso y diáfano, esto es: el Estado en Venezuela sirve
para impedir una catástrofe. El Estado desconfía absolutamente de los
ciudadanos. El Estado venezolano parte de la idea de que somos unos pillos y de
que es necesario impedir que seamos tan pillos.
-¿Cómo hacer un país donde
la realidad no esté divorciada de lo que está escrito en el papel?
Hace unos años escribí una
comedia llamada ‘Acto cultural’. Los personajes de esa comedia eran miembros de
la junta directiva de una sociedad cultural en una pequeña ciudad provinciana.
Vivían para la cultura y representaban la cultura, quiero decir, “la gran
cultura”. Un día, esta junta directiva de la Sociedad Louis
Pasteur decide celebrar los cincuenta años de la institución con una
representación teatral de la vida deCristóbal Colón. La representación es un
fracaso, porque, diabólicamente, perversamente, en lugar de recitar el texto
previamente acordado, esos miembros de la Sociedad Pasteur hablan de
lo que les pasa, confrontan sus intimidades, proclaman sus amarguras y
catástrofes cotidianas. El secretario de la Sociedad declara ante los
supuestos espectadores del pueblo que a él toda la vida lo que le ha gustado es
el trasero de una alemana y la posibilidad de tomarse quince rones después de
las seis de la tarde. Que esa es su cultura porque, al mismo tiempo, esa es su
apetencia, su sinceridad, su realidad. La declaración es catastrófica y
las“fuerzas vivas” de la localidad abandonan el recinto. La Sociedad
Louis Pasteur ha muerto. Nadie le dará una subvención, nadie le permitirá
funcionar. Es el precio de la confesión o, si se quiere, de la sinceridad. Creo
que la sociedad venezolana, y me refiero a la sociedad en el sentido de grupo
humano que establece ciertos compromisos, ciertos objetivos comunes, está
basada en una mentira general, en un vivir postizo. Lo que me gusta no es
legal. Lo que me gusta no es moral. Lo que me gusta no es conveniente. Lo que
me gusta es un error. Entonces, obligatoriamente tengo que mentir. No voy a
renunciar a mis apetencias, a mi “verdad”. Voy a disimularla. Voy a
aparentar esto o lo otro, para así poder esconderme, porque vivo en un país
donde mis deseos no forman parte de la poesía, donde el “culo de la
alemana” o los quince rones del atardecer no son “culturales”, donde
la descripción que se hace de mí en términos literarios, pictóricos, es decir,
en términos “sublimes” pertenece a ese edificio casi teologal que es
el “deber ser”. ¿De dónde sacamos nuestras instituciones públicas?
¿De dónde sacamos nuestra noción de “Estado”? De un sombrero. De un rutinario
truco de prestidigitación. El campamento que era una ciudad
como Caracas hacia 1700 consiguió una “forma” capaz de
disimular ciertas amabilidades precarias, cierta vida auténtica, donde
intercambiábamos un poquito de sal y un poquito de harina,
cierto “mientras tanto” y cierto “por si acaso”.
-¿Y hoy?
Vivir es defendernos del
Estado. Defendernos de un patrón ético al que
llamamos “Estado” y que no es otra cosa que la traslación mecánica de
un esquema europeo. Se aceptó el “orden”, pero no el principio generador
de “orden”. Se aceptó la “moral” y la “cívica”, como me las
enseñaban en el bachillerato, cuando mi profesor en el Liceo Fermín
Toro me decía una cosa y el policía de la esquina me decía otra.Vivimos en
una sociedad que no ha podido escoger entre la “moral” y la “cívica”, hasta el
sol de hoy, conceptos absolutamente contrapuestos. Si soy “moral” no soy
“cívico”. Y si soy “cívico”, ¿cómo diablos hago para ser “moral”? El Estado
venezolano dicho así, con mayúscula, no se parece a los venezolanos. El Estado
venezolano es una aspiración mítica de sus ciudadanos. El Presidente es
Presidente solo porque él dice que es Presidente. Pero, en realidad, no es un
Presidente. Es una persona que está allí, desempeñando una
provisionalidad, mientras le encontramos su “lado flaco”, su rasero de
miserias cotidianas, su condición de “zángano” del panal. De allí que
la función presidencial no es entendida del todo por los ciudadanos. Casi
todos nuestros compatriotas piensan “honestamente” que el Presidente, sea quien
sea, llámese como se llame, es un ladrón. O es más o menos un ladrón. Si un
hombre llega a Miraflores, es necesariamente “lógico” que se dedique a robar.
Si no lo hace, pertenece a la categoría de los “inexistentes”, al limbo del
“paradigma”. Desde luego, no nos gusta que el Presidenterobe. No nos
gusta. Lo damos por hecho. Puede ser que nos quejemos con amargura de la
corrupción gubernamental, de tal o cual pillo que se robó un dinero, pero lo
damos por hecho. “Todos los políticos son unos bandidos.” “Todos los
políticos son unos corruptos.” “Todos los políticos son unos ladrones.” Eso es
lo que realmente pensamos. El corrupto no es un ser excepcional. El corrupto es
un ser lógico, sostenido por una relación de causa y efecto. El corrupto es “la
norma”. El hombre honesto o es un pendejo o es simplemente una excepción
lujosa.
-Con la aparición del
petróleo, el ciudadano empieza a pedirle al Estado una cierta racionalidad, una
efectividad y una eficacia.
La aparición del petróleo
como industria creó en Venezuela una especie de cosmogonía.
El Estado adquirió rápidamente un matiz “providencial”. Pasó de
un desarrollo lento, tan lento como todo lo que tiene que ver con agricultura,
a un desarrollo “milagroso” y espectacular. Un ciudadano inglés, un
italiano, un sueco, no espera “milagros” del Estado. A eso se
reduce lo que se llama “madurez política”, a no esperar demasiado del
Estado. Los parámetros de las sociedades europeas son previsibles. Inglaterra se
mueve dentro de una relativa prosperidad y una relativa pobreza desde hace un
montón de años. La apreciación de la gestión gubernamental, por parte de un
ciudadano inglés, es un hecho bastante objetivo, proviene de situaciones
absolutamente concretas. Para Margaret Thatcher es relativamente
sencillo convocar a los ingleses y decirles: “Miren, la situación es muy
difícil. No prometo prosperidad, no prometo multiplicar los panes y los peces.
Prometo dificultades, peligros de todo tipo, y prometo un empeño en tratar de salir
adelante. Prometo seriedad. Tal vez vamos a decaer. Tal vez vamos a vivir peor.
Pero, prometo que voy a tratar de hacerlo lo mejor posible”.
-De ellos a nosotros, de lo
ideal a lo concreto.
