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miércoles, 25 de enero de 2017

La democracia, un camino de dos siglos por @thstraka


Por Tomás Straka


La república conmemora el cincuenta y nueve aniversario del 23 de enero en estado de gravedad. Hoy, cuando muchos venezolanos se acuestan sin comer y otros sólo pueden hacerlo tras escarbar en la basura; cuando cada día muere alguien por la violencia o por la falta de medicinas, la significación de aquella jornada adquiere una estatura distinta ante los retos que tenemos en frente y que definirán el destino de nuestra patria.  ¿Qué importancia tiene hablar del 23 de enero para aquellos conciudadanos que en este momento están haciendo cola para comprar pan o van de romería por las farmacias buscando un medicamento? ¿Qué utilidad tiene esta sesión para la madre que a esta hora piensa, con tristeza, en la cena que debe y a lo mejor no puede preparar para sus hijos?  ¿Para los abuelos que sólo pueden disfrutar a sus nietos vía Skype? La historia nunca ha sido un regodeo de erudición.  Por lo menos no cuando se hace en instancias como la presente. Cuando los representantes del pueblo solicitan el concurso de quien por vocación y oficio se dedica a la indagación de la sociedad a través del tiempo, subrayan el compromiso de esta disciplina con la sociedad; sus potencialidades para hacer a las mujeres y los hombres más libres, en el sentido de ayudarlos a ser más conscientes de su responsabilidad y a tomar las riendas de su propio destino.

Pues bien, esa responsabilidad y esa asunción de las riendas tiene mucho que ver con la democracia y en especial con lo ocurrido el 23 de enero de 1958.  En aquella fecha confluyeron muchas de nuestros más altos valores y luchas más sentidas y prolongadas.  Por eso escrutarla es confrontarnos con nosotros mismos; vernos en el espejo de lo que hemos sido, de lo que hemos hecho, en cuanto nación, con nuestras vidas.  De nuestros éxitos más sonoros, pero también de nuestras fallas, que no han sido pocas, que debemos asumir como adultos y remediarlas antes de que sea demasiado tarde.

Ilustres parlamentarios:

Hace cincuenta y nueve años los venezolanos sentamos un hito fundamental en la construcción de nuestra ciudadanía.  Entonces recuperamos, unida la sociedad en un gran frente como probablemente no lo habíamos tenido nunca, la soberanía conculcada por un grupo negado a respetar la voluntad popular.  Ese día se hicieron efectivos los pilares de nuestro pensamiento democrático, proclamados -aunque lamentablemente cumplidos de forma muy limitada hasta entonces- un siglo antes, en 1859, cuando Juan Crisóstomo Falcón afirmó que en las repúblicas los poderes sociales corresponden a las mayorías y que por eso la causa de nuestros males de entonces era que “el pueblo quiere, y no lo dejan elegir”.  A partir de 1958 ese sueño democrático se hizo real: al pueblo se le dejó elegir y las leyes fueron producto de los acuerdos refrendados por las mayorías.


Tal vez, apreciados representantes, cause sorpresa que me haya remontado hasta tan lejos como la Guerra Federal para marcar el significado del 23 de enero.  Pero lo hago con el objetivo de resaltar el alcance histórico de tres aspectos especialmente importantes para los venezolanos que hoy navegan en la adversidad: primero, que en su esencia la lucha contra los despotismos ha sido una constante; una que en grados mayores o menores, se mantuvo incluso en los setenta años de autocracias caudillistas que vivimos entre la Guerra Federal y la aurora liberalizadora de 1936; una lucha que adquirió forma definitiva en la década siguiente y que supo resistir y finalmente triunfar durante la dictadura que gobernó de 1948 a 1958.  Segundo,  que la mayorías venezolanas han hablado muchas veces en la historia y que cuando lo hacen de forma contundente, han sabido hacerse oír; y que, tercero, en ese largo camino, a pesar de sus retrocesos, hemos logrado triunfar.  Que incluso en sus trechos más oscuros ha sido posible hallar una luz para guiarnos y avanzar.   Con su venia, permítanme girar un poco en torno a esas tres ideas.

