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domingo, 8 de enero de 2017

Asalto a la paz, por @FelixPalazzi


FÉLIX PALAZZI 07 de enero de 2017
@FelixPalazzi

En Venezuela existen algunos monasterios de vida contemplativa. Estos son lugares en donde monjes o monjas dedican su vida a la oración y al trabajo. Su presencia pasa casi desapercibida, pero algunas de estas comunidades poseen más de cien años en nuestro país. Retirados y en silencio, muchas mujeres y hombres han ofrecido su vida al servicio de Dios y sus hermanos.

Lamentablemente uno de los signos de la grave descomposición del tejido social que experimentamos ha sido el asesinato de sacerdotes y religiosos. El número de sacerdotes y religiosos asesinados a manos del hampa común durante los años de la llamada “quinta república” es altamente significativo. Por una parte, los sacerdotes y religiosos asesinados han compartido la suerte de muchos que han perdido su vida de la misma forma. Pero, por otra parte, refleja la descomposición de nuestro tejido social sometido a la lógica de la violencia y el odio. Ya ni siquiera se tiene temor a la posible “pava” que podría traer matar o robar a un cura o a una monja, o incluso el hecho de saquear a una iglesia. Esta vez le ha tocado al monasterio trapense “Nuestra Señora de los Andes”, en Mérida.

El monacato cristiano surge casi a finales del siglo III y con Benito de Nursia (480 dC) y luego se extiende por todo el Occidente. Una de las características del monacato inspirado en la regla de Benito fue la estabilidad monástica. Esto significa que el monje debía morir y ser sepultado en el monasterio al que perteneciera. A simple vista podría parecer cruel el tener que pasar toda la vida en el mismo espacio y con las mismas personas. Por ello, creo necesario explicar la razón de esta estabilidad como valor asumido en la vida monástica cristiana.

En el año 480 dC, el Imperio Romano Occidental desaparecía y ninguna instancia lograba ocupar su lugar. El pueblo carecía de un gobierno estable y no existían alternativas o grupos que lograsen retomar el rumbo para volver a ser una sociedad organizada y con las condiciones mínimas de subsistencia. En esta situación de anomia total, las bandas armadas de Odoarco imponían su ley y saqueaban todo cuanto estaba a su paso. El caos no podía ser mayor. En este contexto, la estabilidad se transforma en un valor dentro de las comunidades monásticas cristianas. Los monjes decidían permanecer donde los demás abandonaban a las ciudades y a sus habitantes. Permanecían “orando y trabajando” en los lugares en los que ya nadie veía esperanza.

He querido resaltar el valor de la estabilidad monástica para referirme al asalto sufrido por la comunidad de nuestra Señora de los Andes y a los otros asaltos, no tan notorios, sufridos por las otras comunidades contemplativas en Venezuela. Estos monasterios representan a hermanos y hermanas que decidieron, a pesar de todo, no abandonar nunca, pase lo que pase, a las comunidades en las que han decidido vivir. Muestran que sí es posible vivir de una forma distinta, fraternalmente, a pesar de las tensiones humanas y las dificultades inherentes.

Los monjes no se definen como chavistas o escuálidos, sino como hermanos. Un día decidieron alejarse de la multitud, pero no para olvidarse de ella y abandonarla a su destino. Todo lo contrario, corren tras la paz y la buscan cotidianamente para transmitirla y compartirla desde sus comunidades con el mundo entero. El asalto al monasterio es un asalto a la paz. Sin embargo, la paz no se acaba a pesar de la violencia existente, sino que sigue abriéndose camino gracias a personas como estos monjes de Mérida. Hoy el monasterio sigue su ritmo, silente y desapercibido. El mismo ritmo que empezaron otros siglos atrás.

Félix Palazzi
Doctor en Teología
felixpalazzi@hotmail.com
@FelixPalazzi