Imaginemos que un político
venezolano diga algo parecido en una campaña electoral. Imaginemos un candidato
que nos hable de imposibilidades, de limitaciones, de realidades. Un
candidato que no nos prometa el paraíso es un suicida. ¿Por qué? Porque el
Estado no tiene nada que ver con nuestra realidad. El Estado es un brujo
magnánimo, un titán repleto de esperanzas en esa bolsa de mentiras que son los
programas gubernamentales. Un tomate, una papa, una mazorca, un arbusto de
café eran en la Venezuelade 1900 productos de un esfuerzo tangible, de
mediocre certeza. No hay ningún milagro posible en una mazorca, como no sea el
milagro de la tierra. Una mazorca de maíz cuesta tres centavos, cuatro
centavos, cinco centavos, seis centavos. Esas son, en términos de precio, las
únicas sorpresas que puede darnos. El petróleo es diferente. Espectacularmente
diferente. Hoy valía medio dólar. Mañana tres. Después seis, doce,
veinticuatro, hasta treinta y seis dólares. No se trata de una economía
fundamentada en el fatigoso esfuerzo, en el “un poquito
hoy” y “un poquito mañana”. Se trata de un show económico. El
petróleo es fantástico y por lo tanto induce a lo “fantasioso”. El
anuncio de que éramos un país petrolero creó en Venezuela la ilusión de un
milagro. Creó en la práctica la “cultura del milagro”. Por primera vez, el
Estado venezolano había hecho un “buen negocio”, lo cual, viéndolo bien
resultaba excepcional dada su costumbre de hacer pésimos negocios. ¿Cómo
un pobre se convertía en rico en la Venezuela de 1905? Descubriendo
un tesoro. No había otra manera. No había “negocios”, ni especulación en
la bolsa, ni golpes de fortuna. Había la leyenda de que los españoles en los
días de la Independencia enterraron baúles, arcones, botijuelas repletas de
morocotas. Mi padre, un primitivo habitante de lo que hoy en día llamamos, en Caracas,
Catia o parroquia Sucre, solía hablar de un canario que a principios
de siglo descubrió uno de esos tesoros. Cavó en la tierra, hizo un hoyo y
encontró monedas de oro. Pues bien: a eso se parece el petróleo. Es cuestión de
cavar hoyos y descubrir riqueza. El hueco petrolero sustituía la imaginación
del hueco donde había morocotas españolas.El Estado era ahora capaz de hacernos
progresar mediante audaces saltos. ¡Viva Gómez y adelante! ¿No era esa la
consigna? ¿No pagó el dictador la deuda externa en pocos años? ¿No comenzamos a
ver prodigios? ¿No fue ese el comienzo del “sueño venezolano”? Tal
vez Argentina lo tuvo en los tiempos de laSegunda Guerra Mundial. Tal
vez Chile en los lejanos días del cobre y el nitrato. Tal vez Brasil,
en tiempos deGetulio Vargas. Pero no se puede hablar de un sueño colombiano, ni
de un sueño paraguayo, ni de un sueño boliviano u hondureño. La
agricultura y la ganadería no provocan las mínimas condiciones de ese “sueño”.
Nuestro “sueño” fue saltar sobre esa lenta y fatigosa historia.
-¿Y nos apoyamos en una
mentira?
La riqueza petrolera tuvo la
fuerza de un mito. Mi padre hablaba de Filippo Gagliardi como
los norteamericanos hablaban de Henry Ford. Digo mal, porque la riqueza
de Henry Ford es el producto concreto de una inventiva y de una
inmensa capacidad de trabajo. Pero Gagliardi, en los años de Pérez
Jiménez, llegó al sitio del “baúl de morocotas”. Llegó, según mi padre,
con los pantalones rotos. De hecho, tuvo que hacerse unos pantalones nada menos
que con la bandera del barco. “Y ahora –me parece estarlo oyendo–,
míralo, míralo, adonde llegó. Mira el realero que tiene.” En mi casa
de Catia, por allá por 1955, vivió un inmigrante italiano. Un día, ese
italiano de profesión tornero, descubrió en una revista un anuncio que promocionaba
esas señales de carretera que llamamos “ojos de gato”. El hombre recortó
el aviso y me hizo escribirle una carta al ministro de Obras Públicas,
solicitándole una audiencia. La carta fue enviada, pasaron meses y meses, y por
fin, el ministro se dignó atender al italiano tornero. Pasó un año y por fin el
contrato se hizo realidad. De golpe y porrazo, como solemos decir, el italiano
era representante exclusivo de los “ojos de gato” en ese fantástico
país en ascenso. Demás está decir que se hizo millonario. Pero ese concepto, o
mejor dicho, esa ilusión, profundizó más la idea de la
provisionalidad. Nunca fuimos tan “provisionales” como en los dorados años
de Pérez Jiménez. Había más riqueza que presencia. La ciudad de Caracas no era
capaz de reflejar esa prosperidad por más edificios y monumentos que se
construyeran. La ciudad seguía siendo una aldea, pero todos estábamos de
acuerdo en que se trataba de una aldea provisional, “mientras tanto y por si
acaso”. Por eso desapareció el Hotel Majestic, para dolor de los
nostálgicos. Por eso despedazaron, con una bola de acero, la miserable casita
donde había nacido Andrés Bello. No vivíamos donde teníamos que vivir,
pero tampoco sabíamos dónde teníamos que vivir, cuál era la imagen de la ciudad
que soñábamos, en qué consistía esa fabulosa ciudad. Por
eso, Caracas no es una ciudad reconocible. Por eso no se la puedes
describir a un extranjero. Vete a París e intenta explicar a un
francés qué es Caracas. ¿Qué puedes decir? Grandes edificios, muchas
autopistas, algo como Houston, como Los Ángeles, algo inerte y sin
recuerdos. Grandes edificios, grandes autopistas, como los discursos
de Pérez Jiménez, que eran una síntesis de cuantos edificios se hicieron y
cuantas autopistas se construyeron. La democracia, lejos de apartarse de ese
camino, insistió en la construcción de ciudades provisionales. Betancourt,
Leoni y Calderano fueron demasiado lejos en ese “sueño
venezolano” porque la realidad presupuestaria lo impedía. Seguíamos siendo
ricos, pero, no tan ricos. Pero vino el otro Pérez, Carlos Andrés Pérez, y
allí sí encontramos la frase que nos definía. Estábamos construyendo la
Gran Venezuela. Pérez no era un Presidente. Era un mago. Un mago capaz de
dispararnos hacia una alucinación que dejaba pequeñas las fanfarronadas del
perezjimenismo. Pérez enrumbó el acto del poder hacia la fantasía.
-El pueblo venezolano es
irreverente frente al poder; sin embargo, le exige formalidad.
