Francisco Fernández-Carvaja 20 de agosto de 2018
— Necesidad de dar doctrina. Emplear todos los
medios a nuestro alcance.
—
Serenidad y buen humor ante las dificultades.
— Amor
a la Iglesia y al Papa.
I. El
Señor hizo poner una alianza de paz y lo nombró príncipe, para que fuera
sacerdote eternamente1.
Los
años del Pontificado de San Pío X fueron particularmente difíciles por las
transformaciones internas de muchas naciones, que tuvieron serias repercusiones
en los fieles cristianos. Con todo, el verdadero vendaval que azotó fuertemente
a la Iglesia en este tiempo fue de carácter ideológico y doctrinal: los
intentos de conciliar la fe con una filosofía que estaba, en sus mismos
principios, muy lejos de ella desembocaron en numerosos errores de amplia
difusión. Estas ideologías atacaban los mismos fundamentos de la doctrina
católica y conducían directamente a negarla2.
San
Pío X hizo realidad el lema de su Pontificado –instaurar en Cristo todas las
cosas3– en su honda preocupación por atajar estos males, que llegaban
de mil formas al pueblo fiel4.
Insistía con frecuencia en el daño que produce la ignorancia de la fe: «es
inútil esperar solía decir que quien no tenga formación pueda cumplir con sus
deberes de cristiano». Exhortaba una y otra vez en la necesidad de enseñar
el Catecismo. De esta inquietud por la formación cristiana surgió
el llamado Catecismo de San Pío X, que tanto bien ha hecho en la
Iglesia. Este afán de dar doctrina a un mundo que estaba hambriento y
necesitado de ella se refleja en todo su Magisterio. Incluso él mismo, siendo
Papa, no quiso abandonar los medios tradicionales de la Catequesis. Hasta 1911
solía enseñar el Catecismo en el cortile de San Dámaso y en el
de la Piña, en el Vaticano. También cada domingo invitaba a los
feligreses de una parroquia romana, les celebraba la Santa Misa y les explicaba
el Evangelio.
Una
buena parte de aquellos errores que combatió San Pío X parecen haber tomado
carta de ciudadanía en nuestros días. Y en países evangelizados hace casi
veinte siglos son muchedumbre los que no conocen las verdades más elementales
de la fe. Muchos se encuentran indefensos y se dejan arrastrar por esos errores
difundidos por unos pocos, con la complicidad de las propias pasiones5.
Aquel llamamiento que hizo en su tiempo San Pío X para conservar y dar a
conocer la buena doctrina sigue siendo plenamente actual. Es especialmente
urgente que todos los cristianos, con los medios a nuestro alcance, demos a
conocer las enseñanzas de la Iglesia sobre el sentido de la vida, el fin del
hombre y su destino eterno, el matrimonio, la generosidad en el número de
hijos, el derecho y deber de los padres para elegir la educación que estos han
de recibir, la doctrina social de la Iglesia, el amor al Papa y a sus
enseñanzas, la malicia del crimen del aborto... Y para esto debemos utilizar
todos los medios a nuestro alcance: las catequesis familiares, la difusión de
libros buenos, las conversaciones que todos los días surgen sobre temas que
afectan a la fe o a la moral... No olvidemos además, como ha recordado el Papa
Juan Pablo II, que «¡la fe se fortalece dándola!»6.
II. San
Pío X se distinguió por una gran firmeza para hacer frente a un ambiente que
muchas veces le fue adverso, y, a la vez, estuvo lleno de una profunda humildad
y sencillez. En la Primera lectura de la Misa7 se
recogen estas palabras de San Pablo a los cristianos de Tesalónica, que bien
pudo escribir también el Santo Pontífice: Tuvimos valor -apoyados en
nuestro Dios para predicaros el Evangelio de Dios en medio de fuerte oposición.
Sin embargo, San Pío X como San Pablo se mantuvo sereno y alegre en medio de
las dificultades, porque su vida estaba fuertemente enraizada en la oración. No
le faltó tampoco el buen humor.
Un
soldado de la guardia suiza recuerda que le tocó una noche hacer la guardia en
un patio al que daba la ventana del dormitorio del Papa. Con la alabarda al
hombro, el soldado paseaba de un lado a otro. Sus pasos resonaban en las losas.
En un momento de la noche se abrió la ventana y apareció la figura del Papa:
«Bendito, ¿qué haces ahí?». El soldado explicó como pudo su cometido. Y San Pío
X, benevolente, le recomendó: «Vete a descansar, que será mejor. Así podremos
dormir tú y yo»8.
San
Pío X tuvo fama de hacer milagros en vida. Un día fueron a verle al Vaticano
sus antiguos parroquianos. Y con la sencillez y la confianza que siempre habían
tenido con él y también con total falta de tacto, le preguntaron: «Don Beppo
(así le llamaban cuando era párroco), ¿es cierto que usted hace milagros?». Y
el Papa, con sencillez y buen humor, les respondió: «Mirad... aquí en el
Vaticano hay que hacer un poco de todo»9.
