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lunes, 23 de octubre de 2017

15 de octubre: verdades y mentiras por @AngelOropeza182


Por Ángel Oropeza


Los resultados del pasado 15 de octubre han generado una amplia gama de interpretaciones y creencias que intentan satisfacer la necesidad de las personas de darles alguna explicación. Y esto es así porque mientras en la mayoría de los países las elecciones culminan arrojando certezas y aclarando dudas, en Venezuela el 15-O terminó generando más incertidumbre y oscuridad. Lo cierto es que un adecuado diagnóstico de lo ocurrido arroja tanto verdades como mitos.

La primera verdad es que ese día se materializó un proceso fraudulento sin precedentes en los últimos 60 años en el país. Además de las violaciones previas de la ley, la jornada del 15-O estuvo plagada de una larga lista de fechorías, que incluyen casi la totalidad de las modalidades delictivas electorales que se pueden llevar a cabo. Así, por ejemplo, más de 1 millón de electores vieron impedido u obstaculizado su derecho al voto por máquinas dañadas o por mesas que no abrieron; más de 700.000 fueron reubicados de manera ilegal, y casi 400.000 fueron víctimas de amedrentamiento o violencia por parte de miembros del oficialismo.

Todo esto sin contar la todavía incalculable cantidad de votos múltiples (facilitado, además, por la eliminación intencional de la tinta indeleble), el chantaje a empleados públicos y beneficiarios de programas sociales obligándolos a votar con el “acompañamiento” de dirigentes del PSUV, o la violencia contra testigos de la Mesa de la Unidad Democrática, muchos de los cuales fueron forzados a abandonar sus centros, centros donde “misteriosamente” el oficialismo terminaba la jornada con las votaciones más altas de su historia. Un cálculo preliminar ubica en casi tres millones y medio el universo de electores potencialmente afectados por este rosario de delitos.


Frente a esto, la Mesa de la Unidad Democrática ha exigido la realización de una auditoría total del proceso, pero hecha por organismos internacionales reconocidos, para poder responsablemente reconocer lo que haya que reconocer y exigir las repeticiones donde haya que realizarlas. Es una auditoría que no puede limitarse, como plantea cínicamente el gobierno, a comparar el contenido de las cajas con las actas. Porque en algunos casos, como el del estado Bolívar, el problema sí es de adulteración de actas. Pero en otros, la modalidad delictiva fue diferente. El voto supervisado, el amedrentamiento y la violencia, o los votos chantaje con el carnet de la patria, no aparecen en las actas.

El problema es el proceso fraudulento. En ningún juzgado del mundo se acepta como válida una confesión realizada bajo coacción o tortura, y no se discute si la firma de la confesión pertenece en verdad o no a la persona. El problema no es la firma de la confesión, sino cómo se obtuvo. Aquí nuestro problema no es de actas, sino de la violación de las garantías y del respeto a la ley.

Así como es verdad la naturaleza fraudulenta del proceso, no lo es la explicación simplista de que el supuesto triunfo del gobierno se deba a la abstención de la población opositora. La abstención del 15-O, más que causa, es la consecuencia de un proceso diseñado para que la gente no votara. Así, por ejemplo, de los 230.000 movilizados de manera ilegal en el estado Miranda, solo pudo votar 20%. Asumir que el resto simplemente “se abstuvo”, es hacer una abstracción indebida de la cantidad de obstáculos que antes y durante el proceso se diseñaron, precisamente, para torpedear la participación de los electores.

Otra de las mentiras tiene que ver con la presumible “ingenuidad” al participar en el proceso. Desde el principio, la Mesa de la Unidad denunció cada una de las violaciones de la ley que caracterizaban la elección. Pero, sabiendo que el objetivo del gobierno era “lavarse la cara” a fin de intentar disminuir la presión internacional en su contra, asistimos al proceso convencidos de que no podíamos permitir que el régimen se legitimara de esa manera. Decidimos entonces enfrentarlo en un terreno electoral, que sabíamos por supuesto difícil, buscando lograr dos cosas: o bien erosionarlo y quitarle poder al poder a través de la obtención de nuevos espacios para la lucha democrática o, en caso contrario, obligarlo a deslegitimarse aún más ante el mundo al desnudar su acción electoral delictiva.

Como consecuencia de lo segundo, el régimen no pudo salirse con la suya, y hoy la comunidad internacional a la cual quería impactar con su supuesta cara democrática, desconoce los resultados de su amañado proceso y se apresta, subsiguientemente, a reforzar las presiones sobre él. Hay que recordar que develar el verdadero rostro del opresor para deslegitimarlo es uno de los objetivos de la lucha no violenta.

La gran tragedia del 15-O es que el gobierno dinamitó la salida electoral. Y nuestra lucha principal ahora es restablecerla. Pero para que haya una salida electoral, tiene que haber un cambio en las condiciones que garanticen que se cumpla la ley. Y esto es urgente y crucial, porque la crisis económica no hará otra cosa que agudizarse, haciendo cada vez más grave e insoportable la presión social. El nuestro es un país que sufre, que pasa hambre y que grita cambio desde todos sus rincones. Nuestro reto es que esa demanda de cambio se realice por la vía electoral, que es la única que garantiza una transición pacífica y viable. Si esa vía se tranca como lo logró el régimen el 15-O, si se obstaculiza definitivamente la salida electoral, la presión de cambio –que no va a cesar– puede verse tentada a tomar otros rumbos, no siempre deseables ni efectivos.

Nos esperan tiempos duros. A falta de pueblo, el régimen seguirá apostando por la represión y la violencia, en todas sus formas. Maduro y sus demás violadores de la Constitución van a tratar de hacer lo que sea para vengarse de un pueblo que los aborrece. Con lo cual no harán otra cosa que darnos más razones y fuerza para alimentar nuestra lucha. Porque por más trampas y violencia que ejerza, el régimen sabe que es inútil. Intentar detener a un pueblo cuando se decide a cambiar es como detener un tsunami con la mano. Simplemente no se puede.

23-10-17