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miércoles, 6 de julio de 2016

El progresismo ante la crisis del proyecto democrático, por @ysrraelcamero



Ysrrael Camero 05 de julio de 2016

El progresismo se encuentra siempre en diálogo con tres tradiciones políticas distintas que se han venido desarrollando y transformando a lo largo de los últimos dos siglos. Primero, con la liberal, con su defensa de los derechos individuales y su énfasis en la limitación del poder. Segundo, con la tradición socialista, que impulsa la construcción racional de un orden humano más justo e igualitario. Y, finalmente, con la tradición democrática, que coloca en la voluntad de las mayorías el control del poder, para lograr así que cada ser humano tenga el control efectivo sobre su propia vida.


La interacción entre estas tradiciones le dio forma a prácticas y conceptos como los del Estado liberal democrático, el Estado social de derecho, los de la Seguridad social, el Estado de Bienestar, a nociones tan distintas como las de justicia social, socialdemocracia, democracia social, liberalismo social, socialismo de izquierda, etc.

El ámbito de acción espacial de estas prácticas, las cuales representan avances logrados a partir de inmensos procesos de lucha colectiva, de movilizaciones colectivas para transformar la realidad, se ha institucionalizado en el seno de los Estados nacionales.

El mismo proyecto democrático contemporáneo, la democracia realmente existente, se desarrolla dentro de Estados espacialmente determinados, que han sido escenarios fundamentales de las grandes conquistas sociales. Porque ha sido dentro del Estado-nación es donde el funcionamiento del poder ha podido ser democratizado, ha podido ser colocado en manos de los ciudadanos, ha podido ser limitado, encausado y dirigido.

Pero he aquí donde la práctica y el pensamiento progresista debe prestar especial atención. El impacto cultural, social, económico y político de los cambios tecnológicos ha transformado a nuestras sociedades desde su cotidianidad hasta su forma de producir, de organizarse y de construir su sentido de pertenencia.

La superación del Estado-Nación es uno de los factores que está sometiendo a la democracia a unos altos niveles de tensión, el desencanto ciudadano, el déficit de la representación, el crecimiento de opciones antipolíticas y antisistémicas, de fenómenos denominados “populistas” son la expresión epidérmica de una profunda crisis de representación: es el proyecto democrático el que se encuentra en crisis.

Es aquí, pensando desde la reconstrucción de la Venezuela actual, que debemos pensar y actuar las fuerzas progresistas, en diálogo con las tradiciones políticas de las que bebemos, y en diálogo creativo con el mundo que hemos heredado y que es nuestra responsabilidad transformar.

Para hacer vigente los valores progresistas es imprescindible que nos ubiquemos en este reto. Sabiendo que la utopía ultraliberal del Estado mínimo, socialmente ausente, no es compatible con la democracia y con las exigencias concretas de la ciudadanía debemos avanzar en un camino superador, integrador, que permita darle poder efectivo al ciudadano sobre su vida, para que sea efectivamente libre, reivindicando también la capacidad de construir colectivamente un orden liberador e igualitario. He aquí el reto global de las fuerzas progresistas.

Ysrrael Camero

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