Por Miguel Velarde, 09/11/2015
Derrotarlo es derrotar a una parte de nosotros mismos
Era casi la media noche del 25 de octubre y nadie podía creer lo que
acababa de ocurrir. La mayoría pensaba que había algún error en las pantallas
que mostraban los primeros resultados de la elección presidencial en Argentina.
No era posible que Mauricio Macri, el candidato opositor por Cambiemos,
supere en los resultados parciales a Daniel Scioli, el candidato del
kirchnerismo. La sorpresa tenía un motivo principal: todas las encuestas
reflejaban una clara ventaja de casi 10 puntos de Scioli sobre Macri. Días
después, los resultados oficiales le darían una victoria con sabor a derrota
por menos de 3 puntos.
Los grandes perdedores de ese día fueron los encuestadores. Sin perder
tiempo, comenzaron una frenética ronda por medios de comunicación para tratar
de lavar su imagen, pero ninguno podía explicar lo que había ocurrido. ¿Por qué
sus números habían pronosticado un resultado tan diferente?
La respuesta es más simple de lo que muchos creen. Quizás para los que
vivimos en Venezuela sea más fácil comprender. Estos modelos, tanto el chavista
como el kirchnerista, tienen una herramienta de la que necesitan
indispensablemente: el miedo.
Este, como cualquier otro sentimiento, es difícil de analizar, porque
es algo que no se ve, que no se puede medir. ¿Cómo medimos cuánto miedo
tenemos? A diferencia de la mayoría de las variables, al miedo se lo identifica
no por que lo genera, sino por lo que evita.
Los resultados de las encuestas en la Argentina reflejaron fielmente
eso: millones de argentinos no se animaron a decir que iban a votar por Macri,
el candidato opositor, porque temían las consecuencias que eso podía tener en
sus vidas: perder su empleo, sufrir represalias, no gozar más de los planes de
ayuda del gobierno, ser expulsados de las universidades públicas, etc. Sin
embargo, el miedo no fue tan grande como para entrar con ellos al cuarto de
votación. Allí, solos con su conciencia, votaron por lo que en verdad querían:
un cambio.
Scioli y los kirchneristas lo saben tan bien, que inmediatamente
después de las elecciones y de cara a la segunda vuelta el 22 de noviembre,
profundizaron lo que ahora todos conocen como la “campaña del miedo”.
Asesorados por el gurú en este tipo de maniobras sucias, el brasileño Joao
Santana -también asesor de Lula, Dilma, Chávez y Maduro- comenzaron una
despiadada arremetida contra Macri con la intención de que la gente crea que si
él gana, lo que viene es el caos.
En Venezuela, la misma estrategia es implementada desde hace años.
Cuando no hay nada positivo que mostrar, se tiene que exponer –o inventar- algo
negativo del adversario. Si se sabe que no se puede inspirar, se tiene que
hacer que el otro deprima. El objetivo es lograr en la gente la conclusión de
“prefiero lo malo conocido que lo bueno por conocer”.
Por eso, es indispensable que entendamos que la única manera de lograr
el cambio que tanto anhelamos es movernos de donde estamos. Debemos romper con
ese permanente estado de parálisis en el que nos tienen desde hace década y
media.
De cara a las elecciones parlamentarias del próximo 6 de diciembre, al
igual que los argentinos en dos semanas, nuestro gran rival a vencer es el
miedo. Debemos superarlo para imponernos a la tragedia en la que vivimos. No es
fácil, porque es un obstáculo que no se ve, que no está en lo que nos rodea,
sino en nuestras entrañas. Derrotarlo es derrotar a una parte de nosotros
mismos. A esa que nos paraliza, que nos tiene donde hoy estamos.
Miguel Velarde
@MiguelVelarde
Tomado de:

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