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martes, 8 de enero de 2013

El derecho de morir


Por Gustavo Coronel, 07/01/2013

Cada día la gran telenovela venezolana trae un nuevo capítulo que mantiene a todo el país en suspenso. Más que “El Derecho de Nacer” esta nueva telenovela, que tiene sintonía total en nuestro país y en una América Latina ávida de culebrones, pudiera llamarse “El Derecho de Morir”, dadas las circunstancias y la trama.

Se trata de la historia de un caudillo que manejó al país a su antojo por 14 años, despilfarró casi un mil millones de millones de dólares de dinero nacional y se convirtió, mediante una pródiga política de dádivas, en un favorito de la clases más pobres del país y de políticos latinoamericanos expertos en adular. Es una historia que apasiona a las masas, hecha a la medida de una sociedad frívola y negligente, acostumbrada a vivir en un presente eterno. Para esa sociedad el pasado ya no existe, mientras que no tiene sentido alguno pensar en el futuro. El protagonista de la telenovela decidió modelar al país a imagen y semejanza del existente en la isla miserable mandada por su ídolo. En lograrlo invirtió cada dólar de la nación. Pero una parte importante del país se negó tercamente a complacerlo y hoy, después de 14 años de desastre nacional, el caudillo se encuentra grave en La Habana, rodeado de médicos extranjeros anónimos, dejando en Venezuela una herencia de destrucción física y espiritual.

Más allá de la triste historia del individuo, lo verdaderamente trágico de la gran telenovela venezolana es que nuestra sociedad se ha resignado a vivirla con toda su carga de cursilería, abuso y mediocridad. En el capítulo más reciente, situado en la Asamblea Nacional, un personaje mofletudo tomó un juramento chabacano para cumplir con las órdenes del comandante mientras pisoteaba los derechos del 40 por ciento del país. Y es que la telenovela, por definición, es el género de lo anecdótico, de lo pequeño. No hay en ella espacio para los grandes sueños o los anhelos de creación colectiva de futuro. La telenovela es el género adecuado para la montonera inculta que se niega a pensar con criterio nacional.

La telenovela venezolana usa el llanto como diálogo, abunda en besadera de crucifijos y baila al ritmo del vudú. Narra sórdidas historias: la hija desdeñada, los hermanos insaciables, el chofer leal y analfabeta devenido en presidente a dedo. No falta la escena del enfermo con máscara de oxígeno, con el médico a su lado que mueve la cabeza con pesadumbre. De vez en cuando, para darle cierta variedad a la trama, insertan en el capítulo del día a una de las varias jamonas boliburguesas, generalmente cargada de joyas, interpretando la constitución a su antojo.

De tales viñetas indignas vive el país. Los capítulos se suceden unos a otros con un ritmo pausado, mostrando como la pandilla viola a diario las leyes de la nación ante la lasitud de una sociedad deseosa de ver el próximo capítulo. Aparecerá el susodicho a última hora, en camilla, a prestar su juramento? Se trasladará el país a La Habana?

Hemos consentido, como pueblo, vivir una telenovela grosera y embrutecedora. Adios Chile, hola Haití.

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