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domingo, 25 de junio de 2017

Discernir el pecado estructural, por @rafluciani



RAFAEL LUCIANI 24 de junio de 2017
@rafluciani

La Compañía de Jesús en Venezuela, a través de la editorial de la revista SIC, ha calificado la situación del país como un «pecado estructural». Los jesuitas sostienen que «estamos ante un sistema que niega las mínimas condiciones de vida a la población» por lo que «desde nuestra fe, cabe señalar este hecho de “pecado estructural”».

Según la teología moral, el pecado estructural no siempre se da bajo la forma de actos atroces y notorios. Éste responde a ambientes en los que la normalidad cotidiana va aceptando como soportable el hecho de tener que vivir en condiciones inhumanas que niegan toda posibilidad de tener posibilidades. No es un pecado que afecta a individualidades solamente, como puede ser el pecado personal, sino un pecado que permea a la sociedad, a los modos de vivir y pensar, y es capaz de convertir a las propias víctimas en victimarios. Es estructural porque anida e instala a la antifraternidad y el antagonismo continuo como un modo normal de relacionarnos, incluso considerando a la muerte del otro como parte de esa misma normalidad. Aunque no parezca tan evidente esto vale para quienes justificaron las cruzadas con el fin de preservar el régimen de cristiandad, o quienes entregaron sus vidas a grupos terroristas como Isis, incluso quienes absolutizan los sistemas políticos y económicos de derecha o de izquierda. Como recuerda el Papa Francisco, se da con «la imposición de la idea o ideología sobre la persona humana y su dignidad».

Los escolásticos solían decir que el mal se comete siempre sub specie boni, sub aspectu boni, es decir, por el bien que realmente contiene o parece. Sin embargo, muchas personas creen que para obrar mal hace falta querer hacer el mal, lo que se llama sub specie mali. He aquí el grave error para poder discernir moralmente el pecado, pues éste no sólo es personal, sino que también es estructural, y no siempre es conciente o querido, sino que también se da bajo formas establecidas de actuación irracional e inhumana que se ven como necesarias y se justifican a toda costa con el fin de defender posiciones vistas como absolutas.

El término pecado estructural fue acuñado por el emblemático documento de Medellín en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en 1968. Es un término que ha inspirado a la teología de la liberación para denunciar la existencia de estructuras y modos de operar de las instituciones que hacen imposible el desarrollo de una vida digna y de bienestar, porque generan un empobrecimiento generalizado. En este sentido se entiende que nuestro país esté viviendo un pecado estructural que nos está deshumanizando y hundiendo en la locura de la irracionalidad que no permite crear puentes ni dialogar, cerrando así cualquier alternativa que busque el bien común. Precisamente porque el pecado estructural es, en el fondo, la negación absoluta de todo bien común posible, de todo diálogo y encuentro entre las partes en función del bien de las mayorías, que son más que las partes políticas en conflicto.

A este tipo de pecado no se le frena con la violencia, porque ésta sólo genera más violencia y afianza aquellas condiciones que lo han producido. La única manera de pararlo es convirtiéndonos, cambiando, retomando nuestra capacidad de dolencia humana para colocarnos desde el lado de las víctimas y a favor de ellas. En nuestro caso, del hambriento o el que no cuenta con sus medicamentos para preservar su salud. Es un problema moral que nos define como seres humanos, más que político partidista.

Doctor en Teología
rlteologiahoy@gmail.com
@rafluciani