Sin embargo, un Obispo brasileño, habiendo oído hablar de la fama de santidad
del Pontífice, se trasladó en los primeros meses de 1914 a Roma para implorar
del Santo la curación de su madre, enferma de lepra. Ante su insistencia, San
Pío X le exhortó que se encomendara a Nuestra Señora y a algún otro santo. Pero
el Obispo, insistente, le rogó: «Al menos, dígnese repetir las palabras de
Nuestro Señor ante el leproso: Volo, mundare!» (quiero, sé
limpio). Y el Papa, con una sonrisa, y condescendiente, repitió: «Volo,
mundare!». Cuando el Obispo regresó a su patria, encontró a su madre curada
de la lepra10.
Entre
las graves responsabilidades y la dureza de tantos acontecimientos que hubo de
sobrellevar San Pío X, el Señor le concedió no perder la sencillez y el buen
humor. Para nosotros, que hemos tomado en serio nuestra fe, vivida en medio del
mundo, son dos virtudes humanas que podemos pedir hoy al Señor por intercesión
de este Santo Pontífice. Nos ayudarán a sentirnos hijos de Dios, a estar
serenos y alegres en cualquier dificultad.
III. San
Pío X amó y sirvió con suma fidelidad a la Iglesia. Desde el comienzo de su
Pontificado acometió una serie de profundas reformas. De modo particular dedicó
una especial atención a los sacerdotes, de quienes lo esperaba todo.
De su santidad, dijo muchas veces y de modos distintos, dependía en gran medida
la santidad del pueblo cristiano. En el cincuenta aniversario de su ordenación
sacerdotal dedicó a los sacerdotes una exhortación11 que
tenía como motivo: Sobre cómo deben ser los sacerdotes que la Iglesia
necesita. Pedía, ante todo, sacerdotes santos, entregados por entero a su
labor de almas.
Muchos
de los problemas, necesidades y circunstancias de aquellos once años de
Pontificado de San Pío X, siguen siendo actuales. Por eso, hoy puede ser una
buena ocasión para que examinemos cómo es nuestro amor con obras a la Iglesia;
si, en medio de los quehaceres temporales, cada uno de nosotros tiene «una viva
conciencia de ser un miembro de la Iglesia, a quien se le ha confiado una tarea
original, insustituible e indelegable, que debe llevar a cabo para el bien de
todos»12: dar buena doctrina, aprovechando toda ocasión oportuna, o
creándola; ayudar a otros a que encuentren el camino de su reconciliación con
Dios, mediante la Confesión sacramental; pedir cada día y ofrecer horas de
trabajo bien acabado por la santidad de los sacerdotes; ayudar, con
generosidad, al sostenimiento de la Iglesia y de obras buenas; contribuir a la
difusión del Magisterio del Papa y de los Obispos, principalmente en asuntos
que se refieren a la justicia social, a la moralidad pública, a la enseñanza, a
la familia... «¡Qué alegría, poder decir con todas las veras de mi alma: amo a
mi Madre la Iglesia santa!»13.
Un amor que se traduce cada día en obras concretas.
Examinemos
también cómo es nuestro amor filial al Papa, que para todos los cristianos ha
de ser «una hermosa pasión, porque en él vemos a Cristo»14.
Meditemos junto al Señor si pedimos todos los días por la persona del Romano
Pontífice, para que el Señor lo custodie y lo vivifique y le haga
dichoso en la tierra..., si estamos unidos a sus intenciones, si rezamos
por ellas...
Dios
poderoso y eterno -le rogamos con una oración de la
Misa, que para defender la fe católica e instaurar todas las cosas en
Cristo, colmaste al Papa San Pío X de sabiduría divina y de fortaleza
apostólica; concédenos que, dóciles a sus instrucciones y ejemplos, consigamos
la recompensa eterna.
1 Antífona
de entrada. Cfr. Eclo 45, 30. —
2 Cfr. R.
García de Haro, Historia teológica del Modernismo, EUNSA,
Pamplona 1972. —
3 San
Pío X, Carta Apost. Bene nostis, 14-II-1905. —
4 Cfr. ídem,
Decr. Lamentabili, 3-VII-1907; Enc. Pascendi,
8-IX-1907. —
5 Cfr. Juan
Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, 30-XII-1988,
34. —
6 ídem,
Enc. Redemptoris missio, 7-XII-1990, n. 2 —
7 1
Tes 2, 2-8. —
8 Cfr. J.
M. Javierre, Pío X, Juan Flors, 5.ª ed., Barcelona 1961, p.
180. —
9 Cfr. L.
Ferrari, Pío X: Dalle mie memorie, Vicenza 1922, p. 1528.
—
10 G.
Dal-Gal, Pío X, el Papa Santo, Palabra, 2.ª ed., Madrid
1988, p. 304. —
11 San
Pío X, Enc. Haerent animo, 4-VIII-1908. —
12 Juan
Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, cit., 28.
—
13 San
Josemaría Escrivá, Camino, n. 518. —
14 ídem, Amar
a la Iglesia, p. 32.
*San
Pío X nació en la pequeña población de Riese, al Norte de Italia, el 2 de junio
de 1835. De niño conoció las estrecheces de una familia sencilla de diez hijos;
su padre era el alguacil del pueblo. Se distinguió por un continuo servicio a
la Iglesia y a las almas como párroco, Patriarca Arzobispo de Venecia y Romano
Pontífice. Mostró una energía santa en defender la pureza de la doctrina,
revalorizó y dignificó la Sagrada Liturgia y extendió la práctica de la
Comunión frecuente. Adoptó como lema de su pontificado: Instaurare omnia
in Christo. Murió el 20 de agosto de 1914.
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