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lunes, 19 de junio de 2017

Edgardo García Larralde: Los incentivos de esta sociedad son perversos por @prodavinci


Por Hugo Prieto


¿Cuántas cosas se han intentado en Venezuela y han fallado en su consolidación? La respuesta sería una cuenta abultada de errores y omisiones. Quizás soñamos que no habría de llegar el momento de los cobros. Vana ilusión, pues ha llegado. Y el peor de ellos sería una guerra civil. Ya el gobierno —Diosdado Cabello, Aristóbulo Istúriz, Elías Jaua— banalizan el término, en lo que podría ser un elemento coadyuvante que desencadene el horror. Estamos pisando un terreno muy peligroso.

En esta ocasión, quien desglosa las causas del conflicto político y la crisis sistémica que desgarra a Venezuela es Edgardo García Larralde. Sin duda, un rara avis. Licenciado en Ciencias Biológicas por la universidad McGill de Montreal, giró muy pronto a un mundo más conflictivo. Obtuvo una maestría en Economía (Planificación y Gerencia en Desarrollo Social), en la Universidad de Gales, Gran Bretaña. Su trabajo en diversos entornos geográficos y distintos países (Irán, Rusia, Perú, entre otros), pasa muchas veces por la resolución de conflictos, marcados por la desconfianza y la sospecha.

García Larralde ha mostrado interés en la propuesta que le hacemos desde Prodavinci. Indagar en las patologías de la sociedad venezolana, para comprender lo que estamos viviendo. Somos una sociedad de desencuentros, marcada por la búsqueda de soluciones mágicas, imbuida, además, en el militarismo más ramplón. Necesitamos un liderazgo esclarecido que se proponga abordar, además de la coyuntura, los retos y desafíos que tenemos por delante. ¿Cuándo nos vamos a enfrentar con el problema de la productividad, como sociedad, como individuos? Ahí es donde la política se convierte en un esfuerzo colectivo por alcanzar objetivos jerarquizados, en una pedagogía que no necesariamente es popular, pero contribuye a lograr resultados tangibles. “Dejar de decir que somos ricos, porque no lo somos”, sostiene García Larralde.


¿Cómo caracterizaría la situación actual del país?

Creo que Venezuela vive una profunda crisis, no sólo política y económica, sino de dimensiones históricas. Estamos pagando viejas facturas que se han venido acumulando. Este momento es muy importante, entre otras cosas, porque entraña enormes riesgos, pero también grandes oportunidades. El fracaso de la llamada revolución bolivariana es mucho más que el fracaso del chavismo, del gobierno o de Maduro. Es el fracaso de la sociedad venezolana. Hay muchos fracasos encerrados en todo esto. Y para construir algo distinto tenemos que buscar, que indagar, en la raíz de estos problemas.

El organismo social tiene varias patologías, varias enfermedades de las cuales nadie habla. Pero si no se identifican, si no se abordan no vamos a lograr el cambio que tanto necesitamos. Ya se esbozan una serie de medidas económicas inmediatas. Pero eso no es suficiente. ¿Usted que cree?

Sacaste esas palabras de mi cabeza, es la tesis que yo vengo sosteniendo desde hace tiempo. He dicho que Venezuela es una sociedad enferma. Yo no soy sociológico ni experto en la materia, pero soy un lector voraz de los asuntos que me conciernen, que me apasionan y la experiencia de haber trabajado en distintos contextos socioculturales, en situaciones de conflicto y de resolución de conflictos, me han ayudado a entender muchas cosas. Hablando de sociólogos, hay uno canadiense, Cristopher Powell, que define a la sociedad no como una estructura o conjunto de estructuras, sino como una serie de relaciones que forman configuraciones cambiantes, dinámicas, redes. Esa forma relacional es muy importante para entender lo que está pasando. 

La sociedad venezolana, vista en esos mecanismos, en esos modos de producción de las relaciones, es donde reside nuestra enfermedad fundamental. Ciertamente, hay varias patologías, pero es en el proceso de relaciones donde encontramos la más primaria de ellas. Venezuela es una sociedad de desencuentros. Mario Briceño Iragorry, en su famoso ensayo, Mensaje sin Destino, decía. Nosotros no somos propiamente una comunidad, no llegamos a formar una comunidad, desde el punto de vista espiritual, de compartir valores y yo creo que esa es nuestra historia. Ciertamente, esta es una sociedad de desencuentros.

¿Qué implicaciones tiene esa enfermedad primaria? ¿Cómo se expresa socialmente? ¿Cuáles son los síntomas?

Cohabitamos un territorio, pero realmente ni nos conocemos, ni nos reconocemos. La indiferencia y a veces la sospecha ha sido el carácter fundamental de las relaciones entre nosotros.

A partir de esa tara que nos atraviesa, es muy difícil construir una sociedad de valores, es muy difícil construir una institucionalidad. La sociedad venezolana está fragmentada política y socialmente. ¿No es eso lo que ha emergido desde lo más profundo?

