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lunes, 5 de junio de 2017

Jóvenes vinotinto por @goyosalazar


Por Gregorio Salazar


Por un lado, una selección de futbol sub 20 llena de gloria y por otro, una multitud enardecida por las injusticias de un Gobierno que les ha robado su vida

La joven estaba plantada en el centro de la tarima, micrófono en mano y rodeada de un ostentoso despliegue de tecnología comunicacional: al menos tres cámaras de televisión, altavoces de distintos tamaños y potencias, el enorme plato de una antena emplazada sobre la unidad móvil de la microondas. Y desde allí palabreaba las virtudes del invento constituyente de Maduro y su corte.

Eran las 11 de la mañana del martes y la muchacha desde su impecable alfombra roja exhortaba con soltura de presentadora de televisión: “Háganos su pregunta, plantéenos cualquier duda que vamos a responderle todo sobre la nueva asamblea constituyente, la propuesta para la paz del presidente Maduro”. Sólo faltaba un único pero crucial detalle: el público. Nadie la escuchaba, ningún transeúnte de los que pasaba a esa hora por la céntrica avenida Urdaneta la tomaba en cuenta.

Al fin alguien reparó en la chica del soliloquio constituyente. Un hombre se detuvo frente a la tarima en el asfalto desolado, levantó los brazos y los cruzó, enérgico, una y otra vez como si fueran aspas. Un mensaje elemental y sin apoyos tecnológicos pero perfectamente entendible a leguas: el ¡no! más rotundo expresado por un ciudadano de a pie.


Horas antes, en otro continente, un grupo de jóvenes había marcado un hito inédito en la historia deportiva nacional: el equipo sub 20 de fútbol derrotaba a la oncena japonesa colocando a Venezuela por primera vez entre las primeras ocho mejores selecciones del mundo en esa categoría. Y van por más. Tienen un sueño, que no es otro que traerse el título. Los entendidos dicen que son capaces y los números lo van sugiriendo: en cuatro partidos tienen 11 goles a favor, cero en contra y están invictos.

Viéndolos celebrar jubilosos, apiñados unos sobre otros sobre el engramado, fue imposible no recordar, a otros conciudadanos, hermanos suyos y de sus mismas edades que cayeron para no levantarse, con el pecho cubierto con el blasón vinotinto de su sangre derramada por la libertad y por el sueño de una Venezuela diferente. Ya no hay futuro para ellos y su sacrificio mueve a las lágrimas que conjugan un sentimiento de orgullo, pena y dolor.

Esos jóvenes murieron porque para quienes gobiernan ya pasaron aquellos tiempos del “discurso embriagador”. Para permanecer en el poder la apuesta ya no está en el derroche clientelar, en las expectativas lanzadas una y otra vez hacia adelante, en las fementidas bondades del proyecto político que representan y que ha retrotraído a Venezuela a épocas de oscurantismo político y de atraso existencial para sus habitantes.

La apuesta está en los criminales fragmentos de vidrio que disparan a quemarropa, que hienden la piel y desgarran vísceras, venas y arterias de los jóvenes manifestantes. En la capacidad de los proyectiles lacrimógenos para causar traumatismos que incluso conduzcan a la muerte. En las balas homicidas, en los culatazos que fracturan los pies de los detenidos. En la fuerza desplegada para aterrorizar a la familias hasta en el propio seno de los hogares hacia los cuales dirigen los gases tóxicos y la metralla. A esos elementos está reducida la capacidad de hacer del grupo que irrumpió en la escena política diciendo que venían “a refundar la patria”.

Como la chica de la tarima, que aún sigue a quienes sólo pueden ofrecerle esclavitud y miseria atroz, la revolución se ha quedado hablando sola. Su constituyente lleva perdida la campaña de la opinión pública dentro y fuera de Venezuela. Por allí se van cimentando su segura derrota.

04-06-17