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jueves, 30 de enero de 2014

El inminente colapso de Venezuela

Por Enrique Standish, el Lunes, enero 27, 2014

Estupidez, negligencia y corrupción guían al país hacia un Estado fallido

Los viajeros regresan a Venezuela cargados de papel higiénico, harina de maíz y azúcar en sus maletas, porque conseguir estos bienes en Caracas y otras ciudades se ha transformado en una búsqueda del tesoro. Un país donde en una época los automercados eran los más modernos y grandes de Latinoamérica, ahora se llenan de largas colas de clientes esperando por la tan anhelada llegada de la leche.

La industria automotriz lleva bastante tiempo en Venezuela. GM instaló su primera planta ensambladora en el país en 1948 y Ford lleva funcionando más de 50 años. La producción de vehículos alcanzó 400.000 unidades a principios de este siglo, en una época el país pudo presumir de tener la única planta ensambladora de Mercedes Benz fuera de Alemania. Ahora, las plantas están prácticamente paralizadas y los conductores deben hacer colas por horas para poder comprar las pocas baterías de autos que hay disponibles.

Qué esto suceda en un país con un Producto Bruto de US$500 mil millones, incluyendo US$100 mil millones de ingreso petrolero, es algo casi increíble. Venezuela está lejos de ser una irrelevante economía en quiebra como Cuba, pero se acerca rápidamente a correr con la misma suerte.

A finales del año pasado, el Presidente Nicolás Maduro anunció al mundo que su país enfrentaba una “Guerra Económica”, presuntamente declarada por los Estados Unidos y sus “lacayos” del sector privado venezolano. El mandatario culpó a comerciantes, banqueros y los empresarios en general por los males económicos del país.

La verdad es que Venezuela enfrenta la bancarrota y el caos debido al mayor saqueo de la historia — oficialmente avalado por un gobierno —, desde que Boris Yeltsin permitió a los oligarcas rusos robar los bienes del país.


Hugo Chávez buscó instalar una economía socialista en Venezuela, bajo la tutela de su sucesor: miles de empresas, fincas y haciendas ganaderas fueron nacionalizadas o simplemente decomisadas sin ningún pago a cambio. La convicción era que a través de esta red de empresas nacionalizadas, los productos podrían ser ofrecidos a las masas a un precio más económico, sin las “ganancias exacerbadas” del sector privado.

El resultado fue la drástica reducción de la producción y el colapso de estas empresas, que en algún momento fueron exitosas. Las empresas nacionalizadas están en tan mal estado que ahora solo servirían para hacer chatarra.

En su desesperación ante el colapso productivo, el gobierno creó una elaborada red de empresas estatales encargadas de importar los bienes que anteriormente producía el sector privado. Ahora, cientos de designados políticos están a cargo de importar miles de millones de dólares en productos, desde trigo y maíz hasta celulares, aparatos médicos y plantas eléctricas.

La corrupción resultante está batiendo todos los récords a nivel mundial, al punto de empequeñecer el caso ruso. Desde el 2005, los organismos gubernamentales de Venezuela han gastado casi US$400 mil millones en importaciones a unos precios inmensamente inflados, sumado a unas comisiones exorbitantes para los intermediarios de siempre. Los funcionarios y sus allegados, quienes se están convirtiendo en los hombres más ricos del planeta, disfrutan de la protección del gobierno mientras que sus actividades son ignoradas por los mismos gobiernos de países desarrollados que presuntamente luchan contra la corrupción y el lavado de dinero en el resto del mundo.

Peor aún, Venezuela ha suministrado petróleo a precios increíblemente bajos, a través de un acuerdo de 30 años, con su club ideológico de países amigos en América Central y el Caribe, incluyendo Cuba. Desde el 2004, esta práctica le ha costado a Venezuela US$30 mil millones en ingreso perdido.

Además, los chavistas han perdonado la deuda de muchos de estos países. Han permitido, por ejemplo, que Jamaica pague sus deudas enviando cientos de maestros de inglés para enseñar en Venezuela, mientras que Cuba ha pagado las suyas enviando entrenadores para deportes olímpicos y asesores económicos. ¡Ningún escritor de ficción podría haber creado una historia tan fantástica como ésta! Realmente, la realidad supera la ficción.