Los dos senderos de una larga marcha

Comencemos con lo que el historiador Germán Carrera Damas  ha llamado, jugando un poco con las palabras,  la “larga marcha hacia la democracia”.  No se trata, legisladores, de una tautología.  No habla Carrera Damas de esos movimientos indefectibles del destino en que soñaron los historicistas del siglo antepasado.  Se refiere a la decisión decisión asumida tanto por las elites políticas e intelectuales como por las mayorías del pueblo, cada una a su modo, y empujada ya por dos siglos.  De modo que la democracia no es un resultado necesario, sino el producto de un esfuerzo decidido, con éxitos grandes y pequeños, así como también con fracasos y retrocesos importantes: pero un esfuerzo al que no hemos renunciado.

La cita de la Proclama de Palmasola nos dice, indistintamente de lo que en lo inmediato postergó por décadas aquellas promesas, que la democracia venezolana no es flor de un día.  Tampoco que fue un producto del azar u otro prodigio del cielo.   No tenemos una democracia sub specie aeternatis.  Hay unos valores hondamente enraizados y unas circunstancias históricamente definidas que han permitido, según los tiempos, irlos realizando.    Y como tales es necesario advertir que no están libres de fisuras, de desvíos, de tentaciones autoritarias o prácticas personalistas.  Decirlo es necesario para estar alertas.   Lo importante es que el balance se inclina hacia la búsqueda de la democracia y la libertad.

El triunfo de los federales en aquella guerra se coronó con el Decreto de Garantías, que entre otras cosas abolía la pena de muerte y prometía ayuda del Estado a los venezolanos en desgracia ya en 1864; que consagraba las grandes libertades individuales, la económica muy especialmente; y que después condujo a una constitución que consagró el voto universal (entonces aún sólo de los varones) y la autonomía de los Estados.  Muy pronto la realidad dio al traste con aquello y Venezuela fue, si vale la palabra, des-democratizándoase en las siguientes décadas, hasta llegar al gomecismo.  Pero la semilla estaba sembrada.  De hecho, lo estaba de mucho antes, ya que esas ideas básicas de representatividad, elecciones y libertades individuales, fueron las directrices del proyecto con el que los Padres de la Patria fundaron la república; y al menos en los discursos y las leyes, no se abandonó nunca.  No es un dato irrelevante que ni siquiera nuestros peores tiranos se atrevieron a negar la santidad de estos principios.

El reglamento electoral de 1810, con base en el cual se eligió el Congreso que proclamó la independencia, demuestra que desde el principio el destino de la república ha sido concebido en manos de la representación popular libremente elegida. Aquel reglamento establecía la representatividad moderna, esa de la que Ustedes, ilustres parlamentarios, son expresión; es decir, la que ejercen los ciudadanos libremente a través del voto.  Nuestra república, entonces, nació de un acto electoral, pues los diputados salidos de aquellas primeras elecciones de 1810 fueron los que la fundaron un año después. Hablar, entonces, del ensayo democrático de 1864 es hablar de una tradición larga,  como lo es hablar del ensayo de 1946 a 1948; una tradición que se corona en 1958 y que pese a las adversidades y enormes amenazas, sigue vigente como guía de nuestras luchas.

