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sábado, 22 de julio de 2017

Sumar y multiplicar o restar y dividir, @mario_villegas



Por Mario Villegas, 21/07/2017
Columna de Puño y Letra

Si las encuestas de opinión no eran suficientes para que el presidente Nicolás Maduro y la cúpula oficialista entendieran que la mayoría del pueblo venezolano rechaza el zarpazo que nos quieren dar bajo el disfraz de constituyente, la multitudinaria y entusiasta movilización ciudadana del 16 de julio debería hacerlos abrir bien esos ojos para constatar lo que está a la vista y no necesita anteojos.

Para descalificar esa jornada democrática, engañar a su propia gente y a la comunidad internacional, el alto mando madurista, incluida la muy disciplinada presidenta del Consejo Nacional Electoral, ha pretendido rotularla como una consulta interna de los partidos de oposición, aparte de poner a circular la especie de que las cifras finales de participación fueron infladas por los organizadores.


Claro que la dirigencia y la militancia de los partidos que componen la Mesa de la Unidad Democrática fueron columna vertebral en la preparación del evento, pero la puesta en escena fue claramente ciudadana, no solo porque las organizaciones políticas renunciaron a teñirla con sus siglas y colores, sino porque la inmensa mayoría de quienes acudieron al llamado fueron venezolanos sin militancia política, muchedumbres de a pie esperanzadas en un cambio democrático en paz.

Siete millones 600 mil y tantos electores constituyen la más grande movilización humana realizada en Venezuela al margen de los procesos electorales formales.

Pero hagamos un ejercicio de exageración. Y supongamos, con el perdón de los ilustres compatriotas que sirvieron de garantes del proceso, que en efecto la cifra real haya podido ser perversamente inflada y que en vez de 7 millones 600 mil hubieran sido muchísimos menos. Quitémosle incluso la mitad. ¡Hay que ver lo que significan 3 millones 800 mil personas manifestándose pacíficamente en las calles de toda Venezuela!

Imposible ocultarlas. Con razón fracasaron la censura impuesta a los medios de comunicación y demás triquiñuelas dispuestas por el gobierno para esconder el abrumador rechazo nacional a su proyecto dizque constituyente.
Iniciativas democráticas de incuestionable carácter pacífico como esta del 16-J suman y multiplican voluntades. Atraen, enamoran, convocan, agregan, agigantan.

Algunas otras, de naturaleza anárquica y violenta, restan y dividen. No puede considerarse buena ninguna acción que atemorice, aleje, ahuyente, disperse, desencante.

La lucha por el cambio democrático requiere, para ser eficaz y eficiente, de una dirección política seria, unida, firme, responsable, capaz de conducir el proceso hacia la conquista del objetivo. Esa  dirección define la estrategia y traza una ruta de acuerdo con las realidades y eventuales contingencias. Ese papel corresponde en este momento a la MUD, en cuyo seno confluye una pluralidad de partidos. Esa dirigencia está para dirigir y elevar sin sectarismos el caudal de fuerzas e individualidades que empujan el cambio.

El llamado dibujo libre, según el cual cada quién hace lo que le da la gana y cuando le venga en gana, incluyendo acciones violentas y aberrantes, podrá ser excitante para algunas mentes enfebrecidas y carentes de claridad política, pero lejos de favorecer una estrategia victoriosa lo que hace es entorpecerla y beneficiar al gobierno, oxigenarlo, alentarlo, unificarlo, prolongarlo.

Bien dice mi amigo Freddy Díaz: “Cuando en un barco hay dos capitanes, lo único seguro es el fondo del mar”.

A quienes justifican actos vandálicos y criminales bajo el argumento de que estamos enfrentando a un gobierno forajido les recuerdo que el pueblo chileno no necesitó convertirse en criminal para sacar del Palacio de La Moneda al sanguinario Augusto Pinochet. Y caben muchos otros ejemplos. ¿Si hacemos lo mismo que el malandraje oficialista cuál es entonces la diferencia entre ellos y nosotros? ¿Acaso hay malandros buenos y malandros malos?

Por lo demás, no siempre ese dibujo libre es tan libre como se quiere presentar. Hay ciertamente los espontáneos, pero muchas de esas presuntas espontaneidades no son tales sino obedecen a agendas paralelas, ocultas, que tienen organización y propósitos distintos al del cambio democrático en paz que anhela la abrumadora mayoría del pueblo venezolano. Esas agendas también llevan agua al molino oficialista, y no siempre ingenuamente.

La jornada cívica del 16-J fue una rotunda derrota para los violentos de todo pelaje, tanto para los del oficialismo como para los de una presunta oposición cuyas acciones anárquicas, divisionistas y distraccionistas, le arriman el mingo al gobierno.

@mario_villegas