Es cierto. No solamente el
venezolano le está pidiendo al Estado que asuma dignamente su condición
de tal, sino que, por primera vez en la historia de Venezuela, hay signos
inequívocos de que nos interesa la suerte de ese Estado, hasta donde
percibimos la noción de Estado. Normalmente,
en Venezuela el Estado es elGobierno, y concretamente
el Gobierno de turno. Desde los tiempos de Juan Vicente
Gómez hasta el segundo o el tercer año de gobierno del doctor Herrera
Campins, los informes del Banco Central, las alocuciones presidenciales y
las declaraciones de los ministros de Hacienda pregonaban un continuo
crecimiento. El país crecía económicamente casi como los ciclos de la
naturaleza, y tan irresponsable era ese crecimiento como puede ser
irresponsable un aguacero. Era un crecimiento que no dependía de nosotros.
El mundo nos hacía crecer. La prosperidad norteamericana o europea nos hacía
crecer. El nacionalismo egipcio nos hacía crecer. Las ambiciones árabes nos
hacían crecer. Y de repente, ese crecimiento se detuvo. Hemos comenzado a
vivir un déficit, y el presidente Lusinchi no ha podido soltar una balandronada
de esas de “ahora somos más ricos” o “estamos pensando regalarle
un barco a Bolivia” o “vamos a prestarle dinero a los países pobres
de Latinoamérica”, como alguna vez nos dijo Pérez Jiménez. Por el
contrario, andamos ahora de lo más modestos y nuestra única soberbia es pagar
puntualmente los intereses de la deuda externa y a regañadientes un pedacito de
capital. El Gobierno tiene problemas y todo el mundo sabe que
el Gobierno tiene problemas. Entonces nos ha empezado a interesar la
suerte del Gobierno. Hemos comenzado a entender que
el Gobierno no es una catástrofe natural, sino una contingencia que
se expresa en un proyecto económico. Y hemos comenzado a entender que ese
proyecto económico del Gobierno tiene que ver con el precio del
solomo y de los pimentones cotidianos. Que un error
del Gabinete reduce las posibilidades del sueldo que gano. Antes no
ocurría. Antes el Gobierno era simplemente una calamidad, una
desgracia natural, una breve esperanza y un inevitable deterioro en estos
tiempos de la democracia; un fraude ontológico. ¡Qué lejos quedaron los
tiempos del segundo Pérez! La noción del progreso surgió en nosotros a
partir de acontecimientos gratuitos. Yo me acerco a los cincuenta años y jamás,
en mi vida de ciudadano, un Presidente me ha convocado a nada. Yo he
vivido cuarenta y ocho años en calidad de testigo del Gobierno, sin
escuchar una proposición que venga de Miraflores. De Miraflores
vienen hechos cumplidos e indiscutibles. A veces, esos hechos cumplidos,
producto de un azar histórico (la crisis del Canal de Suez, la guerra
árabe-judía, etcétera), han provocado un tremendo impacto emocional en mi vida.
Lo provocó Pérez Jiménez cuando nos participó que éramos un país
rico. Hasta ese momento, yo estaba acostumbrado a vivir en un país de gente que
sobrevivía. Durante el siglo XIX y, en este siglo, hasta la presidencia
de Cipriano Castro, el país vivía decayendo. Vivir era
sobrevivir. Un pequeño período de bonanza relativa, una correcta
administración de algún servicio público, era todo un acontecimiento excitante.
Era salirse de la norma habitual. Pérez Jiménez decretó el sueño del
progreso. El país no progresó, desde luego. El país engordó, y hay una
gran diferencia entre engordar y progresar. Pero esa gordura, ese sobrepeso,
desempeñó el rol del progreso. Los venezolanos creemos que la Gran
Venezuela del otro Pérezfue impactante. Pero esa Gran
Venezuela del segundo Pérez fue mucho menos sensacional que
la Gran Venezuela del primer Pérez. Pérez Jiménez fue un
debut; Carlos Andrés Pérez, una reprise. A pesar de la visceral
enemistad, los dos Pérez se parecen mucho. Pérez
Jiménez identificó nuestro pasado con la mediocridad. Nos hizo pensar que
esa esperanza que el pueblo venezolano depositó en el breve gobierno deRómulo
Gallegos era un error candoroso. Pérez Jiménez logró identificar
al país palúdico y juambimboso, al país de los hombrecitos de un metro sesenta
y tez amarillosa con el plebeyismo adeco. No fue Pérez Jiménezun
gobernante impopular. Fue simplemente un gobernante “apopular”. Derrocó el
gobierno de Acción Democrática con un golpe frío sumamente aplaudido
por la exigua clase media, por los socialcristianos y por la élite
financiera. Acción Democrática se disolvió como un antiácido a pesar
de toda esa leyenda de oposición clandestina que resalta como heroica,
precisamente por lo que tuvo de individual, porque fue el enfrentamiento de una
dictadura ante una pavorosa indiferencia general. Creo que he insistido mucho
en los años de Pérez Jiménez a lo largo de esta conversación. Pero es
que a veces me preocupa que nos olvidemos de la trascendencia histórica de esos
años. ¿Hasta cuándo la Historia de Venezuela va a continuar contándose en
términos morales? ¿Hasta cuándo vamos a dividir nuestros gobernantes en buenos
y malos?
-¿Hemos intentado construir
un Estado que no coincide con lo que somos?
Si hemos construido desde
1828 hasta el sol de hoy un Estado apolíneo, donde la realidad actúa como
una frustración de lo sublime, no tiene nada de extraño, entonces, que nuestra
historia se cuente, y lo que es peor: se interprete, en términos morales. La
tradición histórica de esta república parte de un supuesto terrible. En 1783,
nació en Caracas un genio inimitable. Un extraterrestre insuperable,
una especie de carambola cósmica. La historia de Simón Bolívar, la que
aparece en sus documentos, en sus cartas, en sus manifiestos, en sus
consideraciones sobre la política de los primeros años del siglo XIX, no tiene
nada que ver con ese semidiós inventado, fertilizado y a veces censurado por la Sociedad
Bolivariana. Desde luego, el culto aBolívar, la sacralización del Padre de
la Patria, no es una potestad única de la Sociedad Bolivariana. Desde
Guzmán Blanco para acá, no ha habido un Presidente de Venezuela que no haya
citado a nuestro gran personaje a la hora de cometer cualquier
arbitrariedad. El pensamiento de Bolívar es romántico y por lo
tanto febril y tormentoso, repleto de humores, indignaciones, exaltaciones,
tormentos y alucinaciones, como las sinfonías de Beethoven o las
extravagancias de Lord Byron. De hecho, quienes conocieron de cerca
aBolívar nos lo describen como un hombre pintoresco, escénico, amigo de
los coups de théâtre, erotómano e inestable. De allí que sus acciones
en el campo político presenten claras contradicciones, malos humores,
depresiones y cuanto “ego” puede haber en este mundo, características todas
estas que lo hacen ser un hijo de su tiempo.
