Por Arnaldo Esté
Las primeras reuniones
muestran, por parte del gobierno, un empeño, ya fracasado, de mantener el país
dividido y enfrentado. En lenguaje pobre y jaquetón, de menguadas palabras,
desafían y amenazan. Se espera que no lleguen hasta allí los recursos de
quienes quieren sobrevivir con la llamada a rectificar. No es cuestión de
fidelidad a símbolos, es tema para creatividad y trabajo. Rodearse de imágenes
no implica el trasvase de sus cualidades, pero la historia está llena de
guerras en nombre de símbolos.
No fue ni será nada fácil
evitar esas confrontaciones y concentrarse en la reconstrucción, colocando en
prioridad la atención a los más graves problemas de alimentación, seguridad y
estabilidad. Apartar la soberbia al afrontar al gobierno con claridad y medida
de la propia fuerza y para propiciar la reclamada unidad de la nación.
A los partidarios del
gobierno, por su parte y si es que piensan conservar sus fuerzas, también les
conviene buscar el entendimiento. Más allá de ese lenguaje de amenazas y
juramentos, lo que irá a la memoria de la gente para futuros eventos será la
solución o no de sus graves problemas. Recursos escasos y esfuerzos compartidos
en áreas necesariamente comunes serán temas para sentarse y acordar.
No es que se perdieran estos
16 años. Algo se ha aprendido. Tal vez la viejísima lección de que hay que
ahorrar para los tiempos de escasez y tal vez la otra de que es complejo eso de
cultivar la miseria dándole limosnas.
Un “millón” de viviendas, unas
universidades apresuradas, unos médicos importados, becas y pensiones. ¿Ha sido
eso el socialismo del siglo XXI? No solo los ahorros gastados de una inmensa
renta sino también la importación de todo, la producción de nada, los salarios
esfumados en la inflación.
¿Y el hombre nuevo? ¿Acaso
resultó, como buen mendigo, malagradecido? ¿Cuánto tiempo hubieran necesitado
para algún cambio de conciencia, si en 16 solo queda el recuerdo de una
eternidad evanecida?
Un país destrozado y un
conservatismo abonado. No sé toda la historia, pero creo que nunca fueron las
ideas regresivas tan fuertemente abonadas, y tal pareciera que muchos descubren
que “todo tiempo pasado fue mejor”.
Así que, caído el eterno y su
legado, nos queda este país destrozado. Hay que acopiar fuerzas y no solo como
número sino como estado de ánimo, de valores, de confianza en nosotros, de
condición ética.
Así que el entendimiento, el
diálogo, la unificación del país es mucho más que un manejo político –que
también podría serlo– es un propósito y un requisito. Más allá de las
malacrianzas, de poco estilo y menor seso, no hay que caer en ese juego. Es
mantener la iniciativa y obligarlos a hablar.
La crisis se profundizará a
diario, los anaqueles de los mercados mostrarán desfiles, interminables y sin
marcha, de refrescos y botellas, y nuestra molestia nos hará pensar desesperos.
El gobierno también sentirá eso y pensará en sentarse, más allá de sus temores
e inseguridades, tratando de complacer con retórica radical a sus ultras y, al
mismo tiempo, remendar su fracasada economía. ¡Habrá que buscarle la vuelta!
El cambio de gobierno tomará
meses o más tiempo, pero mientras tanto la crisis convocará locuras y los
gendarmes se pondrán nerviosos.
Tenemos que hacer que la
democracia se realice como creación, trabajo y producción.
12-01-16

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