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martes, 21 de febrero de 2017

Sofía Imber: “Lo que estamos viviendo no tiene nombre, pero sí culpables” por @diegoarroyogil


Por Diego Arroyo Gil


Entrevista del 19-04-2016

Parece implacable, y quizá lo sea, pero en el fondo lo que hay en ella, de veras, es la necesidad de no quebrarse, de mantenerse en pie. Lo dijo ya una vez y nadie le creyó: “Yo no soy fuerte. Yo soy débil”. Es Sofía Imber, y esta semana recibe un homenaje en Miami a cargo del Pérez Art Museum, asentado en esa ciudad. A propósito de ello, en Runrun.es decidimos hacerle una entrevista, pero una entrevista del tipo que ha cultivado con merecido éxito nuestro colega Jolger Rodríguez, en el diario El Nacional: una entrevista ping-pong, un toma y dame de preguntas y respuestas rápidas, breves, inmediatas. A quemarropa. Además incluimos, al final, un fragmento de La señora Imber. Genio y figura, un libro que está por aparecer con el sello de la editorial Planeta y en el cual Sofía cuenta, como nunca antes, toda su vida. ¡Habrá sorpresas!

–Lo primero que quiero aclarar –dice– es que estoy harta de hablar de mí. No entiendo a qué se debe que me busquen tanto.

–El personaje despierta mucha curiosidad.

–No me explico por qué, si soy de lo más normal.

–Tanto como “de lo más normal” no será. De usted se dicen grandes cosas.

–Es verdad. Buenas y malas.

–¿Qué es lo mejor que se ha dicho sobre Sofía Imber?

–Que soy una gran trabajadora, lo cual es enteramente cierto.

–¿Y lo peor?

–No tengo memoria para esas cosas. Como no soy de guardar rencores, me olvido con rapidez de frases que pudieron haber sido dichas con la intención de herir.

–¿Ningún rencor, ni hacia Chávez?

–¿Vas a empavar la entrevista mencionando a ese sujeto?

–Y usted, ¿no ha herido?

–Desde luego que sí, y también he sabido disculparme.


–Tenía fama de agresiva como entrevistadora.

–No era tanto agresividad como exigencia de precisión. Si hacía una pregunta, esperaba que el entrevistado me la respondiera. Siempre me ha chocado mucho que la gente se vaya por las ramas. Me gustan las personas directas y que van al grano.

–En otras oportunidades ha contado que se levantaba a un cuarto para las 5:00 de la mañana y se iba a la cama a medianoche. Trabajaba como una fiera: en la televisión, en el Museo de Arte Contemporáneo, en El Universal, en la radio. Todo eso el mismo día. ¿Qué la motivaba?

–La necesidad de hacer bien las cosas, el deseo de perfección, aunque la perfección es inalcanzable.

–¿Nunca nada le quedó perfecto?

–Siempre todo puede quedar mejor que como quedó.

–Pero eso es una tortura. ¿Quién puede vivir así?

–No es una tortura. Es un pensamiento que obliga a ser eficiente, cosa que por cierto necesita Venezuela. Este es el único país del mundo que está arruinado en el que se le ordena a la gente que no trabaje. A mí me dan esa orden y me sublevo. Tal como están las cosas, aquí deberían ser laborables incluso los domingos. Yo jamás falté al trabajo y no me hacían ninguna gracia los días feriados.

–¿No faltó ni por una gripe?

–La manera más efectiva de cortar una gripe es ponerse en marcha.

–Vive usted diciendo que está desempleada.

–Porque es verdad, pero por lo visto creen que lo digo por decirlo y no para que me den algo que hacer. Quiero que sepan que estoy buscando empleo.

–¿Alguna vez pensó que Venezuela se destruiría de esta manera?

–¿Por quién me tomas? Soy pesimista, pero no obscena. Y te advierto que la crisis va para peor. Hoy tú y yo todavía podemos darnos el lujo de comer. Llegará el día en que no podremos. Y de la escasez de medicinas ni me hables. Todo eso es adrede. Parece un proyecto de exterminio.

–Hay que darle un espacio a la esperanza.

–¿A cuenta de qué? ¿Es que acaso se lo merece?

–Está usted brava.