Este hombre intuye
en Europa una visión americana. Él tiene el
paisaje. Europa le aporta una ideología, o dicho más rigurosamente, una
inquietud ideológica. Su pasión, la misma que lo llevó a inventar sombreros
aParís o a jugar naipes como un libertino desaforado, lo induce a afirmar
que Napoleón Bonaparte es un traidor, que ha cambiado la casaca
republicana por ese manto de armiño y ese oropel de pedrería que aparece en el
famoso cuadro de la coronación. Napoleón ha abandonado los principios
esenciales de laRevolución Francesa. Bolívar, atrapado en esa ira, merienda en
el monte Sacro de Roma, y allí, si ha de creerle uno a la
tormentosa memoria de Simón Rodríguez, nuestro Libertador habla
del Imperio Romano y de piedras seculares y de la independencia de su
tierra. Dicho de otra manera: él va a enmendarle la plana a Napoleón. Él
va a hacer lo que Napoleón no hizo. Él va a vivir un drama masónico, sueño
de los freres y todo eso, en Gúiria o
en Ocumare o en Puerto Cabello. La construcción de la obra
es la construcción de él mismo. Él es su obra. Terminada la acción donde
este caraqueño se desempeña con impresionante y hasta neurótica tenacidad, Bolívar pierde
el rumbo y se convierte en un hombre incómodo. Ha concebido un gran ideal, la
unión de varios países en lo que él denomina la Gran Colombia. La idea es
perfectamente francesa, y cuando digo esto, por Dios, no pretendo ser
peyorativo, no pretendo que los lectores de la sección deCartas de El
Nacional me exhiban como un nuevo Santander o como un
segundo Arciniegas. La idea de laGran Colombia es francesa, es
universalista, es europea, es, en una palabra, una idea de “civilización”.
Y si hubiese ido más lejos, si hubiese concebido un país del tamaño
de Suramérica, con Brasil, Argentina,
Chile,Uruguay y Paraguay sumados, el delirio, pues, habría sido
fantástico. Pero la realidad no funcionó. Y lo que me niego a pensar es que la
realidad que destruye el sueño de la Gran Colombia es una simple
sumatoria de mediocridades. Me niego a considerar al general
Páez como un cretino patán que no supo entender la magnitud de un
genio. A eso llamo la historia moral de Venezuela. Bolívar es genial. Páez
es un imbécil. Santander es un cochino. Sucre era muy bueno. Mariño, medio
bueno. Piar, un ambicioso. Bermúdez, un matón, etcétera. ¿Qué es esto? ¿A dónde
vamos con este catecismo? ¿Qué clase de historia es esta que comienza por
etiquetar virtudes morales en los próceres? ¿Qué derecho tienen las “viudas del
Libertador” de despotricar del general Páez? Cometido ese pecado original,
la historia de Venezuela se comporta como un melodrama a
lo Victorien Sardou, o como una telenovela de vieja estirpe. Este es un bueno.
Este es un malo. Esta, pobrecita, es mala porque no le
informaron. Vargas es bueno. Carujo es
malo.Soublette es bueno. Guzmán robaba pero no se le pueden
negar sus virtudes. A Castro lo perdieron las mujeres. Zamora era
bueno y lo mataron los malvados en Santa Inés; Gómez era un vampiro,
pero hizo laTrasandina; o Gómez es el mejor presidente que hemos
tenido porque nos metió a todos en cintura. ¿Qué estupidez es esta? ¿Cómo
le podemos enseñar a nuestros jóvenes semejante basura?
-Bolívar…
He citado a Bolívar como
un personaje víctima de sus admiradores, para referirme a la manera como la
sociedad venezolana percibe a sus caudillos. Rómulo Betancourt me
interesa mucho más; desde luego, no porque lo considere más importante
que Bolívar, en esta especie de carrera de caballos o de olimpíada en que
hemos convertido el análisis histórico, sino porque me atañe más. Yo tuve una
gran desgracia, o mejor dicho, una doble desgracia, a la hora de apreciar la
figura de Betancourt. Cuando era niño, mi padre, ferviente católico,
describía a Betancourt, en nuestras sobremesas, como un comunista que
recibía rublos delKremlin, un enemigo de lo piadoso, prácticamente un espía a
las órdenes de la KGB. Cuando ingresé alPartido Comunista, la descripción
era tan religiosa como la de mi padre. Betancourt era simplemente un
agente de la CIA, un tenebroso personaje a las órdenes del imperialismo,
dispuesto a entregar el petróleo, el acero y el aluminio a esa especie de
guarida del diablo que era Wall Street. Quiero decir que yo viví dos
religiones frente a Rómulo Betancourt. Durante su Gobierno, me sentí
perseguido. Sobreviví gracias a la piedad del director de Cultura del
Ministerio de Educación y a la generosidad del director de la Radio
Nacional, porque literalmente fui expulsado del Departamento de Teatro
Infantil del Consejo Venezolano del Niño, por comunista. Fue necesario un
cierto tiempo para que yo pudiese percibir la figura
de Betancourt con una relativa serenidad. Durante el Gobierno
del doctor Leoni, leí por primera vez la reproducción de ‘El libro rojo’,
editado por José Agustín Catalá. Pocas lecturas nacionales me han
impactado tanto. Las cartas de inconfundible estilo, enviadas
por Betancourt desde Costa Rica, nos describen a un febril
muchachón marxista en el trance de descubrir que el marxismo no era una panacea
universal. La reflexión de Betancourt sobre las peculiares condiciones
socioeconómicas de Venezuela es, mira tú lo que es la vida, el origen
del MAS, solo que se trataba de un MAS concebido en 1930, cuarenta y
un años antes de la aparición de ese grupo político. Betancourt, en su
lenguaje no siempre feliz, habla de un socialismo con vaselina, es decir, de
una estrategia y una táctica donde el movimiento revolucionario contra la
dictadura de Gómez tiene que tomar en cuenta la realidad concreta de la
economía y de la historia de Venezuela. Betancourtdistingue matices en la
primitiva “burguesía nacional” y esgrime la democracia como una
táctica destinada a crear rebeldía en “las masas”. Era un pensamiento. Los
comunistas de esa época actuaban, por el contrario, como un club de admiradores
de la Unión Soviética, como fans de Stalin empeñados en
proclamar los logros de la actividad koljosiana en la remota Ucrania.
