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lunes, 28 de julio de 2014

La constituyente

LEONARDO AZPARREN GIMÉNEZ 25 de julio de 2014

Se habla de hacer coincidir la calle y la política, y es cierto pero ambas deben responder a una estrategia de unidad

Leo en el artículo 348 de la Constitución nacional que la iniciativa popular para convocar una Asamblea Nacional Constituyente es por "el quince por ciento de los electores inscritos y electoras inscritas en el registro electoral"; es decir, unos 2,7 millones de firmas que habrá que solicitar y recolectar. Como es mencionado el registro electoral, es lógico suponer que el CNE verificará la autenticidad de las firmas. Aquí el tiempo comienza a jugar a favor del régimen.

Cuando faltan dieciocho meses para las cruciales elecciones de una nueva asamblea nacional, ¿cuánto esfuerzo habría que dedicar para recolectar las 2,7 millones de firmas y, al mismo tiempo, seleccionar los precandidatos a las elecciones de diciembre de 2015? La MUD no puede nombrar a dedo a esos candidatos; debe hacer unas primarias a diferencia del régimen, que elige con el dedo.

Las elecciones de la asamblea nacional implican dos metas: no perder el número de diputados obtenidos hace cinco años y alcanzar la mayoría, para lo cual una estrategia fríamente pensada y consensuada es indispensable.

En cambio, ¿quién garantiza que al convocar una asamblea nacional constituyente la oposición democrática obtendrá mayoría? ¿Qué sucedería si el régimen la obtiene? Legal y legítimamente, podría diseñar una nueva constitución a su gusto y medida y nadie podría discutir, rechazarla y, menos aún, negarla.

Aunque en teoría la situación del país juega a favor de los sectores democráticos (Fe sin obras es muerta), el régimen puede manipular el tiempo en el caso de una constituyente; no así ¬en teoría- para las elecciones de diciembre de 2015.

Con dirigentes locales afincados en sus electores para discutir el día a día de una situación económica que el régimen no resolverá por sus incompetencias y contradicciones, no es iluso pensar en obtener óptimos resultados en las elecciones de diciembre de 2015.

La misión de los sectores democráticos debe ser el fortalecimiento de la unidad nacional, porque no es el momento de disputar liderazgos nacionales individuales. Tampoco lo es para estrategias paralelas con fines inalcanzables porque actuar sin sabiduría práctica es un sinsentido, a no ser que el egoísmo por liderar no permita discernir la pragmática de la acción política.

Se habla de hacer coincidir la calle y la política, y es cierto. Pero ambas deben responder a una estrategia de unidad, en la que la denuncia en la calle del desastre económico y social del régimen se haga con base en un pensamiento político coherente, unitario y no espasmódico.

Entre el prudente y el temerario, el primero tiene sentido de la realidad y de la oportunidad, tiene sabiduría práctica; el otro entusiasma al precio de la vida política y física.


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