Nicolás Álvarez de las Asturias 08 de febrero
de 2020
En
este segundo editorial de la serie se considera la iniciativa de Dios en la
oración, que acude al encuentro del hombre y educa su corazón para que pueda
entrar en relación con Él y descubra su condición de hijo amado de Dios.
Los primeros discípulos de Jesús vivían
permanentemente fascinados y sorprendidos por su Maestro: enseñaba con
autoridad, los demonios se le sometían, afirmaba que tenía potestad para
perdonar los pecados, hacía milagros para que no dudaran… Un hombre tan sorprendente
debía encerrar algún misterio. Uno de aquellos días, al alba, cuando están por
comenzar otra agotadora jornada, los discípulos no encuentran a Jesús. Salen de
casa preocupados y recorren la pequeña ciudad de Cafarnaún. Jesús no aparece.
Finalmente, en una ladera que mira al lago, le descubren... ¡orando!
(cfr. Mc 1,35).
El evangelista nos induce a pensar que no lo
entendieron en un primer momento, pero enseguida pudieron comprobar que el
episodio de Cafarnaún no era un hecho aislado. La oración formaba parte de la
vida del Maestro tanto como la predicación, la atención a las necesidades de la
gente o el descanso. Pero, mientras todas esas actividades les resultaban
comprensibles e incluso admirables, aquellos tiempos de silencio les fascinaban,
aunque no los entendían del todo. Solo tras un tiempo junto al Maestro se
atrevieron a pedirle: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus
discípulos» (Lc 11,1).
Non multa…
Conocemos la respuesta de Jesús a esa petición: la
oración del Padrenuestro. Y alguno podría pensar que los discípulos debieron
quedar decepcionados: ¿tan solo esas pocas palabras? ¿Eso es lo que hacía el
Maestro durante largas horas? ¿Repetía siempre lo mismo? Podemos incluso
imaginar que la respuesta de Jesús les debió saber a poco; hubieran deseado que
Jesús siguiera enseñándoles. En ese sentido, el evangelio de san Mateo —a
diferencia del de san Lucas— nos puede iluminar algo más, ya que sitúa la
enseñanza del Padrenuestro en el contexto del Sermón de la Montaña: allí Cristo
había señalado las condiciones principales de la oración, del trato verdadero
con Dios. ¿Cuáles son esas condiciones?
La primera es la rectitud de intención: se
trata de dirigirse a Dios por Dios, no por otros motivos;
desde luego, no hacerlo simplemente para que nos vean, ni para aparentar una
bondad de la que carecemos (cfr. Mt 6,5). Dirigirnos a Dios porque él es un ser
personal, que no debe ser instrumentalizado. Nos ha dado todo lo que poseemos,
existimos por su amor, nos ha hecho hijos suyos, cuida tiernamente de nosotros
y ha entregado su propia vida para salvarnos. Él no merece nuestra atención
solo, ni principalmente, porque puede conseguirnos cosas. La merece… ¡porque es
él! San Juan Pablo II, cuando era aún obispo de Cracovia, lo recordaba a los jóvenes:
«¿Por qué oran todas las personas (cristianos, musulmanes, budistas, paganos)?
¿Por qué oran? ¿Por qué oran incluso los que creen no orar? La respuesta es muy
sencilla. Oro porque hay Dios. Sé que hay Dios. Por eso oro»[1].
La segunda es la confianza: nos dirigimos
a quien es Padre, Abbá. Dios no es un ser lejano, ni mucho menos un
enemigo del hombre, al que habría que tener contento, aplacando su ira o sus
exigencias constantemente. Él es el padre que se preocupa por sus hijos, que
sabe lo que necesitan, que les da lo que más les conviene (cfr. Mt 6,8), que
«tiene sus delicias con ellos» (cfr. Prov 8,31).
Se entiende así mejor la tercera de las condiciones de
la oración, que es la que introduce la revelación del Padrenuestro: no
usar demasiadas palabras (cfr. Mt 6,7). De esa manera
podremos experimentar lo que nos recordaba el papa Francisco: «¡Qué dulce es
estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente
ser ante sus ojos!»[2]. Demasiadas
palabras pueden aturdirnos y desviar nuestra atención. Así, en vez de mirar a
Dios y descansar en su amor, existe el peligro de acabar prisioneros de
nuestras necesidades urgentes, de nuestras angustias o de nuestros proyectos.
Es decir, podemos terminar encerrados, sin que la oración nos abra
verdaderamente a Dios y a su amor transformador.
Hay un adagio
latino, non multa, sed multum[3], que san
Josemaría usaba para referirse al modo de estudiar ya que recuerda la
importancia de no dispersarse en muchas cosas —non multa—, sino de
profundizar en lo esencial —sed multum—. Se trata de un consejo que
sirve también para entender la enseñanza de Jesús sobre la oración. El
Padrenuestro, en su brevedad, no es una lección decepcionante, sino
auténtica revelación del modo en que resulta posible la conexión verdadera
con Dios.