Si vemos el futuro desde una perspectiva optimista, nos va a tocar un proceso muy complejo, en el que va a ser muy difícil construir puentes entre los diversos sectores sociales, poblacionales. Nosotros tenemos que aprender a convivir de manera solidaria, con cooperación y reconocimiento mutuo, tal como lo han hecho otras sociedades. Ese es el desafío que tiene que asumir un liderazgo esclarecido. No se trata de hacer un programa económico solamente, ni un programa político, tiene que haber un reconocimiento de que hay un proceso social, cultural, profundo, que tenemos que abordar. En esta etapa de la historia, que es decisiva, intentar complacer las distintas apetencias, las distintas expectativas, como han hecho los políticos en las últimas décadas, simplemente no funciona. El liderazgo tiene que asumir una labor pedagógica que no siempre es popular. No podemos seguir diciendo, por ejemplo, que este es un país rico, pero se robaron el dinero y ahora lo vamos a administrar mejor. No podemos seguir diciendo esas cosas porque no es verdad. Venezuela es un país pobre en muchos aspectos. Este es un país dependiente de la renta petrolero hasta niveles grotescos. Este es un país donde nosotros no hemos sabido convivir en forma productiva. Tenemos que asumir eso.

La productividad como un valor social no se ha planteado como desafío político, ni como parte de un programa de gobierno. Tampoco como una vía para resolver los problemas que enfrentamos. ¿Podría mencionar un caso específico? ¿Algo que le diga a la gente que eso podría funcionar?

Te voy a hablar de mi experiencia práctica, no de experiencias genéricas. Yo he trabajado en entornos donde las relaciones son conflictivas, antagónicas, marcadas, incluso por la violencia. En Rusia, en Perú, en Irán. Si algo en común hay en estos procesos, donde los actores a veces ni siquiera se conocen, es la necesidad de dar un primer paso para crear un espacio de confianza. Esos procesos tienen que darse alrededor de problemas, de temas comunes, que la gente quiere resolver. El aprendizaje para convivir, para el respeto y la cooperación, no se hace a través de la prédica, ni de leyes o decretos rimbombantes, a los que tanto apelan los gobiernos, sino que se hace a través de procesos prácticos. En el tema de la salud, por ejemplo, se le da a la gente capacitación, se le da herramientas, para que atiendan cuáles son los problemas prioritarios, de manera que puedan establecer objetivos y prioridades, además de evaluar y validar sus prácticas ancestrales. Eso fue lo que hicimos en Paria (estado Sucre). En ese proceso, la comunidad se unía, más allá de sus filiaciones políticas, porque sentía que todos ellos eran importantes en la búsqueda de soluciones a sus problemas.

¿Qué hacemos con la conflictividad política?

Yo estoy hablando de procesos de base, eso no quiere decir que niegue procesos de diálogo a otros niveles. Yo soy de la idea de que no podemos esperar a que Diosdado Cabello o Henry Ramos, para poner casos extremos, se den un apretón de manos y manifiesten que lo mejor es llegar a diálogos y acuerdos. No podemos esperar eso. El cambió que está planteado nos involucra a todos. Lo que estamos viviendo es la expresión del fracaso de todos. ¿Quién no tiene un familiar cercano fanático de esta polarización de uno u otro lado? Tenemos que empezar a construir puentes a partir de nosotros mismos, de nuestras relaciones, de nuestras capacidades, de nuestras destrezas. Tenemos que empezar a hacer esos cambios culturales y relacionales a partir de nuestra propia realidad. En términos de desarrollos políticos, se están empezando a crear espacios de diálogo y encuentros para la acción en torno a problemas concretos. Salud, educación, seguridad, producción. Ese es el aprendizaje que hay que promover. Nosotros tenemos que aprender a colaborar, a respetarnos, en la práctica, en procesos reales de soluciones a problemas que entendamos que es necesario resolver.

                   Edgardo García Larralde retrado por Gabriel Méndez

Hay experiencias parciales, unas más exitosas que otras, promovidas por la Iglesia católica o por organizaciones civiles. Incluso, lo han hecho de forma intuitiva. ¿Por qué esto no se sistematiza? ¿Por qué no se convierte en una política? ¿Por qué no se jerarquiza y eleva en el plano institucional?

