HÉCTOR E. SCHAMIS 14 de noviembre de 2015
Quienes crecimos bajo la larga sombra
de las dictaduras militares teníamos a la OEA como punto de referencia, un faro
de luz durante aquella noche tan oscura. Sabíamos que por ayuda había que
acudir a la Comisión Interamericana. Denuncias, visitas in loco, misiones
diplomáticas, medidas cautelares, la OEA de Alejandro Orfila salvaba vidas. En
el tiempo además se convirtió en una fuerza democratizadora, una vez que las
transiciones de los ochenta estuvieron definidas por la agenda progresista de los
Derechos Humanos.
Era un mandato que continuó en
democracia. Hasta que llegó Insulza, se olvidó y se desvirtuó. Cual archivo
personal, recorro mis propias columnas—tan críticas—sobre el papel de la OEA en
la crisis venezolana y otros infortunios del degradado sistema interamericano.
Muchos de esos abusos han ocurrido bajo gobiernos que se consideran a sí mismos
de “izquierda”—subráyese las comillas—una izquierda desmemoriada y en la deriva
normativa, curiosamente, ayer como víctima de violación de derecho, hoy como
perpetrador.
Y ello con un cómplice indispensable:
la OEA de Insulza. Recorro su falaz argumento en contra de la intervención en
Venezuela. Falaz y deliberadamente ambiguo, justificando su prescindencia
porque “los tiempos de la intervención ya pasaron”. Como si la intervención
reclamada por la sociedad venezolana hubiera sido un golpe o los Marines.
Cliente de Chávez, ingenuidad cero.
Así omitió lo que sabe bien: que la
comunidad internacional siempre tiene el deber de intervenir ante las
violaciones a los derechos humanos. Ese es el pacto del Nunca Más de la
posguerra. Sin injerencia externa, él mismo podría no haber llegado jamás al
exilio que salvó su vida y preservó su libertad. Insulza representa esa
izquierda amnésica, pero además colmada de hipocresía.
Por ello fue una OEA cómplice del
autoritarismo y como tal desacreditada. Eso hasta ahora, debe reconocerse y aplaudirse,
una vez que llegó Luis Almagro a la Secretaría General. Comenzó con la simple
memoria del legado histórico de la organización. “Más derechos para más
personas”, fue su consigna de campaña.
Recuperó el ADN de la OEA, los
Derechos Humanos y la democracia, señalando que no negociaría esos principios y
que su voz siempre se alzaría en defensa de dichos valores hemisféricos. Así lo
hizo, de México a Honduras y de Guatemala a Haití, entre otros. En relación a
Venezuela también tomó partido explícito por los derechos. Cuando María Corina
Machado fue inhabilitada su respuesta fue impecable: “En democracia solo el
voto inhabilita”.
Pronto supimos que para el nuevo
Secretario General no se trataba solo de alzar la voz sino también de ponerle
el cuerpo a esos conflictos y tomar decisiones consistentes. Le restituyó la
autonomía a la CIDH, virtualmente intervenida por Insulza. La consecuencia
inmediata fueron los concluyentes informes sobre Derechos Humanos en México,
libertad de prensa en Ecuador y la elección del 6 de diciembre en Venezuela.
Propuso observar la elección en
innumerables oportunidades, oferta siempre rechazada por Maduro. Se encontró
con Capriles y con la familia de Leopoldo López. Viajó personalmente a la
frontera entre Colombia y Venezuela por las deportaciones. Y envió importantes
misiones a la frontera entre Haití y la República Dominicana por una crisis
similar.
Esta misma semana, su demoledora
carta de 18 páginas a la presidenta del Consejo Nacional Electoral de Venezuela
lo pone decididamente del lado de la democracia. Con convicción, allí enumera
todas las arbitrariedades del sistema electoral, concluyendo que no existen las
condiciones para una elección transparente y justa. El faro de la OEA vuelve a
encenderse.
En un gambito magistral, el
Secretario General empuja al gobierno de Maduro a caer en su propia trampa. Si
no hay transparencia, una victoria oficialista solo puede ser ilegítima. Esa
carta obliga al gobierno a tener que reconocer lo que todos saben: que la
oposición triunfaría por amplio margen en una elección limpia. A pesar del
rechazo del gobierno a la misión de la OEA, Almagro termina haciendo la
observación por su cuenta, de antemano y por escrito. Ahora, cualquier
resultado favorable al régimen es fraude.
Es notable esto de la alternancia en
el poder. Por sí misma democratiza, un país tanto como un organismo
internacional. La coalición latinoamericana del silencio y la perpetuación en
el poder aparece debilitada, gastada por el tiempo, víctima de su propio
despotismo. Su fecha de vencimiento se aproxima inexorablemente. Soplan vientos
frescos en América Latina, se respira mejor. La nueva OEA de Almagro tiene
mucho que ver en ello.
De sur a norte, desde Buenos Aires
hasta la sede de la OEA en Washington, y pasando por Quito, Caracas y Brasilia,
la palabra “cambiemos” tal vez sea el mejor resumen de estos tiempos. Una ola
re-democratizadora se despliega en la región.

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