–¡Por supuesto que lo estoy, como todo el país! Hace años yo me di cuenta de que tengo en el cuerpo un órgano que se llama Venezuela y cada día me duele más. Lo que estamos viviendo no tiene nombre, pero sí culpables. Ningún error que hayamos cometido en el pasado justifica este horror. Ninguno.

–¿En qué fallaron los de su generación?

–En no haber actuado a tiempo por estar hablando tanto.

–¿Y usted?

–Probablemente en no haber defendido mi puesto las veces que me lo quitaron.

–¿No cree que la gente reconoce su labor?

–Sí. Me abruma salir a la calle y que se me acerquen jóvenes a darme besos y abrazos. No me importa si aún hay quienes me odian. Me bastan los que me quieren.

–¿Cuántos homenajes se merece usted?

–Todos los que me han dado y los que me darán. No por mí, yo no importo nada, sino por el trabajo realizado.

–¿Por qué es tan polémica?

–Supongo que porque no sé llevar la corriente. Nado en sentido contrario.

–¿Y el ego? ¿Se considera egocéntrica?

–Yo no me propuse tener un ego, pero está claro que lo tenía. Sin embargo, nunca me he sentido una mujer importante.

–Me huele a que eso no es verdad. Usted siempre ha sabido muy bien quién es.

–Puede que en mi vida no lo haya dicho todo, ni siquiera a mí misma, pero no practico la mentira como profesión. Además del periodismo, la profesión que mejor me define es la mendicidad.

–¿La mendicidad?

–Sí, la mendicidad. Yo todo el tiempo estaba pidiendo plata, sobre todo durante mis años como directora del museo. Para comprar las obras que compré tuve muchas veces que convertirme en mendiga.

–Y conseguía el dinero.

–¡Cómo no, si yo era un pelito ‘e tuna! Cuando me parece que algo vale la pena, lucho hasta alcanzarlo. No soy persona de rendirse con facilidad.


 –Trabajar con Sofía Imber debió haber sido el paraíso y el infierno.

–No creo ni en el paraíso ni en el infierno sino en la tierra.

–¿Es que tiene usted una respuesta para todo?

–No, pero si me preguntas es porque quieres que te conteste. Yo valoro el tiempo de los demás. No tendría sentido aceptar que me entrevistes para quedarme callada.

–¿Qué rescataría de su vida?

–Nada. No la he perdido.

–Pero del pasado…

–No, no. Yo no vivo del pasado. Para mí no existe el pasado. La vida es ahora.

–¿Y sus recuerdos, los años transcurridos, los momentos clausurados?

–Los que me conocen saben que hablo siempre en presente, incluso de mis muertos. Y no es una pose. Yo soy así, me sale naturalmente.

–¿Por qué no ha podido ser usted una persona dulce?

–Mis hijas dicen que me he ablandado con la edad. Yo no soy de hacer mimos no porque no quiera, sino porque mi manera de expresar cariño es diferente. No hay nada más valioso que ayudar a la gente a que dé lo mejor de sí misma.

–A veces se logra lo contrario: que la gente dé lo peor de sí misma.

–Y aun lo pésimo. Pero queda el intento.

–¿Un sueño?

–No tener ninguno y cumplirlos todos.

–¿Un libro de cabecera?

–Son dos: la autobiografía de Bertrand Russell y Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar. El de Bertrand Russell porque allí hay una frase que es mi lema de vida: “No temas nunca pertenecer a una minoría”, lo que yo entiendo como no tener miedo a ser diferente. Y Memorias de Adriano porque es el libro de un emperador que sabe que va a morir. Un día quiso subirse a su caballo, no pudo y entendió que era el fin.

–¿Se siente usted como Adriano?

–Me gustaría, pero es difícil. No soy una emperatriz.

–Bueno, casi. De milagro Carlos Andrés Pérez no llamó al museo “Reina Sofía”.

–Se discute mucho sobre ese asunto, que Pérez haya decidido ponerle mi nombre al museo. Yo estuve de acuerdo porque me parece que los homenajes tienen que hacerse en vida. ¿Para qué dejar las glorias y las lágrimas para después de la muerte?

–Pero es bien sabido que usted no llora.

–Sí, tengo un problema en los lagrimales. No me llegan las lágrimas a los ojos.

–Cómo va a ser, Sofía, por favor.

