DEMETRIO BOERSNER 10 DE DICIEMBRE 2015
Ha
terminado lo que para muchos venezolanos fue un calvario de frustraciones y
humillaciones de diecisiete años de duración. La arrolladora gesta por la
libertad realizada por nuestro bravo pueblo el día 6 de diciembre debe marcar
el inicio de un cambio irreversible hacia el restablecimiento de una plena
democracia política y de un sistema económico funcional. Ese cambio
reconciliará a la nación dividida y obligará aún a los más dogmáticos a matizar
sus planteamientos y practicar el arte de la convivencia tolerante.
Después
de diecisiete años de frustraciones y humillaciones, volvemos a sentir una
inmensa felicidad y orgullo de ser venezolanos. Damos gracias al bravo pueblo
que tan mayoritariamente demostró su clara conciencia cívica, su coraje, su
espíritu de unidad y su vocación por la civilizada acción no violenta. También
damos gracias a la Fuerza Armada Nacional que, por boca de su vocero máximo,
manifestó su irrevocable respaldo a la Constitución. El discurso del general
Padrino López derribó barreras de desconfianza entre la sociedad civil y la
FANB y demostró que realmente conforman un solo pueblo.
Cuando
se instale la nueva Asamblea Nacional, ella deberá emprender dos magnas tareas
de igual urgencia. Una de ellas es la eliminación de prácticas y mecanismos
autoritarios y abusivos, y el lanzamiento de un pleno retorno a la
constitucionalidad republicana y la vigencia de los derechos humanos. En este orden de ideas, sin duda una amnistía
para los detenidos políticos o por motivos de conciencia constituye la primera
prioridad.
Sin
embargo, igual urgencia reviste la puesta en práctica de un plan inmediato para
aliviar la situación de emergencia socioeconómica –desabastecimiento, carestía,
desocupación y parálisis productiva– que angustia y atormenta a las mayorías
populares y ha sido factor clave en su decisión de votar en contra del régimen.
Por ello, es necesario que se abra una gran negociación nacional no solo entre
los poderes Ejecutivo y Legislativo, sino también entre los tres actores
indispensables de una economía de mercado de carácter mixto: el Estado, el
empresariado privado y la clase trabajadora organizada. La unificación
cambiaria, la liberalización de los procesos de producción e intercambio y el
establecimiento de claras reglas de juego entre los sectores público y privado,
así como entre el capital y el trabajo, serán iniciativas imprescindibles y
urgentes. Como en otros países del mundo, socialistas, socialdemócratas,
socialcristianos y neoliberales deberán buscar vías de transacción, impuestas
por insoslayables necesidades objetivas.
Para
que la democratización y la reconstrucción económica tengan éxito, es imprescindible la preservación y
consolidación de la encomiable unidad que la oposición democrática ha logrado
mantener durante su campaña, y que la ha conducido a la victoria electoral. El
mayor peligro que nos acecha de ahora en adelante –y sería imperdonable que
sucumbiésemos ante él– es el de la ruptura de la unidad por motivo de bastardas
apetencias de poder personal o de pueriles sectarismos. La Concertación
democrática chilena, que se mantuvo intacta y funcional durante un período de
22 años después de la crisis de la dictadura pinochetista, así como, evidentemente,
el Pacto de Puntofijo en nuestro propio pasado histórico, pueden servirnos de
luminosos ejemplos en ese sentido.

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