Thaelman Urgelles 09 de diciembre de 2015
@TUrgelles
Tomo prestado el título de la
magnífica película de Andrzej Wajda para encabezar esta reflexión inicial sobre
el terremoto político protagonizado el domingo por mis compatriotas. Resulta
pertinente, dadas las características que tuvo esta nueva carga de las fuerzas
democratizadoras contra la muralla minuciosamente erigida desde el poder para
impedir que se cumpliera la extendida y profunda voluntad de cambio de los
venezolanos. Y también porque los extraordinarios resultados de este domingo
nos muestran un panorama mucho más despejado que en las vísperas, de cara a las
complejas tareas que nos esperan para proseguir el desmontaje del andamiaje
totalitario impuesto sobre este sufrido país. Le hemos abierto un buen boquete
a la muralla totalitaria, pero ella sigue ahí y sus defensores se apresuran a
parapetar la tronera para impedir que por allí se cuelen las avanzadas
democráticas. Acudiendo a Goethe, hemos de celebrar el arribo a esta descomunal
meta sin olvidar que ella es apenas un paso.
Lo primero es recordar cómo se llegó
a esta victoria. Resulta imprescindible hacerlo, porque nos deja una enseñanza
urgente de asimilar y porque estoy seguro que algunos no están dispuestos a
asumirla. Me refiero a la ruta pacífica y electoral, una perspectiva que unos
pocos dirigentes políticos y opinadores mantuvimos elevada, aun en los momentos
más carismáticos y mediáticos de la vía insurreccional y ante los más feroces
denuestos y descalificaciones. No abundaré en ello porque no es hora de hurgar
en las propias heridas, pero es menester dejar constancia de que el primer y
mayor logro de este 6-D es el despeje definitivo de un sendero para alcanzar la
Venezuela que soñamos: ningún otro que la construcción de una contundente
mayoría social para el cambio, capaz de resolver por sí misma, con medios
pacíficos y constitucionales, la intrincada ecuación que la historia puso en
nuestro camino, sin esperar la intercesión milagrosa de ninguna instancia
militar o potencia extranjera.
Este domingo nuestros compatriotas
enterraron con toneladas de votos el debate que desde hace 17 años mantuvo a la
oposición en un desgastador ida y vuelta entre dos propuestas: acumular fuerzas
mediante la captación de una importante franja del apoyo popular que mantuvo al
régimen, o conducir los vehementes anhelos de cambio de una minoría hacia la
protesta masiva, de calle, también por cierto constitucional, que al cabo
produjese lntervención decisiva del único sector (todos sabemos cuál es) que
cuenta con los medios para producir un desenlace. Quizá para algunos el debate
no ha quedado saldado, pero a partir de ahora insistirían en una soledad poco
aconsejable.
En segundo lugar, es necesario
caracterizar el mensaje de esa franja de seguidores del proyecto chavista que
finalmente cambió su voto en esta elección para invertir dramáticamente la
correlación de fuerzas. ¿Cuán definitivo es ese cambio de posición… es
puramente electoral o se podrá expresar en otras esferas de la acción pública?
¿Es sólo un transitorio “voto castigo”, concepto que comienza a proliferar en
los análisis, o es una conclusión definitiva de esos compatriotas acerca del
fracaso y la inviabilidad de origen del proyecto socialista? Las respuestas a
estas preguntas son fundamentales para elaborar los próximos pasos de la
alianza por el cambio.
El llamado “voto castigo” es un
concepto casi de Perogrullo. Todo voto que se emite tiene una porción de
castigo hacia alguna de las alternativas que compiten, como también de
recompensa hacia la otra, en una amalgama más compleja con otros componentes,
tanto emotivos como racionales. Cuánto de uno y otra hay en cada sufragio es
algo que varía en la mente de cada elector. Así, en una elección se puede
hablar de dos extremos polares que fundamentan sus votos en la recompensa hacia
la oferta política o ideológica a la que están sólidamemente afiliados y otra
–a menudo más amplia- que hace oscilar sus preferencias entre una y otra, bien
para castigar el desempeño de alguna de ellas en el pasado reciente o para ver
cumplida las promesas que le han sido presentadas por las otras. Son los que un
buen amigo denomina atinadamente “votos golondrina”.