…sed multum
«A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar
como Dios quiere ser amado y muda tu condición»[4]. Estas
palabras de san Juan de la Cruz nos recuerdan que amar significa acompasarse
con el otro, adivinar sus gustos y gozar en satisfacerlos, aprender —a veces
con cierto sufrimiento— que no basta nuestra buena intención, sino que hay que
aprender a acertar.
Y para amar a Dios, ¿cómo conseguiremos acertar? ¿Cómo
sabremos sus gustos? El libro de Job pone de manifiesto aquella dificultad
cuando, al final, humildemente dice: «Yo te preguntaré y tú me instruirás» (Jb 42,4).
Se trata de la misma petición que siglos después dirigieron los discípulos a
Jesús: «Enséñanos a orar». Aprender a rezar no es, pues, primariamente cuestión
de técnica o de método. Ante todo, es apertura a
un Dios que nos ha manifestado su verdadero rostro y que ha abierto para
nosotros la intimidad de su corazón. Solo conociendo lo que anida en el corazón
de Dios podremos orar verdaderamente, podremos amarle como él quiere ser amado.
Y, a la luz de ese conocimiento, mudar la condición de nuestra
oración, aprender a rezar de la mejor manera
El Padrenuestro es, pues, la gran instrucción de Jesús
para que podamos sintonizar con el corazón del Padre. Por eso se ha hablado del
carácter performativo de esta oración: son palabras que
realizan en nosotros aquello que significan, son palabras que nos cambian. No
son meramente frases para repetir: son palabras para educar nuestro corazón,
para enseñarle a latir con los latidos de amor que agradarán a nuestro Padre
del cielo.
Decir Padre y nuestro me
sitúa existencialmente en la relación que configura mi vida. Repetir hágase
tu voluntad me enseña a amar los planes de Dios y recitar perdona
nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden me
ayuda a tener un corazón más misericordioso con los demás. «Las palabras nos
instruyen y nos permiten entender lo que debemos desear y pedir nosotros. Y no
como si con ellas fuésemos a convencer nosotros al Señor para obtener lo que
pedimos»[5]. Recitando
esta oración aprendemos a dirigirnos a Dios poniendo el acento en lo que es
verdaderamente importante.
Meditar las distintas peticiones del Padrenuestro,
quizás con la ayuda de algunos de los grandes comentarios antiguos —el de san
Cipriano o el de santo Tomás[6]— o de otros
más recientes como el del Catecismo de la Iglesia Católica, puede
ser un buen modo de comenzar a renovar nuestra vida de oración y, así, vivir
con mayor intensidad la historia de amor que tiene que ser nuestra vida.
Con palabras inspiradas
Los discípulos, testigos de la oración de Jesús,
vieron también que él se dirigía a su Padre en muchas ocasiones con las
palabras de los salmos. Así lo habría aprendido de su madre y de san José. Los
salmos alimentaron su oración hasta en el momento supremo de su sacrificio en
la cruz: «Elí, Elí, ¿lamma sabachtani?» reza el primer versículo del
salmo 22 en arameo, tal y como lo pronunció Jesús en el momento en que se
consumaba nuestra redención. San Mateo también recoge que en la Última Cena, «cantados
los himnos, salieron hacia el monte de los Olivos» (Mt 26,30). ¿Qué
himnos son esos con los que el mismo Cristo rezaba?
Durante la comida de Pascua, los judíos tomaban cuatro
copas de vino, que representaban las cuatro promesas de bendición de Dios para
su pueblo cuando fueron liberados de Egipto: «Os sacaré», «os libraré», «os
redimiré» y «os tomaré» (Éx 6,6-7). Se bebían en cuatro distintos
momentos durante la cena. Al mismo tiempo, se cantaban los himnos del Hallel,
llamados así porque comenzaban con la palabra «hallel» («aleluya»)[7]. Seguramente Jesús recitó todos lleno de
agradecimiento y alabando a Dios, su Padre, como un verdadero israelita,
consciente del carácter inspirado de estas oraciones, en las que se condensan
tanto la historia de amor de Dios por su pueblo, como las actitudes propias del
corazón del hombre ante un Dios siempre más admirable: la alabanza, la
adoración, la súplica, la petición de perdón…
No resulta extraño, pues, que los primeros cristianos
siguieran este modo de rezar de Jesús, apoyados también en el consejo de san
Pablo: «Llenaos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y
cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones,
dando gracias siempre por todas las cosas a Dios Padre, en el nombre de nuestro
Señor Jesucristo» (Ef 5,19-20). Al igual que las del Padrenuestro,
las palabras de los salmos educaban sus corazones, abriéndolos a una relación
auténtica con Dios. Descubrían, con asombro y agradecimiento, cómo aquellos
versos habían prefigurado siempre la vida de Cristo. Y, sobre todo, comprendían
que su corazón de hombre verdadero era el que mejor había sabido hacer suyas
las alabanzas, peticiones y súplicas que en ellos se contienen. Desde entonces,
«rezándolos en referencia a Cristo y viendo su cumplimiento en Él, los salmos
son elemento esencial y permanente de la oración de su Iglesia. Se adaptan a
los hombres de toda condición y de todo tiempo»[8]. También
nosotros encontraremos en ellos «alimento sólido» (cfr. Hb 5,14)
para nuestra oración.
