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viernes, 24 de marzo de 2017

Hacia la estabilidad por @garciasim


Por Simón García


La mayor inestabilidad del país es obra de una minoría. Aquella que, desde el poder, se niega a realizar elecciones. En contradicción con el 90% del país, que incluye a muchos defensores de un proceso ya desvirtuado, la cúpula gubernamental es el tapón para cualquier clase de solución o desarrollo.

La sociedad democrática tiene que unirse para romper ese dique; exigir la inmediata obligación constitucional de convocar las elecciones de gobernadores. Es una barbaridad volver a diferirlas con el truco de que sólo después que se valide a los partidos, comenzará el CNE a deshojar el cronograma.

Maduro puede aún frenar la degeneración de su gobierno hacia el totalitarismo. No será fácil porque perdió credibilidad. Ningún ofrecimiento que provenga de él es confiable si no está acompañado de una demostración práctica de cumplimiento. Pero tiene la atribución formal para dejar de profundizar la inestabilidad asociada a las crisis que destrozan al país y a su población.

Su gobierno es un frente de guerra, de odio, de división, de represión policial y económica. Un gobierno empeñado en chocar contra la economía y la política. Se propone destruir al mercado y desmantelar la democracia. Una película ya la vimos en la URSS y en Cuba. Y nadie quiere ese final para Venezuela.

Maduro carece de liderazgo de Estado, es un conductor suicida que los primeros que deben ponerse de acuerdo para frenarlo y quitarle el volante son los que están montados en su autobús. Los que estamos afuera tenemos la disposición de evitar el volcamiento.

El gobierno debe abrir un proceso de transición que permita la transferencia progresiva del poder, comenzando con gobernaciones y Alcaldías. Es un clamor que proviene de su propia base de apoyo y que toda la sociedad acompaña. Es una exigencia de gobiernos y organizaciones internacionales. No tiene otra ruta de escape que aceptar que fuera de la Constitución nada.


Ahora la movilización interna debe tomar cauces efectivos, menos desfile y más activación de espacios de resistencia democrática, de encuentro entre quienes tienen visiones de país distintas.

A la oposición le interesa concebir la movilización como organización. No para exhibir fuerza disuasiva sino para votar, para reclamar, para proponer y defender derechos y reivindicaciones de la gente. Los partidos deben orientar la formación de una nueva cultura cívica como motor de una nueva estrategia para los cambios. Sin ciudadanía exigente seguirá imperturbable el pasado y su cultura populista petrolera.

La estabilidad no es inercia. Al contrario, la principal fuente y soporte de la estabilidad es un cambio ordenado. Todavía es posible inducir un desenlace pacífico con participación de polos opuestos. Es la urgencia común, antes que la inestabilidad que impone este gobierno estalle en salidas indeseables.

23-03-17