–No llorar no significa que no haya llanto. Los sufrimientos más bravos van siempre por dentro, dignamente.

–Pero algo necesita salir, ¿no?

–No lo sé. En la interioridad se está muy bien. O muy mal.

–¿Y cómo está usted ahora?

–Lo he dicho ya mil veces. ¿Cómo puede estar una persona que tiene 91 años?

–¿No es un consuelo haber hecho tanto y que se lo celebren?

–No, qué va. El mayor de todos los consuelos es vivir.

–De verdad, sus respuestas no dejan salida.

–¿Hacia dónde?

–No sé, una ilusión, un horizonte.

–Me parece un poco cursi eso, y yo evito la cursilería.

–Todas sus hijas viven en el extranjero. ¿Se iría usted de Venezuela?

–No podría decirlo, pero lo veo poco probable. No soy una mujer de dos días en ninguna parte. Yo necesito acostumbrarme. Y además no hay cielos como los de Caracas.

–¿Es posible que su secreto sea su fortaleza?

–Mi secreto, si hay tal, es mi debilidad. Siempre he sido una muchacha que tiembla.

–¿Y a qué responde, entonces, su aparente dureza?

–A una fama muy mal comprendida. Es cierto que soy intransigente, pero solo con lo que me parece falso e injusto. De resto, soy un amor.

–¿A estas alturas cree en el amor?

–¿A cuáles alturas? ¿Te refieres a mi edad? Que sepas que ni el amor ni el deseo se van nunca de uno. El que nos deja solos sobre el terreno es el cuerpo.

–Y usted cuida mucho el suyo. Anda siempre pulcra y perfumada.

–Siempre, es verdad. No debe uno permitirse la decadencia aunque esté viejo.

–Finalmente, ¿para cuándo sus memorias?

–Eso es trampa. Las memorias estarán listas cuando tú por fin termines de escribirlas. Ya todo el mundo sabe que estás haciendo un libro sobre mí, y si no, que se enteren.

–Y allí sí habrá risas y llanto.

–Más te vale, porque te lo he dicho todo y espero no haber echado mi vida en saco roto.

  
El libro

Un fragmento de La señora Imber. Genio y figura, libro que muy pronto publicará la editorial Planeta. Está todo escrito en primera persona: Sofía habla sobre sí misma.

«Seamos sinceros. El Women’s Lib, es decir, el movimiento de liberación de la mujer, a quien liberó fue al hombre, que pasó de ser telúrico a ser lunático. Lo liberó de ser galante, de ser cortés, de ser protector, de hacer dentro de la división del trabajo conyugal ciertas tareas pesadas como clavar un clavo, cambiar un caucho, cargar una maleta. En lo económico, además, comenzó a asumir, sin vergüenza alguna, el papel del manganzón, o sea, del mantenido, el rol pasivo. De manera que podía quedarse en el hogar mientras la mujer estaba en el trabajo pero a la vuelta quien cocinaba, ponía la mesa, lavaba los platos y acostaba a los niños era ella. A mí nunca me gustaron esas “revoluciones”. En mi casa, hombre y mujer hacían cada uno lo suyo y ninguno de los dos jamás sintió la necesidad, la urgencia inaplazable de “liberarse”. Conmigo, ni feministas ni hippies. Me molestan los melenudos y esa pose de rechazar la sociedad de consumo para vivir de sus migajas y hacerse un vago.

Claro que decir todo esto ahora no tiene mucho sentido porque vivimos otros tiempos, pero no está de más, por si acaso. Antes era muy polémico porque había una cierta sensiblería romanticona en torno a los hippies y toda mujer disfrazada de varón era una “guerrera”. Está bien, pero yo no. Clásica y actual, andaba siempre en falda y con vestidos. Porque como me la pasaba con Carlos Rangel, mi marido, para arriba y para abajo, me lucía que dos pantalones era un exceso. ¡Tan guapa que se ve una pareja cuando los dos combinan! Carlos iba en general de flux, fino y sin colorines, con unos lentes negros de pasta, y yo cada día más me decantaba por los tailleurs de Chanel. No todos los que usaba eran originales, por cierto. Cada vez que viajaba a París pasaba a comprar telas y botones por la rue de Vigny y de regreso en Caracas se los llevaba a un sastre que tenía su taller muy cerca de la Iglesia San Pedro, en Los Chaguaramos. Además le dejaba revistas de moda de las cuales él podría copiar los diseños que más me gustaban. Eso sí, una mujer puede usar un vestido que no sea original, pero tanto la cartera como los zapatos tienen que ser de firma. Los míos eran un bolso de Gucci o una “Kelly” de Hermès y unos taconcitos bajos también de Chanel.