Pero el premio para la peor práctica que llevará a Venezuela hacia el suicidio económico se lo lleva el hecho que los chavistas hayan logrado diseñar el peor acuerdo comercial desde que los indios aceptaron vender su oro a cambio de los espejitos que ofrecían los conquistadores españoles.

Hace dos años Hugo Chávez anunció victoriosamente que China le prestaría a Venezuela US$40 mil millones de dólares, los cuales serían pagados con entregas de petróleo. Un análisis detallado de este acuerdo demostró más tarde cómo los chinos se aprovecharon de la ignorancia económica de los chavistas.

En realidad, nunca hubo ningún préstamo que pudiese llamarse como tal. Hubo un adelanto de fondos que fue pagado por Venezuela en tan solo meses. Desde ese momento, Venezuela ha enviado petróleo valorado en decenas de miles de millones de dólares a China, mientras que China garantiza importaciones de Venezuela con algunos proveedores. Un corte de cuenta en cualquier momento arroja saldos favorables a Venezuela de decenas de miles de millones de dólares. En realidad  los chinos ahora están recibiendo parte de su petróleo gratis, sin desembolsar un centavo,  mientras que Venezuela tiene miles de millones dólares congelados en cuentas bancarias chinas.

La estupidez pura, negligencia y descarada corrupción de estas acciones podría explicar perfectamente los tiempos difíciles que vive Venezuela. Sin embargo, la situación se pondrá peor.

Maduro, siguiendo los consejos de sus amigos cubanos y un gabinete lleno de ideólogos marxistas y  charlatanes que dicen saber de economía,  ha decidido que la actual escasez de divisas en Venezuela y el consecuente desabastecimiento en bienes de primera necesidad e inflación (la más alta del mundo en el 2013) puede ser solucionada con mayores controles gubernamentales sobre el sector privado. Además ha decidido sustituir las actividades de las empresas privadas y sus generaciones de experticia especializada por nuevos organismos gubernamentales.

Increíblemente, a pesar del hecho de que casi el 70% de divisas de Venezuela son asignadas a organismos gubernamentales, Maduro cree firmemente que el desabastecimiento es culpa de la “guerra económica” iniciada por el sector privado.

Mientras tanto, el gobierno ha dejado de asignar divisas a empresas que hasta ahora han sido quienes han suministrado al país bienes y servicios básicos. El gobierno ahoradebe miles de millones de dólares a aerolíneas que han vendido sus pasajes en Venezuela, mientras que debe decenas de miles de millones a empresas por importaciones de materia prima y bienes terminados. Sin la asignación de dólares por parte del gobierno muchas de estas empresas no han podido pagarles a los proveedores, y por lo tanto, han perdido sus líneas de crédito.

Recientemente el gobierno venezolano anunció nuevas regulaciones que harán todavía más difícil poder funcionar a aquellas empresas que todavía se mantienen privadas. Una infinidad de nuevos mecanismos deben cumplirse con cientos de nuevos permisos y regulaciones que es requisito obtener para que las preciadas divisas sean asignadas para nuevas importaciones.

Al mismo tiempo, la Asamblea Nacional, prácticamente de Maduro, aprobó la “Ley de Costos, Precios y Ganancias Justas” con la expresa intención de limitar las ganancias de todas las empresas en el país. Uno solo puede imaginarse la carcajada de los profesores de economía alrededor del mundo al conocer el título de esta ley.

Evidentemente el resultado de toda esta locura será ruina y más caos. Solo es cuestión de tiempo para que la economía de Venezuela colapse; y si el precio del petróleo baja, es probable que Venezuela se convierta en un Estado fallido al estilo Somalia o el Congo, otro ejemplo de otro mesías autoproclamado tratando de alcanzar el paraíso socialista. Es lamentable que algunos venezolanos inevitablemente fallecerán como resultado de este acelerado proceso hacia la ruina. Ellos se unirán a las millones de vidas perdidas durante la Rusia de Lenín y la China de Mao, cuando sus líderes intentaron aplicar estas mismas ideas.


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