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domingo, 15 de enero de 2017

Dios abre el corazón con su mirada, sana y da esperanzas, por @Pontifex_es



Papa Francisco 14 de enero de 2017

Santo Evangelio según San Marcos 2,13-17

La llamada de Mateo: En aquel tiempo, Jesús salió nuevamente a la orilla del mar; toda la gente acudía allí, y él les enseñaba. Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y lo siguió. Mientras Jesús estaba comiendo en su casa, muchos publicanos y pecadores se sentaron a comer con él y sus discípulos; porque eran muchos los que lo seguían. Los escribas del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a los discípulos: "¿Por qué come con publicanos y pecadores?" Jesús, que había oído, les dijo: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores". Palabra del Señor.

Reflexión del Papa Francisco
 
Qué fuerza de amor tuvo la mirada de Jesús para movilizar a Mateo como lo hizo; qué fuerza han de haber tenido esos ojos para levantarlo.

Sabemos que Mateo era un publicano, es decir, recaudaba impuestos de los judíos para dárselo a los romanos. Los publicanos eran mal vistos e incluso considerados pecadores, y por eso vivían apartados y despreciados por los demás. Con ellos no se podía comer, ni hablar, ni orar.

Los publicanos eran considerados traidores para el pueblo: le sacaban a su gente para dárselo a otros. Los publicanos pertenecían a esta categoría social.

Y Jesús se detuvo, no pasó de largo precipitadamente, lo miró sin prisa, lo miró con paz. Lo miró con ojos de misericordia; lo miró como nadie lo había mirado antes.

esa mirada abrió su corazón, lo hizo libre, lo sanó, le dio una esperanza, una nueva vida como a Zaqueo, a Bartimeo, a María Magdalena, a Pedro y también a cada uno de nosotros.

Aunque no nos atrevamos a levantar los ojos al Señor, Él siempre nos mira primero. Es nuestra historia personal; al igual que muchos otros, cada uno de nosotros puede decir: yo también soy un pecador en el que Jesús puso su mirada.

Los invito a que hoy en sus casas, o en la iglesia, estén tranquilos, solos, hagan un momento de silencio para recordar con gratitud y alegría aquellas circunstancias, aquel momento en que la mirada misericordiosa de Dios se posó en nuestra vida.

[...] Después de mirarlo con misericordia, el Señor le dijo a Mateo: «Sígueme». Y Mateo se levantó y lo siguió. Después de la mirada, la palabra. Tras el amor, la misión. Mateo ya no es el mismo; interiormente ha cambiado.

El encuentro con Jesús, con su amor misericordioso, transformó a Mateo. Y allá atrás queda el banco de los impuestos, el dinero, su exclusión. Antes él esperaba sentado para recaudar, para sacarle a otros, ahora con Jesús tiene que levantarse para dar, para entregar, para entregarse a los demás. Jesús lo miró y Mateo encontró la alegría en el servicio.

[...] La mirada de Jesús genera una actividad misionera, de servicio, de entrega. Sus conciudadanos son aquellos q los que Él sirve. Su amor cura nuestras miopías y nos estimula a mirar más allá, a no quedarnos en las apariencias o en lo políticamente correcto.

Jesús va delante, nos precede, abre el camino y nos invita a seguirlo. Nos invita a ir lentamente superando nuestros preconceptos, nuestras resistencias al cambio de los demás e incluso de nosotros mismos.

Dios nos desafía día a día con una pregunta: ¿Crees? ¿Crees que es posible que un recaudador se transforme en servidor? ¿Crees que es posible que un traidor se vuelva un amigo? ¿Crees que es posible que el hijo de un carpintero sea el Hijo de Dios?

Su mirada transforma nuestras miradas, su corazón transforma nuestro corazón. Dios es Padre que busca la salvación de todos sus hijos.

Dejémonos mirar por el Señor en la oración, la Eucaristía, en la Confesión, en nuestros hermanos, especialmente en aquellos que se sienten dejados, más solos. Y aprendamos a mirar como Él nos mira... (Homilía en la plaza de la revolución, Holguín, Cuba, 21 de septiembre de 2015)

Oración de Sanación

Señor de mi vida y de mi historia, Tú conoces mi día a día, mi trabajo, mis proyectos, mis obras, sabes a lo que debo responder y el compromiso que tengo con los míos.

Necesito de tu gracia para vivir en paz, sabiduría para entender que caminas conmigo y derramas tu amor en mi corazón para hacerlo grande y compasivo como el tuyo.

Tú no me has llamado por ser el mejor, sino porque Eres el mejor guía de todos y lo apuestas todo por mí, pones tu confianza en las capacidades que Tú mismo depositaste en mi alma.

Tú no tienes en cuenta la vida de pecado que he tenido, sino que, como a San Mateo, me das una oportunidad de renovarme, me regalas tu mirada dulce que me invita a salir de esa tibieza que habita en mi corazón

Tú eres de los que poco preguntan, pero mucho agradece, porque sabes bien que tu llamado generará los frutos de amor en amigos y familiares para que, también a ellos, invitarlos al banquete celestial

Mi Dios, mi Rey, mi Salvador, tu mirada y tus palabras me llenan de gozo y de esperanza, porque estuve perdido y me encontraste, fui pecador y me salvaste con el lazo de perdón y de tu compasión.

Sé que Tú nunca defraudas ni le fallas a quien confía su vida en Ti y en tus promesas, es por ello que me entrego enteramente a tu divinidad.

Ven Señor, dame de tu gracia y de tu poder para vencer mis miedos y permite que pueda seguirte con amor y desprendimiento para siempre. Amén

Propósito para hoy

Perdonaré sinceramente a aquellos que hoy me puedan causar alguna molestia o incomodidad, sin hacerles notar que me ofendieron

Frase de reflexión:

"El Señor nos habla mediante la Sagrada Escritura, en la oración. Aprendamos a permanecer en silencio ante Él, a meditar el Evangelio". Papa Francisco