Dos efemérides a celebrarse en este año, nos dan cuenta de las dos grandes vertientes de esta tradición democrática; son dos bicentenarios que no deben pasar inadvertidos: el de uno de los libros fundamentales de nuestro pensamiento, El triunfo de la Libertad sobre el despotismo, escrito por el jurista, teólogo y repúblico Juan Germán Roscio (por cierto redactor de aquel primer reglamento electoral); y el natalicio de Ezequiel Zamora.  La hora actual, los usos de la historia oficial por las distintas banderías, parecerían ponerlos contrapuestos.  Hay, sin duda, diferencias importantes entre el intelectual que reflexiona sobre la libertad individual del hombre y colectiva de los pueblos con la Biblia en las manos; y el jefe guerrillero que incendió medio país con proclamas de igualdad.  Son dos caminos distintos, pero no por eso contradictorios.  Para los efectos de nuestra vida republicana las dos caras de la misma moneda.   Roscio nos habla de una tradición republicana que desde el estudio y la deliberación reflexionó y ha ido construyendo construir la libertad.  Zamora, de los reclamos de las masas que querían hacer para todos los beneficios de los hombres y mujeres libres.  Hablamos de los ex esclavos y ex manumisos, de los peones sin tierras, atados a las haciendas de sus patrones por deudas, que anhelaban tener la propiedad sobre una parcela que producir, poder calzarse y acaso aprender a leer y escribir. El pueblo quería elegir, en efecto, pero porque sospechaba –y sospechaba bien− que la libertad que triunfa sobre el despotismo es la condición indispensable para vivir mejor. No sabemos qué proponía Zamora para lograrlo, pero sí qué intentaron hombres como Falcón, con sus recursos y circunstancias.  Hacer de la república y sus instituciones un lugar para la realización de las mayorías, fue la bandera del Partido Liberal.  No siempre honró la promesa, acaso por las dificultades objetivas para lograrlo.  Durante el largo período de autocracias que va de 1870 a 1935, se consideró a la democracia un ideal inalcanzable hasta que las circunstancias no cambiaran.  A lo sumo el cesarismo se creyó posible.  Un césar “democrático” que sirviera de equilibrio entre las aspiraciones populares encarnadas por quienes siguieron a Zamora y la legalidad y libertad soñadas por los Roscio.  Que atara el potro de los reclamos populares mientras poco a poco se edificaba la república.

Cuando la opción cesarista parecía más consolidada, en la década de 1930, un grupo los hombres y mujeres se encargaron de desmentirla.  Para ellos, la libertad y la legalidad no son la antítesis de los reclamos de las mayorías; sino justo lo contrario: la libertad y la legalidad son por el contrario los requisitos indispensables para la efectiva igualdad.  Nuevas circunstancias nacionales y planetarias favorecieron el cambio; pero en el momento auroral de 1928 se trató básicamente de una semilla sembrada desde hacía tiempo, que brotó en la rendijas de una lápida que se creía inquebrantable.

Por supuesto, hubo muchas vertientes entre aquellos hombres y mujeres.  Unos creyeron con honestidad que una revolución como la que había sacudido a Rusia podría hacernos libres y felices. La mayor parte de ellos fue patriota y luchó con denuedo, haciendo aportes a la nación que no pueden soslayarse.  Otros buscaron un camino propio, inspirados en formas diversas de socialismo, de nacionalismo y de la doctrina social de la Iglesia.  Pero para 1936 pocos ponían en duda que una democracia entendida como un régimen de libertades, sostenido en la soberanía popular y promotor del bienestar social, era el camino del país.  La apuesta era que aquellos “Juan Bimbas” que una vez siguieron a Zamora, encontraran eco a sus esperanzas y angustias en las morigeradas formas republicanas pensadas por Roscio y los otros repúblicos de su estirpe.  Para que, como en el famoso cartel electoral de 1946, Juan Bimba cambiara el chopo por la tarjeta de votación.   Uno de los grupos, el liderado por Rómulo Betancourt, incluso desarrolló la teoría propia de la revolución democrática, que básicamente se resumía en la construcción de un régimen de libertades más el acceso a la tierra, al crédito, a la educación y a la salud para todos.   Betancourt, lector como pocos de la historia de Venezuela, planteó de esa manera la conjunción de los dos grandes senderos de la democracia a la venezolana.

Pues bien, ese es el ideal centenario que se recuperó en 1958.  Habían pasado diez años, entre 1948 y aquella fecha, en lo que se impuso de nuevo la postergación de la democracia en tanto que un despotismo pusiera las condiciones para hacerla posible. Acoquinada la principio por una serie de golpes, por la bonanza de petrodólares (que en realidad no llegaba a todos) y la represión, la sociedad resistió, primero callada y tímidamente, después cada vez con mayor altivez.  En cuanto pudo, contra todos los pronósticos, retomó lo que había venido siendo su corriente profunda fundamental.   Esa es la tradición que, ajustándola al tiempo y las circunstancia, nos confronta hoy.  Las libertades que han de triunfar sobre el despotismo, y que al mismo tiempo les garanticen el pan a las mayorías que tienen hambre y cada vez más desesperación.  Representantes del pueblo: esa es la misión que hoy nos concierne a todos.

