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miércoles, 8 de marzo de 2017

La hora de Betancourt por @marinojgonzalez


Por Marino J. González R.


Hace pocas semanas se conmemoró el nacimiento de Rómulo Betancourt, ocurrido en Guatire en 1908. Han transcurrido 109 años de esa fecha. La influencia de Betancourt en la sociedad venezolana ha sido amplia y profunda. Su vida fue marcada siempre por la polémica, y muchas veces, por la pugnacidad. Su liderazgo ha despertado siempre apoyos y rechazos, muchas veces fanatismos y rivalidades. Con el paso del tiempo, muchos de sus acérrimos opositores han moderado los juicios. Como toda figura de gran presencia, su vida seguirá despertando interés y nuevas perspectivas.

Betancourt siempre recalcó la importancia que había tenido en su vida la creación de Acción Democrática. Entendía que el acceso al gobierno requería partidos diferentes a los conocidos en Venezuela a principios del siglo XX. Y dedicó gran parte de su actividad entre 1928 y 1941, dentro y fuera del país, a pensar a fondo lo que significaba un partido moderno en la Venezuela post-gomecista. Y esa fue la cita a la que acudió el 13 de septiembre de 1941. Ese día apareció en la vida pública del país el partido Acción Democrática. Ha debido ser un día de especial emoción para Betancourt. En aquella fecha pronunció lo que puede considerarse un modelo de discurso político. Hasta el punto que todavía hoy puede ser referencia para aquellos que aspiren gobernar a Venezuela.

Lo primero que llama la atención del discurso es la preparación. Para ese momento Betancourt tenía 33 años, pero había vivido una vida muy intensa. Desde los sucesos del Carnaval de 1928, su actividad había sido incesante, especialmente marcada por el exilio y la formación en la lucha política. En ese discurso, Betancourt comienza diciendo que le embarga la emoción, “emoción de quien soñó con esta hora, y la esperó sin impaciencia, seguro de que habría de sonar”. Se puede imaginar a Betancourt ensayando cada día esas palabras, a lo largo de catorce años, seguro de que en su momento las iba a pronunciar. Ha debido ensayar cada cadencia, cada gesto. Fue construyendo en su pensamiento el orden y el contenido de esas palabras. Ese discurso lo construyó en cada sentencia, en cada imagen.


El segundo aspecto llamativo es el tema del discurso. Betancourt explicó las líneas fundamentales de la política económica que proponía Acción Democrática. Puede decirse que esas tesis fueron iniciadas en las lecturas realizadas y en las clases que tuvo que dictar para formar sindicalistas y otros líderes en el exilio. También se nutrieron de su experiencia como columnista, muchas veces en la clandestinidad. Betancourt muestra en el discurso que había depurado esas tesis, que las había confrontado y discutido. Pero es indudable que su expresión reflejaba la construcción de una perspectiva colectiva, en la que él había tenido una figuración estelar. Un resumen de esa tesis se puede apreciar cuando señala: “nuestro país, económica y físicamente, está girando alrededor de una sola fuente de riqueza: el petróleo; y los gobiernos venezolanos no han sabido, hasta ahora, imprimirle un ritmo agresivo, dinámico a las otras fuentes de producción”.  Todo un argumento en Venezuela después de 75 años.

En tercer lugar, Betancourt expresa su convicción de que llevar adelante esas tesis requería un partido con programa, dedicado a construir en la realidad esos contenidos. Betancourt expresa la convicción de que “este Partido (AD) ha nacido para hacer historia. Nace armado de un Programa que interpreta las necesidades del pueblo, de la nación, de un programa realista, venezolano, extraído del análisis desvelado de nuestros problemas”. Esta relación entre problemas y políticas no era la tradición para la época. Muchas veces las propuestas de programas en la primera parte del siglo XX eran más bien enunciados generales, poco vinculados con las específicas condiciones de vida de los venezolanos.
Quizás lo más novedoso de ese discurso fue condensar en imágenes la visión que Betancourt tenía del futuro deseable. Señala, por ejemplo: “Imagino la escena, que sucederá dentro de cincuenta años en una población agraria de los Andes, forjada al arrimo de una potente planta hidroeléctrica, en una población donde en vez de los garajes para autos de lujo que se multiplican en Caracas, habrá garajes para tractores; o bien, en una ciudad industrial de la Gran Sabana, construida en la vecindad de las chimeneas de los altos hornos, donde obreros venezolanos estén transformando en materia prima para las fábricas venezolanas de máquinas esos miles millones de toneladas de hierro que en sus entrañas guarda, hoy inexplotadas, la Sierra del Imataca”. Betancourt se atreve a imaginar el país que podría existir cincuenta años después, muy consciente de que para alcanzarlo habría que tomar decisiones complejas.

Visto a la distancia de tres cuartos de siglo, este discurso de Betancourt ofrece lecciones relevantes para los liderazgos políticos de la Venezuela del siglo XXI. Se requieren liderazgos formados, con conocimiento de los problemas de los venezolanos, fundamentados en la cercanía con las dificultades prácticas, y diestros en el manejo de aspectos técnicos. También es fundamental que los liderazgos vinculen de manera permanente que las ofertas programáticas deben estar orientadas a la solución de problemas públicos. Finalmente, los líderes deben ofrecer una visión del futuro, deben atreverse a soñar con fundamentos y transmitir posibilidades, deben enunciar el país que deberíamos tener en cincuenta años. Con su discurso de ese día, Betancourt demostró que una cosa es hablar generalidades en un mítin político, y otra muy distinta es haber elaborado las ideas para gobernar un país.

08-03-17