Hablaban de remolachas soviéticas y de campesinos de ropa modesta y almidonada
contemplando puestas de sol con música de balalaika. El primer manifiesto
del PCVestá escrito en vocativo. “Vosotros obreros sois…”, es decir,
está escrito en el lenguaje de los curas españoles. Betancourt le puso
el “tú” a la moderna política venezolana. Su actividad consiste en
visitar cada pueblo, cada caserío, cada conuco y explicar allí la idea de un
partido redentor. Betancourt se ata a la cuerda histórica de
la Revolución Federal y, desde luego, le hace la cruz a la candidez de
los comunistas.Betancourt llega a definir al Partido Comunista de
Venezuela como un partido “pequeño burgués”. La democracia, es decir,
el país donde hoy vivimos, es su norte. Dudo mucho
que Betancourt haya entendido en profundidad las ideas de Marx.
¿Dónde las podía leer integralmente en 1940? La actividad política lo
convirtió en un hombre de circunstancias. La formación stalinista le hizo
pensar que la democracia era él.Los sucesos en que se vio involucrado, desde el
golpe contra Medina hasta la caída de Rómulo Gallegos,
terminaron por convertirlo en un pragmático, en un hombre cauteloso que
aprendió a dominar sus rabietas. De allí que hizo amigos, que unió esfuerzos,
que le hizo la corte al doctor Caldera, que denunció el sectarismo como un
peligro. El Betancourt que gobernó Venezuela, durante los primeros años de
la década del sesenta, era un obsesivo de la democracia por la democracia
misma. Su política económica es la lógica transición de lo que el
perezjimenismo había acumulado y la lógica crítica de lo que el perezjimenismo
había dejado de hacer. No se trata de un golpe de timón. Se trata de una
corrección de rumbo carente del menor dramatismo. El país en el plano
económico sigue siendo más o menos el mismo si se descuenta la feroz posición ante
los corruptos, la necesidad de sanear la administración pública y el
establecimiento de unas reglas de juego mucho más civilizadas. Habíamos
conquistado la democracia yBetancourt aspiraba sinceramente a una
efectividad gubernamental que no levantase demasiadas ampollas. La consigna con
la cual llega al poder es impresionante. Los Napolitan se habrían
llevado las manos a la cabeza. Los estrategas de salón lo habrían tildado de
loco o de suicida: “Contra el miedo, vota blanco”.Pero, en efecto, su Gobierno se
hizo “contra el miedo”, contra los traumas, contra los que aspiraban,
incluso en su propio partido, a una mayor profundización en las reformas
sociales. Habíamos conquistado la democracia y para Betancourt, hombre del
28 al fin y al cabo, la posibilidad de hablar mal del Gobierno, la
posibilidad de criticar a un ministro ineficaz o a un funcionario ladrón, era
una razón de vida. Era una tarea histórica. “Hablar pendejadas del
Gobierno”, es decir, “menos barbarie y más decencia”, fue su visión.Betancourt,
el fiero, había aprendido a vivir en sociedad. Allí estuvo su gloria y, a veces
creo, su infierno. Quién sabe si le agregó azúcar a la vaselina. En todo caso,
evitó cuidadosamente “los grandes cambios”, hasta que mi papá me dijo,
caramba, es verdad, como que el tipo no era comunista.
-Betancourt sí intenta
cambios en lo económico. Él inicia la política de sustitución de importaciones.
No quiero ser mezquino. Pero
la política de sustitución de importaciones era una exigencia empresarial o,
por lo menos, de un gran sector del empresariado. Existía una capacidad
económica para ensamblar automóviles y cigarrillos y laticas de petit
pois. Existía la posibilidad de cerrar gradualmente las importaciones. El país
no se lanza a un sacrificio ni a una empresa histórica. El país se lanza por el
camino de lo gradual. Betancourt enmendó una política económica, sin eso
que los dirigentes adecos suelen llamar “mayores traumas”.Insisto en esto, no
por disminuir la figura de Betancourt, sino porque resulta ridículo en
estos momentos pensar que el 23 de enero de 1958 fue un cambio radical de la
sociedad venezolana. No. Todo el mundo tenía miedo. Todo el mundo pensaba que
el país se estaba embochinchando y que los militares iban a dar un golpe y que
iba a regresar Pedro Estrada con sus “chicos malos”. El 23
de Enero fue un júbilo, un aire cordial que flotó en el país. Fue la
posibilidad de hablar vainas, de criticar al Gobierno y hasta de
sustituirlo.Betancourt definió posiciones y jugó al equilibrio. El modelo
del país que su Gobierno intuía se parecía a ese lugar donde
vivían Mickey Rooney y Elizabeth Taylor en las
comedias MGM de mitad de los años cuarenta. Era la apoteosis de la
clase media. El Cafetal es un museo viviente de esa aspiración. Por
eso, duélale a quien le duela, Betancourt no solo es el fundador de Acción
Democrática, sino el artífice supremo, el gran constructor del partido
socialcristiano. Betancourt fue el gran empresario del partido
Copei en esa especie de trust democrático que se construyó
durante su gobierno. Cuando Gonzalo Barrios perdió las terceras elecciones
presidenciales de la democracia, Betancourt debe haber puesto una fiesta,
porque, muy por encima de las aspiraciones hegemónicas de su partido aparecía
un concepto de alternabilidad democrática. El caudillo no solo había inventado
el Gobierno, había inventado nada menos que la
oposición. Cuando Pérez perdió, todos vimos
a Betancourt diciendo: “We will come back”. ¿Alguien vio
amargura en su rostro? Por el contrario, yo diría que el hombre que nos hablaba
era un hombre feliz. Copeiocupó el lugar que en una época eterna y
tormentosa ocupaban las Fuerzas Armadas, o los caudillos alzados: la
ilusión de cambio, la misma que excusó la Invasión de los Sesenta contra el
Gobierno de Ignacio Andrade. La misma. Solo que menos espontánea, más cívica y
definitivamente constitucional.
-¿Usted cree que el Estado
se puede reformar en frío? ¿La única salida es el escepticismo?
Sinceramente, no me siento
escéptico en cuanto a las posibilidades de una reforma del Estado venezolano.