Definir como un provisorio “voto
castigo” a la totalidad de los sufragios recibidos por la alianza democrática sobre
su votación habitual es por lo menos una mezquindad, cuando no una opinión de
interesado sesgo partidista. Si bien hay una buena porción de ellos con ese
motivo, no tengo dudas de que hay también un buen número de electores chavistas
que han abandonado la fe en el llamado socialista y comienzan a abrazar con
prudencia la oferta progresista y democrática de la MUD. A ambos grupos de
compatriotas –los castigadores y los esperanzados- tiene que satisfacer
prontamente la enorme fracción parlamentaria de la Unidad para incorporarlos a
la corriente del cambio, no sólo como votantes episódicos sino como ciudadanos
activos en cada exigencia de las que el futuro inmediato nos depara.
Por cierto, este rescate de confianza
tienen que hacerlo la MUD y sus dirigentes respecto de una capa apreciable de
su propio electorado, influenciada en demasía por el discurso antipartidista,
mesiánico y apocalíptico que ha privado en los últimos tiempos. El mismo que
dio lugar a Chávez y que hoy se repite en busca de otro Juan Charrasqeado que
nos resuelva el problema de modo expedito. A esos compatriotas que votaron “con
un pañuelo en la nariz” hay que convencerlos con hechos de que vale la pena la
política ejercida por políticos, con los valores de la paz, la legalidad, el diálogo
y el consenso. Mucho más si a esa dirigencia política se han incorporado
decenas de prometedores parlamentarios muy jóvenes y de todos los partidos,
quienes aportarán un saludable aire fresco a nuestra política pero tienen mucho
que aprender de la gente experimentada como Ramos Allup o Barboza, de edad
intermedia como Borges, Marquina, Márquez y Delsa, o jóvenes ya curtidos como
Guevara, Pizarro y Stalin.
¿Cuáles son los temas que impulsaron
a millones de antiguos votantes de Chávez a deslindarse de sus herederos? Estoy
seguro que no son los mismos que nos preocupan a las consecuentes vanguardias
opositoras, en su mayoría temas políticos, morales y hasta filosóficos. Esos
compatriotas se le voltearon al PSUV principalmente por el fracaso de la
gestión económica del gobierno y por su incapacidad para garantizarles
seguridad pública y un sistema de salud medianamente digno. Para fortalecer el
vínculo con esos sectores, la agenda socio-económica deberá ser la prioridad de
la bancada democrática en el próximo parlamento, como acertadamente marcó
Capriles en su estupenda rueda de prensa del lunes 7. Sin, por supuesto, dejar
de atender desde el primer día los temas políticos propios de nuestra agenda:
ley de amnistía para nuestros presos y exiliados, libertad de expresión,
defensa de los medios y periodistas… y todo lo que esté a la alcance de la
Asamblea Nacional para corregir los desafueros cometidos en estos años e
impedir los nuevos.
En mucho dependerá del gobierno el
estilo de oposición que asumirán la MUD y los parlamentarios democráticos en la
AN. Si Maduro termina de digerir la derrota y se dispone a interactuar con
transparencia con la nueva Asamblea, tendría una gran oportunidad de relanzar
su menguado gobierno y prorrogar por un tiempo su presencia en él. Si, por
ejemplo, llama a dialogar a los nuevos parlamentarios con un ánimo sincero, muy
distinto que los shows de “diálogo” por él montados en el pasado, Maduro podría
compartir con la oposición el costo político de las urgentes medidas para
corregir el despeñadero en que se encuentra la economía nacional. Sería muy
difícil para la MUD negar su consenso legislativo para algunas de esas medidas,
si ellas se dirigen en la dirección correcta que la misma oposición ha venido
señalando. Y por supuesto sin participar en su aplicación, porque ello
corresponde netamente al poder ejecutivo.
Pero si Maduro, como seguramente está
siendo aconsejado por los sectores más radicales de su entorno y más allá de su
retórica de los primeros días post-electorales, se dedica a cumplir sus
amenazas de “profundizar la revolución”, vaciando de contenido las atribuciones
de la nueva AN y aprobando relancinas leyes habilitantes con la moribunda
mayoría que detenta hoy, no quedará otro camino que acudir a los mecanismos
constitucionales y a la voluntad ciudadana para acortar su mandato a la mayor
brevedad permitida por la Constitución y las leyes. A ese respecto, opino que
toda decisión de este tipo debe apelar a los mecanismos de la consulta popular.
Lo digo porque luego del 6-D se observó un excesivo interés en que la fracción
de la MUD alcanzase la cifra mágica de 112 diputados, con lo cual tendrá un
amplio abanico de opciones parlamentarias para ejecutar acciones políticas,
algunas francamente determinantes para cambiar la estructura del poder
nacional.
