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martes, 28 de marzo de 2017

¡Odio la teta de mamá! Por @ClaudioNazoa


Por Claudia Nazoa


—¡Por fin llegué!

—¡Hay que darle una nalgada! –gritó el ginecobstetra.

—¡Al que me toque el trasero lo mato! –así que, para evitar problemas, lloré.

Me llamo Ignacio, me fastidia que tías, abuelas, abuelos, amigos y amigas de mamá y papá manoseen y pellizquen mis cachetes. Día y noche, dicen: “¡Ay, qué cocha tan prechocha!” o: “¿Y esa cochita tan linda a quién che pareche?” o cantan la ridícula cancioncita: “¡Atunga que tunga tu…!”. Mis noches las paso atormentado por un móvil de muñequitos que incansable da vueltas sobre mi cuna y del que sale una musiquita insoportable.

No entiendo por qué mamá me da la teta. Si fuera la de otra mujer chévere, pero ¿la de mi mamá? ¡Qué aberración!

Me siento chulo y vago. Mamá me lo hace todo y, en recompensa, le quito el calcio de sus huesos.

La otra es que mamá siempre cree que tengo frío. Ella usa franelas delgaditas y a mí me pone guantes, escarpines, gorros, saquito, medias y cobijitas de lana. En protesta, dejé de comer y me llevaron al pediatra.

—Desvístalo. Móntelo en el peso. Agárrele la cabeza y hálele las piernas que lo voy a medir.


Me sentí como muchacho redondo en báscula de carnicería. Después puso una paleta de helado ¡sin helado! sobre mi lengua y acercó una extraña lucecita que le salía de la frente.

Me volteó y en el trasero me puyó despiadadamente con algo que llamó la triple… Mamá lloró conmigo.

—Vamos a quitarle el pecho –dijo–. Dele esto cada cuatro horas. Si no se lo toma por las buenas, tápele la nariz y empújeselo. Luego comenzaremos con la S26.

¡El tipo era nazi! Iba a quitarme el pecho y luego me aplicaría el plan S26, eso sin contar que me puso el termómetro donde la espalda pierde su nombre.

Me da vergüenza, pero el pediatra revisó todos los huecos de mi cuerpo.

Después supe que la S26 es una leche que sabe a mondongo revuelto con galletas María y sardinas.

Sí. Me la paso sucio y me hago pipí. Pero, cómo no estarlo, si voy de susto en susto: me tiran hacia arriba y me atajan en el aire, la abuela con mal de Parkinson me asoma a la ventana y mamá, en lugar de llevarme a la poceta, me pone pañal. Por eso me pelé todo y ahora me embadurnan con un patuque llamado Crema Cero.

Sí. De noche lloro. Pero, cómo no voy a hacerlo, si papá siempre le dice a mamá: en cuanto se duerma le damos.

¡Ya no aguanto ser bebé! Quiero crecer y convertirme en un bebé verdaderamente feliz, es decir, en un bebe caña.

Ignacio Martucci (4 meses).

27-03-17




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