No me siento escéptico frente a la Copre, si por escepticismo entendemos
la cómoda posición de quedarse en casa y decir, con el estilo de un viejo matón
de la política: “Están perdiendo el tiempo. Hay otras realidades”. Y toda
esa quincalla. Sí creo que la Copre se mueve en un terreno
difícil. Sí creo que no es del todo cierta esta convocatoria del Estado a
su propia reforma. Pero, sería un necio si no me percatara de que, por algún
motivo, el país ha comenzado a vislumbrar que en la reforma del Estado está su
supervivencia. Que en las actuales circunstancias
la Copre arribe al éxito que todos esperamos, desde luego, me parece
difícil. Quién sabe si la Copre es el inicio de un proceso, una
institución en medio de una crisis, destinada a crear una conciencia. La
Copre no brotó de la nada. Brotó de ciertas formas organizativas que la
población ha comenzado a poner en práctica para defenderse de las
arbitrariedades del Estado. Cuando alguien dice que los venezolanos
debemos votar por los gobernantes regionales, está, al mismo tiempo,
proclamando una experiencia, está constatando una situación a partir
de seis gobiernos, y de lo que ha ocurrido en
esos seis gobiernos. Está claro que no podemos continuar así. Decía
al comienzo de esta conversación que por primera vez nos importa la suerte de
un Gobierno, la oposición al Gobierno deldoctor Lusinchi no
ha podido ser radical. Nadie en Venezuela está pensando en qué
diablos hacer para desembarazarnos de este Gobierno. Por el contrario,
existe una demanda de éxito, un desearle alPresidente, como símbolo de poder,
cierta lucidez para que el país salga del atolladero. La etapa infantil de
castigar al Gobierno y volvernos a enamorar de un nuevo pretendiente
ha comenzado a ceder. El fracaso deLusinchi sería mi fracaso y mi fracaso
no me puede alegrar; la polarización mediante la aplicación mecánica de la
alternabilidad –AD-COPEI-COPEI-AD– tiene ahora otro sentido. Si alguna crítica
se le puede hacer aldoctor Lusinchi es haber cometido el acto de
adolescencia de prometernos que con él íbamos a vivir mejor.La época de los
ofertones ha comenzado a declinar, porque el país demanda del Gobierno una
mejor y más lúcida explicación de lo que está haciendo. Ningún Gobierno es
exitoso. El poder conduce a la desilusión en las sociedades
primitivas. ¿No se desilusionó el país de Pérez a pesar de su
espectáculo, a pesar del “pleno empleo”? Creo firmemente que los
venezolanos hemos comenzado a salir de esa estupidez mediante la cual
concebimos al Presidente como un señor que arregla problemas por obra
del Espíritu Santo. Un Presidente no es un ser
definitivo. Gómez era definitivo. Franco, en España, fue
definitivo. Pérez Jiménez fue definitivo. Fidel Castro es lo más
definitivo que existe. Pero se trata de dictadores, de gobiernos sometidos al
sello personal, dramático diría yo, del gobernante. Son hombres que se
extienden en el tiempo y sus gobiernos terminan por ser “épocas”. Nadie puede
hablar del Gobierno de Fidel Castro en Cuba. En todo caso hablará de la “era”
de Fidel Castro en Cuba. Pero un presidente quinquenal no es un caudillo.
Y si la Constitución venezolana prohíbe drásticamente la reelección
del mandatario, tú me dirás qué clase de caudillo puede ser ese. Pero
en Venezuela le atribuimos al presidente características de caudillo;
es decir, de hombre capaz de crear “eras”. Yo personalmente detesto los
caudillos y no me gusta vivir “eras”. A veces creo que es absurdo que los
venezolanos no podamos reelegir al presidente, porque, desde luego, en cinco
años, es idiota prometer un “cambio”. Pero esto forma parte del pánico que
inspira en Venezuela la figura del Presidente. Cinco años y
salimos de él, como exclamando: ¡uf!
-¿Realmente el venezolano se
ha dado cuenta de la necesidad de reformar el Estado o ha sido una reforma
impuesta?
El país se atascó. Eso es un
hecho. El país está saturado de vicios que provienen del Estado. Probablemente
lo que sucede es que resulta muy difícil en Venezuela percibir la noción del
Estado. En Venezuela hay Gobierno… y de vaina. El Gobierno es el primer agresor
del Estado. Cada cinco años, el Gobierno se enfurece contra el Estado,
descabeza funcionarios, liquida planes, desvía presupuestos, liquida proyectos,
quema documentos, cambia los membretes; es decir, destroza una mínima
continuidad administrativa. El Presidente irrumpe en Miraflores prometiendo un
país nuevo, como las promociones de detergentes. Pero en el fondo, los
detergentes no son nuevos. Los detergentes son más o menos lo mismo y sus
posibilidades de cambio pertenecen al mundo de los detalles.
El Gobierno se publicita a sí mismo como “nuevo”, “audaz”,
“definitivo”, “otra cosa”, “de aquí en adelante”, pero las relaciones de poder,
las relaciones institucionales con la CTV, con Fedecámaras, con los
bancos, con el Ejército, con el clero, con los maestros, etcétera, son más
o menos la misma cosa. Entonces, ¿por qué, en lugar de proclamar novedad,
no proclamamos efectividad? La noción de reforma del Estado, que en el
fondo no es más que una más sana y efectiva distribución del poder, atenta
contra ese principio jabonero de nuestros gobiernos. Hace poco
el doctor Humberto Celli argumentaba en televisión contra la
proposición de que los gobernantes fuesen elegidos mediante una votación
directa. El Celli se preguntaba por el desastre que eso significaría. ¡Un
gobernante del estado Aragua enfrentado al Presidente de la República! ¡Qué
horror! ¡Qué caos! ¡Qué desorden! Si ahora cuesta meter a los gobernantes en
cintura, ¡imagínense cómo sería eso!Pero lo que no dice el doctor
Celli es que el sistema actual ha creado una gran frustración en la
provincia. Lo que no dice el doctor Celli es que nuestra provincia se
ha hecho más sólida culturalmente hablando, más autónoma en la vida cotidiana y
que esa fórmula del gobernador elegido “a dedo” por
el Presidente de la República amenaza el desarrollo del país. La
presencia de ese policía central que es el Gobierno, ese policía que desde
un alto faro vigila el territorio nacional, ha comenzado a resultar
intolerable. Porque en el fondo es un policía que vigila mal, un policía
equivocado, mofletudo, carente de reflejos, achacoso. Es el “supremo
autor” según la letra de nuestro himno. El “supremo autor” que
vigila desde el “Empíreo”. Volvemos a la comedia del Estado. Hay que
engañar al Gordo. La expresión circunstancial del Estado, que es el
Gobierno, es la de un cretino al que debes engañar si quieres sobrevivir. Vas a
pedirle algo y jamás podrás decir la verdad. Estás obligado a la mentira.
Tienes que convertirte en un experto en el uso de palabras clave. Tienes
que otear en el horizonte y percibir que hoy el Gobierno está
interesado, qué sé yo, en las instituciones pedagógicas populares. Entonces tú
quieres escribir un ensayo, qué sé yo, sobre Teresa de la Parra, y deseas
que el Gobierno te patrocine esa investigación. Tienes que mentir.
