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jueves, 20 de abril de 2017

Nicolás Maduro, la memoria y los uniformes por @WillyMcKey


Por Willy McKey


¿A usted esta imagen no le recuerda nada reciente más allá del color caqui dominante? A algunos les puede resultar una escena mínima dentro de un recorrido accidentado, pero hoy hubo un quiebre político en eso que llaman “la narrativa” de Nicolás Maduro. Y tuvo lugar durante la celebración del aniversario de la Milicia Nacional Bolivariana de Venezuela.

Es muy probable que el recuerdo que despierta la escena de la fotografía pasara desapercibida si los encargados de las comunicaciones hubieran dejado correr algunos días más. Quizás el asueto de Semana Santa nos hubiese reseteado la memoria, si no fuera por los monigotes de Judas adornados con huevos y vegetales estallados en Domingo de Resurrección. Pero eso no pasó. Hoy parece inevitable pensar en San Félix al ver en televisión a Nicolás Maduro a bordo de un vehículo descapotado y rodeado de gente que avanza a su alrededor.

Ésa es la reminiscencia. El mismo hombre. El mismo tipo de vehículo. El mismo afán mediático de verse acompañado. Todo en la escena es aparentemente igual. Sólo que ahora hay una variante evidente y (muy) controlada: la obediencia obligada por el uniforme.

El calco de la imagen, al menos en la escala comunicacional, puede dar la impresión de que se intenta sustituir un tumulto por otro: como si la imagen del hombre que no es vitoreado por el pueblo deba ser reemplazada por la del líder que, al menos, tiene una milicia.


Se pretende que el chascarrillo de hace unos días sea suplantado por la imagen del político fuerte.

Y aunque el Ministro de la Defensa en su intervención dejó saber que hay una Fuerza Armada Nacional que le jura “lealtad incondicional” al presidente Maduro (dejando a la Constitución para otras partes del discurso), hay que subrayar que en esta imagen no se habla del Ejército.

No son los soldados quienes lo acompañan.

No es la tropa la que llena los ojos del mandatario.

Es otra cosa lo que pretende el encuadre, el framing de este evento.

Los síntomas intentan comunicar que, haya pasado lo que haya pasado durante las últimas semanas en San Félix y en resto el país, hay un pueblo que parece no cuestionar a Nicolás Maduro.

Y da la casualidad de que ese pueblo es un pueblo uniformado, un pueblo en armas.

La suma de factores se agrava cuando el mandatario decide, en los espacios más obvios del discurso, que una frase como ésta sirva de remate:

“Si algún día ustedes ven noticias de que la traición y la ultraderecha han pretendido imponer alguna forma de Golpe de Estado, salgan como el 13 (de abril de 2002) a tomar el poder total de la República”

Las palabras de Nicolás Maduro convocan en la memoria un evento que todos los venezolanos recordamos por un saldo lamentable. Y lo hace justo 48 horas antes de que tenga lugar una manifestación nacional que exige el retorno del Estado de derecho, coordinada por líderes de una oposición política sobre la cual, hace apenas unas horas, difundió unos videos cuyos compromisos con la legalidad y la Constitución no corresponden al tenor del primer mandatario de una nación democrática.

Cuando Nicolás Maduro advierte que Diosdado Cabello y Darío Vivas convocarán a lo que definió como “la más gigantesca marea roja que nunca antes se haya visto en la historia”, su fin discursivo cumple los objetivos de trazar unas coordenadas temibles para cualquiera que recuerde lo que sucedió en 2002. Y además lo hace rodeado de una masa de milicianos que no existía entonces, dando la impresión de que ahora hay más herramientas a favor del Poder, más fuerza.

La fuerza es, hoy por hoy, el único argumento que tiene el Poder para distraer al sujeto político que lo emplaza a cumplir sus obligaciones. Trauma vs. Imaginación.

Todo este framing desplegado por el Poder en la guerra de los símbolos, obliga al liderazgo opositor a hacer algo que posiblemente nunca antes ha logrado con mucho éxito: tener un manejo transparente de las expectativas de la acción del 19 de abril, acompañar el entusiasmo de su militancia y sus simpatizantes y, sobre todo, empezar a imaginar unos espacios de gobernabilidad y hacerlos verosímiles.

El Poder se ha mostrado frágil y exhibe unas fuerzas que, al parecer, son el sustituto del músculo popular.

El Poder sabe que el sujeto político es subsidiario del sujeto que recuerda.

El Poder entiende que ese individuo político que somos no es otra cosa que lo que permite que nuestra memoria sea.

Y la única manera que tiene el sujeto político de emanciparse del yugo del sujeto que recuerda es poder imaginar otro escenario.

Sólo revirtiendo esa fuerza del recuerdo y ofreciéndole una opción de futuro más clara y potente se pueden vencer los miedos de la memoria.

Sólo así podrán convencer al militante de las fuerzas contrarias de que existe una mejor opción que salir a matarnos por un espejismo totalitario, tan decimonónico como esa noción del “poder total de la República”.

Cuando el miedo quiere usarse como un arma en la política, no se usan las amenazas, sino los recuerdos.

Quizás ha llegado el momento de que el liderazgo opositor ya no se limite a mantener la simple promesa de la Unidad y tenga que convertir la Gobernabilidad en el nuevo eje de su coalición.

Tal vez llegó la hora de mostrar sus ganas de ser gobierno y ponernos a imaginar que eso es posible.

17-04-17

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