Y no solo los salmos. A estos se unieron enseguida
distintas composiciones —«himnos y cánticos espirituales»— para alabar al Dios
tres veces santo, que se les había revelado como comunión de personas, Padre,
Hijo y Espíritu. Comenzó así la elaboración de las oraciones que se utilizarían
en la liturgia o que alimentarían la piedad fuera de ella; el propósito era el
de ayudarnos a dirigirnos a Dios con palabras adecuadas, que expresaran nuestra
fe en él. Esas oraciones, fruto del amor de la Iglesia por su Señor, constituyen
también un tesoro en el que podemos educar nuestro corazón. Por eso, escribía
san Josemaría: «Tu oración debe ser litúrgica. —Ojalá te aficiones a recitar
los salmos, y las oraciones del misal, en lugar de oraciones privadas o
particulares»[9].
Bajo el soplo del Espíritu Santo
Todos hemos aprendido estudiando textos escritos. Por
eso podemos entender que las palabras del Padrenuestro, de los salmos o de
otras oraciones de la Iglesia son las que nos han educado en nuestro trato con
Dios, aunque hasta ahora no lo hubiéramos pensado así. Sin embargo, la palabra
de Dios tiene una característica propia: está viva y, por eso, puede aportar
novedades insospechadas. La carta a los Hebreos nos recuerda que «la palabra de
Dios es viva y eficaz, y más cortante que una espada de doble filo: entra hasta
la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y
descubre los sentimientos y pensamientos del corazón» (Hb 4,12).
Por eso, las mismas palabras, consideradas una y otra
vez, no suenan siempre de la misma manera. Algunas veces se abren horizontes
nuevos ante nuestros ojos, sin que sepamos explicar muy bien por qué: es la
acción del Espíritu Santo que habla a nuestro interior. Lo explicaba, con
precisión, san Agustín: «El sonido de nuestras palabras golpea vuestros oídos,
pero el maestro está dentro (…). ¿Queréis una prueba, hermanos? ¿Acaso no
habéis oído todos este sermón? ¡Cuántos no van a salir de aquí sin haber
aprendido nada! En lo que de mí depende, he hablado a todos, pero aquellos a
quienes no habla interiormente la Unción, a los que no enseña interiormente el
Espíritu Santo, regresan con la misma ignorancia»[10].
Se percibe así la estrecha relación entre el Espíritu
Santo, la palabra inspirada y nuestra vida de oración. Con razón la Iglesia lo
invoca como el «Maestro interior», que educa nuestro corazón con las palabras
que el mismo Jesús nos enseñó, haciéndonos descubrir en ellas horizontes
siempre nuevos, para conocer mejor a Dios y así amarle cada día más.
* * *
«María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su
corazón» (Lc 2,19). La oración de nuestra Madre se nutría de su
propia vida y de la meditación asidua de la Palabra de Dios; allí encontraba
luz para ver con más profundidad las cosas que la rodeaban. En su cántico de
alabanza —el Magnificat— percibimos hasta qué punto la Sagrada
Escritura era el alimento constante de su oración. El Magnificat está
entretejido de referencias a los salmos y a otras palabras de la Sagrada
Escritura como el «cántico de Ana» (1Sam 2,1-11) o la visión de
Isaías (Is 29,19-20), entre otros[11]. Con ese
alimento preparaba el Espíritu Santo su sí incondicional a la embajada del
ángel. A ella nos encomendamos para que también nosotros dejemos que la palabra
divina eduque nuestro corazón y nos haga capaces de responder fiat! —¡hágase!
¡quiero!— a tantos planes que Dios tiene para nuestra vida.
[6] Cfr. San Cipriano, La unidad de la
Iglesia, el padrenuestro, a Donato, Ciudad Nueva, Madrid 1991; Santo Tomás
de Aquino, Obras catequéticas. Sobre el credo, Padrenuestro, Avemaría,
decálogo y los siete sacramentos, Ediciones Eunate, Pamplona 1995, pp.
98-128.
[7]El Hallel se compone del pequeño
Hallel, integrado por los salmos 113 (112) a 118 (117), y del gran
Hallel, que es el salmo 136 (135), en el que se repite, en cada versículo,
«porque es eterna su misericordia». Este último es el salmo con el que se
concluye la cena pascual.
[11] Además de los ya citados, también hay
referencias a Habacuc 3,18; Job 12,19-20;
5,11-12 y Salmos 113,7; 136,17-23; 34,2-3; 111,9; 103,1;
89,11; 107,9; 34,10; 98,3; 22,9.
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