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viernes, 20 de enero de 2017

No lo tumben por favor, @SolMorilloB




Por Soledad Morillo Belloso, 13/01/2017

Por lo que más quieran, no lo tumben. No lo saquen a medianoche en pijama para montarlo en un avión y sacarlo del país. Nada de emborracharlo y encerrarlo en un baño. Tampoco le desvíen el avión cuando venga de regreso de un viaje. No serviría para nada y haría mucho daño.

La salida de este desastre va a ser electoral. No se sabe cuándo, ni cómo. Ni si esos comicios serán hasta de una nueva Miss Venezuela. Sabemos que esta situación no se soporta más. Que esto no es un simple momento de vacas flacas. Esto es una hecatombe del sistema. Y sólo el sistema puede generar anticuerpos para luchar contra un régimen que se convirtió en una calamidad pública.

Estamos en presencia de una guerra de tronos. Ya la etapa de juego ha sido superada. Y en esta guerra hay reyes, príncipes que esperan heredar, duques, condes, marqueses. Y mucho pueblo. Hay salas de guerra en varios palacios y, claro está, en oficinas, bancos internacionales, empresas y cuarteles. Este conflicto no será bélico; es una guerra fría, pero de mucha intensidad. Seguramente habrá algunos disparos con armas de fuego, pero el verdadero enfrentamiento no será con explosivos. Este tipo de guerra usa otras armas, por cierto mucho más peligrosas.

El régimen le declaró la guerra a la Constitución. Y también  a la Asamblea Nacional, a la República, al sistema democrático, a la Iglesia católica, a las universidades, a los empresarios, a los partidos políticos, al pueblo. También a los organismos internacionales, a los intelectuales mundiales, a vecinos. Y en cuanto alguien del Poder Ciudadano, el TSJ, el CNE y los uniformados, tenga el coraje de revirar, también le caerá encima este decreto de guerra a muerte escrito sobre el aire pero al cual los jerarcas le otorgan total validez como si tuviera sello legal.

Comienzan a aterrizar en Maiquetía los mediadores. Llegan con poca o ninguna esperanza. Saben que son escasas, casi nulas, las posibilidades de negociación exitosa con un régimen que habla cruzando los dedos tras la espalda, que miente sin que se le sonroje la calva a Jorge Rodríguez o al Presidente se le despeine el bigote. Pero vienen como para sentar el precedente, para que no se diga que no lo intentaron; algunos quizás para justificar los emolumentos recibidos y cerrar algunos negocios muy convenientes. Esas reuniones, que ocurrirán con tirios y troyanos, serán un saludo a la bandera. Negociar es un arte que requiere dignidad y un mínimo de franqueza. Una negociación sería y sensata no puede prosperar montada sobre una hoguera de falsedades o con una pistola en la frente.

La situación se pondrá mucho peor. En todo sentido y aspecto. Económicamente, financieramente, socialmente, políticamente. Mucho se advirtió que los problemas que no se atienden con inteligencia y diligencia tienden impepinablemente a agravarse. Pero la ceguera y sordera se impuso. Y la lujuria del poder que está tatuado en el ADN de este régimen. Y así estamos. Una economía enferma de desgracia, de negligencia, de maluquerías de trashumantes y traficantes. Una sociedad víctima de un Estado cooptado por un régimen que de los gruesos errores y violaciones  pasó a los monumentales horrores y pecados.

Los historiadores, a saber los curucuteadores del pasado, tratan de decirnos que de ésta, aunque nos cueste creerlo, también saldremos. Y así será. Entretanto, bueno, no lo tumben, por favor. Que tanto sufrimiento tiene que tener un final medianamente feliz, votando, como debe ser, como siempre debe ser.


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