Tienes que decir que el ensayo sobre Teresa de la Parra se compadece
perfectamente con la política de desarrollo de las instituciones pedagógicas de
la cultura popular. Aquello no pega ni con cola. Tu ensayo es elitesco, no va
más allá de treinta interesados, pero tú mientes y estafas al Gordo. Los
documentos públicos, las cartas de peticiones, son en Venezuela una
gran picaresca que ríete del Lazarillo de Tormes. Pero esta comedia no es
potestad del Gobierno. Es también un modo de ser de la oposición. La
oposición en nuestro país es ridículamente pavloviana. Oposición
en Venezuela es decir lo contrario de lo que dice el gobierno. Esto
es blanco, dice Lusinchi. Esto es negro, contesta Fernández. Esto es
verdad, dice Lusinchi. Esto es mentira, diceFernández. Nada hay en
este mundo más previsible que un discurso de la oposición. Un discurso de la
oposición es un “casette” previamente grabado. Se trata de una oposición
“programada” como una Apple II. Lusinchi comete el dislate de decir
que con su Gobierno se va a vivir mejor, porque me da la gana, y la
oposición lo espera en la bajadita, en la bajadita inevitable. Los candidatos
le presentan al país un “plan de gobierno”, por allí, cuando la campaña
está concluyendo, y todos sabemos que eso no es más que un“saludo a la
bandera”. En mi actividad que se refiere al teatro, los planes de gobierno
consisten casi siempre en decir que se va a estimular la cultura, que se va a
hacer más popular la cultura y, desde luego, que se va a afirmar la identidad
cultural del venezolano. ¿Cómo? Ah, no sé. La oposición aguarda en la bajadita.
Pasan tres años y, naturalmente, ni se desarrolló la cultura, ni se popularizó
la cultura, ni se encontró por ninguna parte la identidad nacional. Entonces,
la oposición sale de su escondite y grita: “¡Fracaso!”
“¡Fracaso!” ¡Por Dios! ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo le permitimos
al Presidente de la República que sea triturado por ese implacable
mecanismo? ¿Hasta cuándo le vamos a permitir a la oposición ese ritual
canónico, inexorable, que le impide hacer verdadera política?
-¿Hasta cuándo la clase
política está dispuesta a fracasar?
Esa es una gran pregunta.
¿No será que al país le hace falta un nuevo liderazgo? ¿No será que debemos
permitirle a AD y a Copei un buen descanso, unos cuantos
años de recogimiento y meditación en algún claustro? Tal vez ni siquiera sean
malos partidos. Pero, ¿por qué no los mandamos a las duchas, para ver si se
refrescan, para ver si leen, si aprenden otro vocabulario? Son partidos que
carecen de objetividad. Son demasiados protagonistas. Pero hasta Laurence
Olivier cansa, si lo ves siempre en la misma cartelera.
-Eso es utópico.
Pero al mismo tiempo
inevitable. AD y Copei están viciados. Y, lo que es peor,
en sus vicios han arrastrado a los otros partidos. Arrastraron al MAS, por
ejemplo. El MAS, al insertarse en ese ritual político, en calidad de
actores de reparto, perdió su razón de ser. No hablo, por Dios, de
fusiles; no tengo la menor nostalgia por los fusiles. Los fusiles siguen siendo
tan estúpidos como en 1963. Pero sí hablo de otra política. Estoy harto de que
el MAS baile al son que le tocan AD y Copei. ¿Qué le
promete ese partido al país? Hoy en día, nada. Hace unos años tampoco prometía
nada, pero estábamos en vías de prometer algo. Y ya eso es bastante. Hoy en
día, apenas podemos prometer ser…“mejores”. ¿Pero quién le creó eso
al MAS? ¿Qué significa que elMAS sea “mejor” que esto? ¿Qué
es ser mejor? De nuevo el esquema, la forma, la reflexión que nace y muere en
el seno del partido político se impone sobre lo que debería ser real. De nuevo
el político aturdido por su propio mecanismo pierde la noción de sus funciones
reales en esta sociedad. El desesperado esfuerzo del
actual MAS es: “¡Tómenme en serio! ¡Yo soy tan serio como el
doctor Gonzalo Barrios! ¡Yo no soy aquel loquito que proponía fantasías! ¡Yo
cambié!” Es decir, yo me parezco a mis adversarios, yo sé de juego, de
elegancia, de fair play. ¿Cómo puede ser una alternativa, así?
-¿Hacia dónde puede
dirigirse una reforma del Estado?
¿Reformar qué? ¿Reformar en
función de qué? Tenemos la sensación y, más que la sensación, las pruebas de
que el Estado venezolano es impráctico. Y hemos formulado la
necesidad de una reforma del Estado. Sabemos que el Estado es
ineficaz y que su estructura provoca en él un movimiento de paquidermo.
Sabemos, por ejemplo, que existe una permisología aterradora, casi soviética,
que impide un mejor desarrollo de la industria de la construcción. El elefante
se ha convertido en un carcamal pesadísimo e insoportable y, por lo tanto, son
urgentes una serie de reformas prácticas dictadas casi por el sentido común. Es
posible, entonces, que estas medidas de carácter inmediato, mínimamente
pragmáticas, tengan lugar en estos próximos meses. Pero ellas no deben
confundirnos. El problema sigue siendo el mismo. ¿Para qué vamos a
reformar el Estado? ¿Qué queremos lograr con esa reforma? ¿Cuál es la
proposición? ¿Qué es lo que entendemos por Estado aparte de la solemnidad
principista? Un organismo existe en la medida que cumple una función y
persigue unos objetivos. Se supone que el objetivo del Estado es el progreso
efectivo, real, coherente, práctico de la sociedad, tal como el reglamento del
hotel a que hice referencia.Cuando estudié Derecho en la UCV, mi
profesor de Derecho Constitucional decía que toda la armazón jurídica
de una nación perseguía como objetivo una cosa llamada “el bien común”.
Está bien. Pero, ¿qué diablos es el “bien común”? ¿La felicidad humana?
