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miércoles, 12 de abril de 2017

Si el régimen convoca a elecciones regionales por @roca023


Por Roberto Casanova


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Si el régimen convoca a elecciones regionales habremos obtenido nuestra primera victoria en este resurgimiento de nuestra incansable voluntad democrática. Es una razón inequívoca para mantener la presencia en las calles, con el fin de generar el ansiado cambio. El asunto es cómo lograrlo y al respecto nuestras diferencias no son menores. A las pocas horas de Maduro mencionar la idea de elecciones regionales, han surgido fuertes reacciones encontradas entre quienes hemos protestado unidos durante estos días, y es importante que nuestras interpretaciones sobre las implicaciones de esas eventuales elecciones no nos encierren en un falso dilema.

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¿Persigue Maduro, al asomar la idea de las elecciones regionales, que los partidos descuiden la movilización en las calles, defraudando así a los ciudadanos que protestan? ¡Por supuesto! Pero convocarlas significaría una derrota para el oficialismo, pues todo indica que esas elecciones le supondrán la pérdida de importantes cuotas de poder, escenario que han tratado de evadir. Y el costo de seguir reprimiendo un movimiento de protestas que crece y que cuenta con la simpatía de muchos países democráticos puede llegar a ser enorme. El gobierno evalúa, pues, ir a elecciones regionales con, al menos, dos objetivos inmediatos: aparecer ante el mundo como un país democrático y dividir a la oposición. Ello le permitiría minimizar el costo de reprimir e ir a esas elecciones en mejores condiciones. Si aun así perdiese numerosas gobernaciones, podemos prever lo que haría: tratar de convertir esa derrota en una oportunidad, como siempre lo ha hecho. Seguiría arrebatando competencias y recursos a los gobiernos regionales en provecho del llamado Estado comunal y sus espurias autoridades regionales.


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Es posible que varios partidos se planteen la conveniencia de participar en las elecciones regionales y recuperar para la democracia a la mayoría de los Estados. Eso sería algo valioso en sí mismo y la mencionada pretensión del gobierno nacional de anular a los gobiernos regionales se encontraría ante el muro de contención conformado por las tres cuartas partes de los gobernadores del país. Esta posición puede ser discutible, pero tiene un punto fuerte a su favor: es cierto que la oposición no debe dejar de ir a elecciones. De no participar luciría como un sector contradictorio que lucha por elecciones pero que no participa en ellas cuando se abre la oportunidad. Pero ¿no sería también contradictorio participar en elecciones convocadas en el marco de una dictadura? Lo sería solo desde una perspectiva principista pues la experiencia ha mostrado que unas elecciones, por amañadas que estén, pueden ser magníficas “emboscadas” democráticas para enfrentar a una dictadura. ¿No fue acaso eso lo que se logró hace poco más de un año? Por otra parte, aunque no se participase, tales elecciones se realizarían y se entregarían espacios institucionales al gobierno, el cual se daría el lujo de ocuparlos a través de elecciones sin trampas.

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¿Y qué pasaría entonces con Maduro, responsable máximo de la tragedia nacional? Su salida constitucional debe ocurrir mediante su renuncia o mediante una elección presidencial adelantada (que supone una reforma puntual de la Constitución). Su salida puede ser también el resultado del legítimo desconocimiento de su presidencia ante, por ejemplo, graves violaciones a la Constitución. Se sabe que muchos piensan que Maduro ya hizo esto hace rato. El asunto es que el golpe de Estado que ha sido reconocido como tal por innumerables países es el que recién dieron los magistrados de TSJ. Las sentencias que éstos aprobaron son una monstruosidad antidemocrática. Es por eso que hoy podemos exigir, con la comprensión internacional, la destitución y enjuiciamiento de los magistrados. Y no sólo de ellos sino también de quienes, como el Contralor y el Defensor del Pueblo, los han apoyado. Ese no es el caso de Maduro quien, ante la inmediata reacción nacional e internacional generada por la sentencias golpistas, supo ponerse al margen de lo que calificó como un desencuentro entre poderes. Todo lo anterior no significa que sea imposible que Maduro abandone el poder sin elecciones. El camino del desconocimiento a Maduro resulta menos claro, por ahora.

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De cualquier modo, no se puede dejar de protestar. Intercambiar protestas por elecciones regionales sería una nefasta equivocación. Conduciría, de nuevo, a la división de la oposición en varios pedazos: entre “radicales” y “moderados” pero también entre “ciudadanos” y “políticos”. Por eso es fundamental no plantear un dilema entre las elecciones regionales y protestas. Eso es lo que el gobierno pretende. ¿Qué hacer entonces? Pues prepararse para cosechar la primera victoria en este nuevo ciclo de movilización democrática y, al mismo tiempo, continuar movilizados en contra del golpe de Estado y de la crisis nacional y por elecciones. Voto y calle, se ha dicho incontables veces, y hay que repetirlo. Este reto político supone algunas complicadas cuestiones estratégicas y organizativas. En cuanto a lo estratégico, menciono solo que la protesta no debe ser percibida por la gente, equivocadamente, como un tema exclusivamente político. Aquella debe conectarse entonces con las necesidades y expectativas de la mayoría de los venezolanos, víctima del socialismo del siglo XXI.

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En cuanto a lo organizativo, la oposición tiene que reinventarse. En su sentido más amplio, tiene que trascender a la Mesa de la Unidad Democrática. La Mesa tiene que convertirse en parte de algo mayor, de un Movimiento de Unidad Democrática. Debemos pasar de la MUD a el MUD. Este Movimiento debería estar integrado, al menos, por tres instancias, coordinadas entre sí: 1) La Mesa, instancia político-electoral; 2) Un frente de protesta social y, 3) Un sistema de diálogo para crear y promover una estrategia de desarrollo. Si se llegasen a convocar unas elecciones regionales, la división del trabajo que este esquema organizativo supone cobraría importancia. La Mesa debería dedicarse a organizar elecciones primarias y a diseñar la estrategia para participar en esa contienda electoral. Por otra parte, quienes han comenzado a liderar el nuevo ciclo de protestas, con coraje y creatividad, deberán continuar su heroica tarea de organizar y movilizar a miles y miles de ciudadanos.

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No podemos descartar que dentro del régimen se imponga su ala más radical y que las elecciones regionales no sean convocadas. Estaríamos ante un escenario de represión abierta y de cierre democrático total. En ese caso la lucha sería aún más dura pero, sin duda alguna, finalmente victoriosa. La inmensa mayoría que constituye hoy la oposición ha cobrado nueva e inesperada fuerza y, de actuar con inteligencia, derrotará a un régimen cuya vigencia histórica ha terminado.

11-04-17