Porque yo no era rica, pero trabajaba tanto que podía darme mis gustos. Y como Carlos tenía un sentido muy claro del uso del dinero, aprendí a sacar provecho de los realitos que me ganaba e invertir en la fortuna de ser femenina. Y resultó. No en vano alguien que me contó que Carmen Helena de Las Casas, según las lenguas el animal más bello que tuvo Caracas en los años treinta y cuarenta, un día dijo de mí, en francés: “Elle a du chien”, una expresión que si se traduce al pelo significa “Ella tiene perro”, pero que es un alto elogio parisino, porque quiere decir que una mujer es algo más, o menos, que bella. Es también “coquin”, pícara, y que tiene un no-sé-qué. No creo que eso sea muy cierto en mi caso, pero algunas tardes lo recuerdo y me gusta.

¡Si el feminismo fuese darse su lugar en vez de ponerse en guerra contra el varón, otro gallo cantaría! ¿Una mujer respetuosa de la mujer? Yo, y por eso nunca he aspirado ni aspiraré a indulgencia alguna. Y por eso también, cuando a finales de 1969, el dueño del Bloque de Armas, el empresario Armando de Armas, me llamó para ofrecerme la dirección de Variedades, una revista de contenido “para el público femenino”, acepté con gusto. La primera edición salió en enero del 70 y allí estuve hasta diciembre de ese mismo año, publicando reportajes sobre temas de todo tipo, desde las últimas propuestas del modista y activista gay Rudi Gernreich, hasta los celos como patología y el uso de la píldora anticonceptiva. Yo feliz hubiera seguido al frente de Variedades, si el señor De Armas no me hubiese llamado un día para reclamarme que a lo largo de todo 1970 nunca había llevado a la portada una gran foto de Raúl Amundaray, “el actor por el que todas suspiran”. Le respondí que yo no conocía al susodicho y que, aunque lo conociera, no le daría jamás un titular porque mis intereses periodísticos eran otros. Me miró mal y renuncié. Allá él.

En ese entonces, además de ser presentadora, todas las mañanas, junto con Carlos y Reinaldito Herrera, de Buenos Días, hacía otro programa, que se transmitía los martes, a las once de la noche, por la Cadena Venezolana de Televisión, el canal 8. Se llamaba Sólo para adultos, y desde su estreno tuvo todo el éxito que uno desearía para una producción de su tipo. Estaba inspirado en un programa francés conducido por la animadora Annik Beauchamps, que no vacilaba en hablarles a las mujeres de los misterios de la bolsa de valores lo mismo que de la frigidez en la cama. Sólo para adultos seguía ese patrón, pero dejaba de lado el tratamiento de asuntos políticos, sobre los cuales discutíamos, en otro horario, “los tres del desayuno”. ¿Algunos temas? El matrimonio y el divorcio, las madres solteras, la vigencia de la religión en la sociedad actual, la inversión del presupuesto familiar en el uso del tiempo libre de la mujer, el concubinato, las relaciones sexuales prematrimoniales, la fidelidad, la delincuencia infantil, el costo de la atención médica, el piropo como fenómeno social, el machismo, la relación de los padres con la escuela de sus hijos, etcétera.

La receptividad de la audiencia fue descomunal. Con producción de Carlos y mía, dirección de Daniel Farías, escenografía diseñada por Mateo Manaure, música de Bach durante la introducción y mi aparición como anfitriona en compañía de varios invitados, así como de público asistente en el estudio, Sólo para adultos cosechó el mismo rating que las telenovelas y fue calificado por la prensa como uno de los programas más atractivos de la televisión. En 1971, me dieron el Premio Nacional de Periodismo. Recibí la noticia una mañana, a finales de junio, en la peluquería».

19-02-17

http://runrun.es/nacional/venezuela-2/258036/sofia-imber-lo-que-estamos-viviendo-no-tiene-nombre-pero-si-culpables.html