Miguel Méndez Rodulfo 12 de diciembre de 2015
Los
que adversamos frontalmente a este régimen esperamos largamente para vivir un
momento histórico como en que se materializó la madrugada del 7 de diciembre.
La sensación de victoria rotunda, más allá de los mejores pronósticos, la
reducción del chavismo a una flagrante minoría, que ahora 5 días después, por
el efecto “arrimarse al ganador” les debe haber mermado por lo menos 10 puntos
más, nos llenó de un júbilo indescriptible, de una sensación de libertad. Fue
como si de pronto hubiésemos salido de una celda opresiva, que nos llenaba de
angustia y de desesperanza. Haber roto ese claustro no es sino un hito en
nuestras vidas. Pero por otra parte, que Maduro, Cabello, Jaua, Bernal, hayan
desaparecido del fervor popular, que se hayan convertido en unas figuras
fantasmagóricas, unas momias del pasado
que arrastran penosamente su deseo de venganza que tildan al pueblo que
antes los apoyó de traidores, por supuesto que nos parece justo que la historia
los condene al olvido y las masas populares les den la espalda.
La
arenga de Maduro, reprochándole al pueblo que votó por los malos, que cometió
un error, que votaron contra ellos mismos, será recordado en los anales
políticos como el mejor ejemplo de lo que un dirigente no debe hacer nunca. Con
ese discurso el inquilino de Miraflores cavó su propia tumba política. Si antes
fue considerado un submarino para hundir las posibilidades de los candidatos
del Psuv, ahora se ganó la distinción de “taladro de una plataforma marina”.
Por cierto que en ese discurso televisado Nicolás se traicionó a sí mismo: en
un momento determinado dijo que la oposición había ofrecido acabar con las colas
para comprar alimentos, si votaban por los candidatos de la MUD. A
continuación, sentenció que no lo lograrían. Esto constituyó un autogol, porque
según la prédica gubernamental la guerra económica era responsabilidad única de
la oposición y los factores que la apoyaban; luego entonces, se supone que al
ganar el control de la asamblea habiendo hecho tal promesa, las colas debían
acabarse. El caso es que Maduro al asegurar que las colas seguirían, está
reconociendo que la oposición no es culpable de ellas e implícitamente sugiere
que el causante de este mal es el propio gobierno.
La
estrategia desde ahora debe ser de no confrontación, de apertura al diálogo, de
formular propuestas que contribuyan a solucionar los problemas de la gente:
abastecimiento de alimentos, medicinas, repuestos, insumos y materias primas;
control progresivo de la inflación, unificación gradual del tipo de cambio,
derogación de Ley de Precios Justos (que no hecho otra cosa que propiciar la
escasez y subir los precios), flexibilización de la LOT, derogar la Ley de
Tierras y las leyes de arrendamiento. Importa mucho que desde la oposición
logremos transmitir un mensaje de búsqueda de consensos, de otorgamiento de
prioridad a contribuir a la mejora de los problemas que hoy agobian a los venezolanos,
muchos de los cuales están asociados a la pésima gestión de los servicios
públicos.
No
importa cuánto rechace el gobierno el diálogo y nuestras iniciativas, debemos
mantenernos dentro de la estrategia trazada, para que el pueblo nos perciba como
la parte inteligente, que trabajar en pro del país, eludiendo el peine de
querellarse con un régimen intransigente y moribundo, cuya única estrategia
sigue siendo la confrontación, como si eso fuera algo válido en la Venezuela de
hoy. Esta actitud provocadora del régimen no hará sino agravar las cosas ya de
por sí muy comprometidas y lo que puede ocurrir es que acontecimientos
inesperados impidan que este gobierno pueda seguir en el poder, ya no por causa
de la oposición, sino por la mera culpa de Maduro y Diosdado empecinados en no
rectificar el rumbo desastroso que lleva Venezuela y que se manifestó en el
enorme rechazo electoral a ese modelo chavo-comunista.
Caracas
11/12/2015


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