Una construcción colectiva

Después de cuarenta años de notables triunfos, en ocasión similar a la que hoy nos congrega, Luis Castro Leiva clamó en 1998 por lo que presagiaba como el fin de libertades conquistadas con mucho esfuerzo.  Se trata de un hecho que no podemos eludir. Varias veces el camino de la democracia se ha encontrado ante grandes disyuntivas.  Para cuando Castro Leiva hablaba en este hemiciclo, estaba ante una de ellas.  En 1998, después de dos décadas de empobrecimiento económico e institucional, lo que hemos llamado la tradición de Roscio, es decir, la búsqueda deun sistema de libertades que supere al despotismo, se había desencontrado, en las cabezas y los corazones de muchos ciudadanos, de esa otra tradición, la popular de búsqueda del bienestar, alguna vez encarnada en Zamora.  No en vano la promesa de una revolución que demoliera lo existente logró erigirse como una promesa en el horizonte.   Lo que ha pasado desde entonces es una historia que está en desarrollo y cuyo balance aún es difícil de hacer.  No obstante, se pueden esbozar ya algunas conclusiones: la primera es que, pese al desencanto con el régimen en 1998, la democracia en sí misma, en su sentido venezolano, no se puso en cuestión.  Y no sólo eso: tanto antes de 1998 como después de esa fecha, ese 80% de los venezolanos que según todos los estudios prefieren la democracia a cualquier otro sistema, la asociaban esencialmente a dos de sus aspectos, no poco relevantes, el hecho de que el poder legítimo proviene de la voluntad de las mayorías expresadas a través del voto; y que ese poder debe encargarse de fomentar el bienestar.  El día de hoy, sabemos de los costos que aquello implicó en medio de las duras circunstancias en que estamos, hay estudios demuestran un cambio que, de sostenerse, podría ser relevante: cada vez más entienden que la voluntad de las mayorías y la búsqueda del bienestar no son sostenibles sin un régimen de legalidad y libertades que las garanticen.  Por supuesto, estamos lejos de que sea una convicción extendida sin fisuras.  La desesperación es una muy peligrosa para la democracia; pero es una variable que empieza a despuntar.

Lo segundo nos lleva directamente a la fecha que nos congrega, el 23 de enero de 1958.  Por buena parte de las últimas dos décadas, la sociedad venezolana estuvo polarizada en dos sectores aparentemente irreconciliables.  Cuando se indagaba sobre lo que identificaban como los principales problemas del país, había notables consensos en muchos aspectos; pero cuando se preguntaba por sus soluciones, las diferencias se profundizaban.  Esa polarización en gran medida se ha revertido el día de hoy.  Chavistas y opositores han encontrado en las adversidades el sentido de su destino común.  La inflación y la escasez no hace distingos. Por eso una mayoría muy amplia clama por transformaciones que la saque de los males en que se encuentra.   Es un reto de primer nivel para Ustedes, representantes de ese pueblo que hoy como nunca “ama, sufre y espera”; representantes de las dos tendencias que, ojalá, cada una desde su visión del mundo logre hacer propuestas constructivas para la sociedad.

Estimados parlamentarios:

El 23 de enero fue un triunfo colectivo.  Esa es la lección fundamental ante este desafío que hoy nos concierne.  Cuando la sociedad en su conjunto en se rebeló contra la dictadura y en un clima de unión se encaminó hacia la democracia, marcó una pauta que aún resuena entre nosotros. Y cuando hablamos de conjunto, de eso que entonces se llamó “el espíritu del 23”, lo hacemos en el sentido más amplio de la palabra.  Ahí estaban casi todos.