Ante quienes sueñan con una asamblea
que se dedique a censurar al vicepresidente, a jaquear al gobierno en todas sus
acciones… en fin, a tumbar al gobierno desde el poder legislativo, opino que
acciones de ese orden enajenarían prontamente la adhesión obtenida desde el
sector antaño partidario del régimen. Porque violarían gravemente el compromiso
contraído con sus electores, los propios y los prestados, que no es otro que
promover, a mediano plazo, un cambio de poder pacífico y ordenado, y en lo
inmediato presionar al ejecutivo para que adopte las políticas que se requieren
para superar la crisis.
Si se diera la necesidad, antes
sugerida, de adelantar el reemplazo constitucional del gobierno por la negativa
de este de adoptar las correcciones que pide la población, me parece que esto
debe ejecutarse por una vía que apele a la decisión de todos los ciudadanos y
no por acciones de la Asamblea Nacional. Me refiero específicamente a la
convocatoria, mediante firmas del 25% de los electores registrados, del
Referendo Revocatorio establecido en la Constitución. Toda otra acción de orden
legislativo se parecería a la descocada declaración de independencia de
Cataluña, aprobada con los votos de una mayoría simple en un parlamento transitorio.
Para que los efectos de tal acto sean sólidos en el tiempo histórico y el
espacio político, sólo el pueblo que eligió debe revocar al elegido y no un
hemiciclo de 112 manos alzadas.
Por esa circunstancia, no me lancé al
piso por el diputado 112 y casi estuve tentado de desear que no lo
consiguiéramos. Así nos habríamos evitado la tentación de muchos de pedirle
locuras a esa mayoría descomunal y a acusarla de colaboracionista, cómplice y
cobarde de no acceder a sus caprichos.
Me quedan dos puntos, que expondré
muy brevemente. El primero es el sentimiento de extendido agradecimiento que se
ha expresado en las redes por la correcta conducta del general Padrino López y
el alto militar la noche del domingo. Al margen de las leyendas urbanas sobre
sacadas de pistola a medianoche, todos vimos y escuchamos a la cúpula militar
completa dando un respaldo a los hechos ocurridos durante el día, con lo cual
se avalaba el resultado de las urnas y se negaba apoyo castrense a cualquier
arrebatón que pudiera estar siendo planeado. Sin duda, la institución militar
cumplió dignamente con su deber. Corresponde tomar nota de ello para saber a
qué atenernos en un tema de capital importancia para cualquier crisis futura.
Pero pienso que no hay nada que agradecer, mucho menos con el tono adulatorio y
disminuido que se escucha en un infeliz audio que circula por ahí. En la
Venezuela que nace el sector militar deberá tener un lugar indiscutido y
respetado, pero ello no lo exime de las numerosas explicaciones que le debe a
una sociedad que ha sido humillada, saqueada y empobrecida con su concurso
protagónico.
El otro punto es el de la unidad
opositora. Ello amerita un artículo exclusivo pero no puedo dejar de
mencionarlo grosso modo, porque es una de las consecuencias inmediatas de lo
ocurrido el domingo y hay factores que presionarán sin remedio la cohesión de
la alianza: la perspectiva de fin de gobierno mostrada por esta elección abre,
inevitablemente, una puja por el liderazgo opositor. Entre líderes y entre sus
partidos. Y concretamente entre dos de ellos: Henrique Capriles y Leopoldo
López. Es necesario que la nueva Asamblea, con nuestro apoyo multitudinario,
saque pronto de la cárcel a Leopoldo, para que él disponga de todos los
espacios para ejercer su liderazgo y legítima aspiración. Y para que ese debate
se concentre en conceptos e ideas antes que en factores emocionales.
No voy a caer en la ingenuidad de
pedirles a esas personas hechas y derechas que se abstengan de hacer algo para
lo cual se han formado y preparado largamente: procurar la máxima posición del
poder nacional. De esta circunstancia sólo podemos esperar reglas claras para
la competencia entre liderazgos y partidos. Y corresponde a la MUD establecer
tales reglas; el vigoroso prestigio institucional recibido por ella tras el
triunfo se lo permitirá. Por favor, no se priven de hacerlo.
En fin, resumiré todo esto en lo que
el lunes mismo puse como portada de Facebook:
“¡Gracias Unidad, y cero aventuras!”

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