¿El bienestar humano? ¿La dignidad humana? ¿La justicia humana? El Estado,
al igual que el hombre, vive prisionero de prejuicios, de verdades generales,
de cosas que parecen ciertas o que el uso ha convertido
en “ciertas”. Se supone que debemos “progresar”, pero nadie nos dice
qué se entiende por progreso. ¿Más cemento? ¿Más árboles? ¿Más
automóviles? ¿Más calles destinadas a que los ciudadanos caminen y oigan el
piar de los pajaritos? ¿A qué nos debemos parecer los venezolanos? ¿A la vida
del estado de Texas? Ojo, no califico, simplemente me hago esa pregunta. Porque,
de repente, para algunos, progreso puede ser que vivamos como los pemones. Y
para otros, progreso es chimenea, contaminación y cabillas. Todos estamos de
acuerdo en que Venezuela debe fortalecer su agricultura. Jamás he
conocido un venezolano que diga: “Al diablo la agricultura, abajo la
cosecha de arroz”. Supongamos entonces que el Gobierno decide, como
evidentemente es el caso delGobierno actual, aumentar la productividad del
campo y reformar leyes, ordenanzas, códigos, procedimientos que tengan que ver
con la productividad en el campo. Eso, aparentemente, sería estupendo. Pero,
¿alguna vez nos hemos preguntado cómo vive un agricultor venezolano? ¿Qué
necesita ese ser humano que recoge una cosecha de plátanos? ¿Dinero? ¿Más
dinero? Pero, ¿dinero para qué? ¿No necesitará, por ejemplo, ese hombre un
teatro donde ver maravillas del arte? ¿No necesitará, por ejemplo, una
televisión regional, capaz de confrontarlo consigo mismo? ¿No aumentaría la
productividad del campo si el hombre que lo trabaja está orgulloso,
verdaderamente orgulloso, del lugar donde vive? ¿No aumentará esa productividad
si el hijo del campesino puede encontrar una sólida librería, un sólido cine de
arte, una programación musical y otras tantas dignidades? ¿No soy mejor
agricultor si mi hijo puede graduarse de filósofo en la universidad cercana? Se
dirá: “¡Qué idealismo!” Pero es que la vida de un hombre, de un
ciudadano, no puede medirse en términos de productividad. No solo es cosechar
tomates. Es ¿para qué cosecho tomates? He citado goces del arte y del
pensamiento pero puedo hablar también de un buen restaurant, de una
desconcertante discoteca para bailar, de un circo que me visita, de un recital
de El Puma cerca de mi siembra de tomates, de una conferencia
de Ramón J. Velásquez en la casa de cultura de mi comunidad. No de
miserias culturales que es a lo que estamos acostumbrados. No de migajas
que la capital desparrama sobre la provincia. Hablo de vida pletórica. De
posibilidades auténticas. De incorporación de todos los hombres de este país a
las mejores oportunidades. La calidad debería ser una consecuencia de la
cantidad. Pero en nuestro país la cantidad es el único logro.
-Tal vez la reforma más
importante sería dotar al Estado de un conjunto de políticas coherentes, que
eviten los movimientos espasmódicos, erráticos y convulsionados, y que son los
que explican la ausencia de continuidad en los planes. ¿Cuál sería una política
coherente en el campo de la cultura?
La política cultural
del Estado venezolano es una política de mecenazgo. Desgraciadamente,
no apareceLorenzo de Medicis por ninguna parte, tal vez porque al mecenas
le falta buen gusto, le falta contemporaneidad. Pero, en todo caso, la
posición del artista venezolano es la de la mendicidad. El Estadose
limita a distribuir un presupuesto, irritante las más de las veces, entre las
instrucciones culturales. Toma esto. Toma esto. Toma esto… y sigue en tu vida.
Te beco, te financio, te ayudo, te doy. Pero el Estado venezolano no
hace prácticamente nada por crear las estructuras mínimas donde pueda
desenvolverse la cultura en cualquiera de sus expresiones. Por ejemplo, se
ayuda al teatro, en el sentido de que se dan unos reales o unos realitos a los
grupos teatrales. Pero el Estado es incapaz de organizar y cuidar y
estructurar hacia un concepto de rentabilidad mínima las salas de teatro que
existen en el país. Es como darle dinero a un señor para que cultive tomates y
después desentenderme de dónde demonios va a vender ese señor esos tomates. ¡Es
que el tomate sirve para comerlo! ¿Qué hago yo con unos tomates en unos
huacales o en un depósito? Yo quiero comerme esos tomates. Yo quiero ver, oír y
tocar las manifestaciones de cultura. Yo quiero que Zhandra
Rodríguez se gane su dinero, mientras más, mejor, bailando para la gente y
no para una élite ilustrada. Y lo quiero porque seguro que Zhandra
Rodríguez se convierte en una empresaria, se autofinancia, se muestra como
un ser real, y como un artículo de lujo más o menos prescindible. Entonces, que
sobrevivan los mejores, como pasa en todas partes del mundo. En todas partes
del mundo civilizado hay artistas profesionales y hay artistas aficionados. Los
aficionados hacen rifas, tómbolas, colectas y reciben alguna ayuda comunal para
presentar sus espectáculos de aficionados. Los profesionales generan dinero y
no hacen rifas. ¿Que el proceso es gradual? Sí, es gradual. ¿Pero cuándo lo
vamos a poner en marcha? A mí no me importa que ocurra en el año 2150. Lo
importante es que ocurra y ahora hay que sembrarlo. Esa magnanimidad
del Estado con la cultura es letal porque, repito, son
unos Lorenzos de Medicis tacaños y de horroroso gusto. La
actividad cultural en Venezuela es apenas una mala conciencia de nuestros
gobernantes. Y si no, fíjate en el gobernador del estado Miranda, que
de un plumazo canceló del presupuesto regional la partida cultural. ¿Por qué no
cancela la de papel toilette? ¿Por qué no se cancela la partida
de “clips”? ¿Por qué le es tan fácil cancelar la cultura?
-¿Cuál es la tarea del
ciudadano común?
La gran pelea es asumir la
democracia. Sincerarla. Hay que enseñarle al Presidente de la República a que
sea realmente demócrata. Nadie, en esta tarea, tiene derecho a colocarse
en la acera de enfrente. No ha llegado la hora del outsider. Es importante
elevar la discusión. Es importante que los socialdemócratas piensen y actúen
como socialdemócratas; y que los demócrata-cristianos piensen y actúen como
demócrata-cristianos. Un cierto cinismo se ha apoderado de nuestros partidos. A
veces el cinismo se disfraza de resignación. Es así. Tiene que ser
así. Tengo la obligación, como intelectual, como artista o como lo qué
diablos sea yo, de tomarme en serio a los hombres que hacen política en
Venezuela. Muchos de ellos han dado lo mejor de sí mismos en esa
actividad. Por lo tanto, vale la pena reclamar inconsecuencias. Un día,
Miguel Otero Silva me ofreció una columna en el cuerpo C de El Nacional.
Entonces pensé: “José Ignacio, tienes cuarenta y ocho años, ¿cuándo carajo vas
a decir lo que piensas?”
José Ignacio Cabruja
Lofiego (1937-1995) fue un destacado dramaturgo, director de teatro,
actor, cronista, escritor de telenovelas, libretista de radionovelas, autor de
guiones cinematográficos, moderador de programas de radio, humanista y
diseñador de campañas políticas venezolano. Es considerado cómo unos de los
renovadores del género de la telenovela en Latinoamérica y llamado el Maestro
de las Telenovelas. (Wikipedia)
1987

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Para comentar usted debe colocar una dirección de correo electrónico