Los comunistas, que tanta sangre derramaron en la Resistencia, junto a los adecos, compañeros fundamentales en la lucha; la Iglesia y los sindicatos; los empresarios y los intelectuales; los socialcristianos y los militares.  El espíritu del 23 de enero fue la cuna del espíritu de Puntofijo y de un sistema definido por los consensos.  Hubo, claro, después algunas rupturas en ese consenso, como lo demostró la experiencia de las guerrillas, y después hubo abusos en el mismo, que demasiadas veces impidieron la autocrítica y el efectivo equilibrio de los poderes; pero en general el 90% de los venezolanos lo refrendaron en los votos, garantizando cuatro décadas esencialmente definidas por la paz y la libertad.   Esto quiere decir que la democracia no sólo es producto de un proceso histórico centenario; sino que fue también el resultado de una labor colectiva, que en 1958 fue rescatada entre todos y que el día de hoy, cuando las coincidencias ante la situación del país y sus soluciones son tan importantes, debe ser vivificada y reformulada entre todos.
Repito: nunca como ahora la búsqueda de amplios consensos ha sido tan necesaria.  Y nunca como ahora ha habido tantas coincidencias para hacerlo.

Contra la desesperanza

Además, el 23 de enero también nos recuerda otra cosa: cuando la mayoría trabaja en conjunto y decide empujar líneas históricas de gran calado, puede triunfar a pesar de las adversidades.

Para noviembre de 1957 la dictadura parecía consolidada sin remedio. 

Incapaz de ganar las elecciones, había desconocido los resultados cinco años antes y ahora apelaba a un subterfugio legal para evitarlas, sustituyéndolas como un plebiscito amañado.  Su triunfo, predecible, se insertaba además en un continente donde campeaban las dictaduras sin contrapesos importantes.  ¿Por qué la venezolana, que además gozaba de notables recursos económicos, no podría salirse con la suya?

Sin embargo al cerrársele el paso a un pueblo que entonces, como antes, “quiere elegir”, se obturó una válvula que finalmente estalló.  Tímidamente los estudiantes, echaron a andar una bola de nieve que pronto fue una avalancha, en la que participaron todos.  En menos de un mes otro gobierno encaminaba el país hacia unas elecciones libres.  Nadie hubiera pensado eso en las horas de aparente resignación que siguieron al plebiscito del 57.  Nadie, tampoco, de cara a los alzamientos, conspiraciones con financiamiento internacional y la crisis económica que hubo de enfrentar, pensaría que el gobierno emanado de aquellos comicios podría llegar a su final, en 1964, logrando el prodigio, por primera vez en nuestra historia, de la entrega de un presidente civil electo democráticamente a otro surgido por los mismos procedimientos.  El pueblo que en conjunto recuperó la democracia se propuso de igual manera defenderla.  Salió a la calle cuando con tanques se quiso derrocarla.  Y fue a las urnas cuando el terrorismo quiso amedrentarlo.  Entendió en medio de aquella crisis que la austeridad era una medicina amarga, pero necesaria.  Superó diferencias con oponentes políticos para garantizar la unidad.  Y llevó a otro civil democráticamente elegido al poder.  El esfuerzo valió la pena: fue el inició de más de dos décadas de mejoras continuas de los indicadores sociales y, más allá de los lunares, algunos graves, que los hubo, de consolidación de un régimen de libertades, respetuoso de los Derechos Humanos.

Poco antes, en la presentación de su último informe al Congreso, Rómulo Betancourt, artífice clave de aquella revolución democrática, dijo:

“Los sueños y los sacrificios de tantas generaciones, impar la de 1810, ya dio sus frutos en la buena vendimia de la civilidad y la democracia.  Ya en nuestro país los gobernantes no se autoerigen, sino que el pueblo les otorga un mandato con la cédula del voto.  Ya en nuestro país el gobernante no realiza acciones de fraude o violencia para perpetuarse en el poder, sino que lo transfiere, en la fecha que la ley fundamental fijó, a quien legítimamente había de sucederlo, porque el pueblo lo invistió con la dignidad y la responsabilidad de la Presidencia de la República.”

La civilidad y la democracia aspirados desde 1810 es lo que se conquista, o se termina de conquistar, en 1958.  Es lo que logra en conjunto la sociedad.  Y es lo que hoy pujamos por mantener y mejorar.  Si lo hacemos con la suficiente entrega, valentía y buen juicio, lo podremos lograr porque los venezolanos hemos demostrado ser capaces de grandes realizaciones.  Esa es la lección de la historia nos ofrece del 23 de enero y es la que hoy, ciudadanos congresantes, les he querido compartir.  Sigamos adelante, que es un deber hacerlo y será un honor lograrlo.

24-01-17




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