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domingo, 12 de marzo de 2017

¿Es posible parar el mal que vivimos?, por @rafluciani



RAFAEL LUCIANI 11 de marzo de 2017
@rafluciani

El mal es una realidad que nos afecta a todos y que se manifiesta a través de nuestras decisiones, acciones y estilos de vida. Aun cuando no nos demos cuenta todos somos vulnerables, de una u otra forma, a los procesos cotidianos de deshumanización que estamos viviendo.

Decía Jacques Maritain, explicando al Aquinate, que las acciones malas presuponen un decaimiento en la voluntad humana. Tienen su origen en «una ausencia de mirada» de la realidad que nos rodea y una parálisis que frena toda posible acción. En otras palabras, surge cuando nuestra voluntad «no se activa, se deshace, se anonada, se hurta». Esta inhabilidad de ver y actuar se agudiza cuando existen sendos procesos de deshumanización que buscan acostumbrarnos a vivir una falsa normalidad cotidiana sin límites ni presupuestos éticos. La Shoá reveló que hay opciones que pueden llevarnos a un punto de no retorno si dejamos adormecer nuestras conciencias y apaciguamos nuestras voluntades para entregamos al reino de la indiferencia.

Generalmente, a la pregunta sobre el mal humano padecido, se le une la del rol de Dios en ello: ¿por qué Dios lo permitió? Lo más usual es creer en un Dios retributivo que permite el mal como prueba de fe y crecimiento. Sin embargo, esto es algo absurdo, al menos desde lo que nos revela la vida de Jesús de Nazaret. Dios no es causa del mal y tampoco lo permite. Ante la pregunta ¿dónde está Dios cuando alguien padece el mal?, Elie Wiesel responde: «tres cuellos fueron introducidos en tres lazos. ‘Viva la libertad’, gritaron los adultos. Pero el niño no dijo nada. ¿Dónde está Dios?, preguntó uno detrás de mí. Las tres sillas cayeron al suelo. Nosotros desfilamos por delante. Los dos hombres ya no vivían, pero la tercera cuerda aún se movía. El niño era más leve y todavía vivía. Detrás de mí oí que el mismo hombre preguntaba: ¿dónde está Dios ahora? Y dentro de mí oí una voz que me respondía: ‘ahí está, colgado de la horca’». El mal también afecta a Dios.

¿Cómo aceptar esto? Hans Jonas sostiene que «si a pesar del mal se quiere mantener la fe en Dios, entonces sólo queda la eliminación de alguno de sus atributos clásicos: o bien la omnipotencia, o bien la bondad suprema». Jesús nunca habló de un Dios todopoderoso, sino de uno bondadoso y compasivo. El problema es que en muchos contextos culturales el imaginario religioso dominante se empeña en la imagen de un Dios omnipotente que actúa con razones ocultas y permite ciertos hechos trágicos en razón de un bien mayor. Sin embargo, para Jesús, Dios hace lo que los poderosos no hacen: toma postura a favor de todas las víctimas y rechaza a los victimarios e indolentes. Cabe, pues, hacernos primero la pregunta sobre la imagen que tenemos de Dios: ¿es la que nos enseñaron de pequeños? ¿Un Dios sin rostro? ¿Selectivo?

El rabino Hugo Gryn contaba que «en los campamentos de concentración había descubierto a Dios, pero No el Dios de mi juventud. A ése lo perdí en los crematorios de Auschwitz cuando no hizo nada. Pero luego, cuando pude ver con claridad las distintas experiencias, entonces lo redescubrí. Y cuando miro retrospectivamente a mis experiencias y sufrimientos, y veo que aún estoy vivo, no me queda nada más a quien respetar en este mundo, sino a Dios».

La pregunta por el mal nos ha de ayudar a discernir nuestras propias responsabilidades a lo largo del tiempo que hemos vivido, pensando que siempre hay posibilidad de cambiar la dirección que hemos querido dar a nuestras vidas. Es lo que los cristianos llamamos la «conversión».

Rafael Luciani
Doctor en Teología
rlteologiahoy@gmail.com
@rafluciani