Yo creo que en gran medida la respuesta a esa pregunta radica en otra patología que tenemos nosotros. El petroestado, tan claramente expuesto en el libro El Estado Mágico, de Fernando Coronil. Nosotros tenemos un Estado mágico que se formó sobre una base muy precaria en muchos sentidos, obviamente, en su estructura institucional, bajo el influjo de los petrodólares. No es sólo una distorsión económica la que hemos sufrido, sino una distorsión cultural, política e institucional. Aquí el incentivo no es ser productivo, ser creativo, sino acercarse al Estado. El reparto de la renta petrolera ha sido la manera de enriquecerse. Desde los empresarios hasta el pescador de Paria, a quien le dan un crédito para que compre un motor, que luego no paga o no quiere pagar. Entonces, el Estado mágico es la solución. Recuerdo que hace años impulsamos un programa para mejorar las artesanías del Delta del Orinoco, afortunadamente funcionó, pero inmediatamente llegó un programa del gobierno. Vamos a hacer esto y aquello. Vamos a tener lo otro. Inmediatamente, la gente creyó más en las dádivas, en los créditos del gobierno que en las tonterías, entre comillas, que estábamos haciendo: mejorar y posicionar la artesanía local. Por supuesto, la fantasía del gobierno se esfumó y la gente volvió a las artesanías. El Estado mágico ha sido un factor muy importante en la distorsión de nuestras expectativas, de las ilusiones y de toda la dinámica política.

Ha enumerado dos patologías, ambas instaladas, desde hace mucho tiempo, en el inconsciente de los venezolanos. ¿Cómo se rompe esa barrera?

Necesitamos un liderazgo esclarecido —ojalá lo tengamos, aunque eso no está escrito en el destino— que diga: Este es el país que tenemos. No es el país rico, en el que unos corruptos se robaron la plata. Y ahora nos toca resolver. Ese no es el punto. ¿Cuáles son, por ejemplo, los incentivos reales que existen en esta sociedad? Son, en su gran mayoría, de índole perversa. Eso tenemos que cambiarlos. Eso no es un discurso popular. Creo que eso hay que empezar a decirlo.

El problema es que estamos en la inopia, en la ruina institucional. Parece que hubiera pasado un huracán y lo hubiera destrozado todo. O nunca tuvimos nada y no lo quisimos ver. A los efectos prácticos viene siendo lo mismo. Venezuela está atravesada por el odio, por la ira. ¿No es negocio salir de esta terrible situación?

Hay que tomar medidas de emergencia, porque si la casa se está incendiando, lo primero que hay que hacer es apagar el fuego. Entonces, hay que tomar medidas de emergencia: renegociar deuda, buscar condiciones crediticias con financiamiento internacional más favorable, crear un clima de confianza. Eso es lo que está más adelantado y es imperioso hacer. Pero no podemos reconstruir la casa igualita, como estaba antes. ¿Para qué se queme otra vez? Y eso es lo que tenemos que decir. No vamos a salir de esto con una solución mágica. Hay que pensar, profundamente, en las patologías, en los males que tenemos nosotros, que son las verdaderas causas de lo que estamos viviendo. No comparto la idea de que no existía nada. Pero por las características de la sociedad venezolana, de desencuentros, de poca articulación de los actores, existía como una capa, una especie de barniz, de civilización, de institucionalidad, donde todo se conforma de acuerdo a los criterios eurocentristas de democracia liberal y las leyes, pero había un abismo entre eso y la realidad. ¿Qué grado de identificación había entre los sectores populares y esa constitucionalidad? ¿Cuál es la expresión cultural de esa institucionalidad? Lo que tuvimos fue muy precario. Y esa sociedad de desencuentros fue la que permitió que surgiera el discurso vengador, redentor, del presidente Chávez. Eso está ahí. Creo que tenemos que asumir eso.

Es muy inquietante seguir indagando en nuestros males, en nuestras taras como sociedad. ¿Queda otra en el tintero?

El militarismo. Aunque sobre este tema reconozco un prejuicio, porque soy antimilitarista de vientre. De los 187 años de vida republicana, ¿Cuántos años pasamos bajo el control militar?

Resulta innecesario contarlos, porque en este justo momento estamos bajo el control militar.

Sí, claro. Por eso lo digo. Desde que tumbaron a Vargas los hombres de armas, los hombres de acción. Creo que eso es parte del reto cultural, del reto político institucional, el militarismo que anida en la sociedad venezolana. No sólo en lo físico, sino en la cabeza de todos nosotros. Nada de esto es fácil. Pero insisto, no hay soluciones mágicas.

Todo lo que usted ha planteado requiere paciencia, confianza, persistencia, claridad y acuerdos. Diría que eso es lo que más escasea en esta hora de oscuridad. Dudo incluso que sean valores de la sociedad venezolana.

Debo reconocer que estaba muy deprimido pensando en las cosas en las que yo creo, incluso en las que estás diciendo, pero vine a Caracas a participar en varias reuniones y apoyar varios proyectos; y ahora soy optimista. Veo a estas generaciones de relevo, donde hay empresarios, dirigentes políticos jóvenes, estudiantes, gente de sectores populares, que están haciendo cosas muy importantes y, sin duda, muy superiores a lo que hicimos nosotros. Porque no tienen ese bagaje de los años 60, esa cultura de izquierda que marcó a mí generación, uno tenía esa serie de mitos, así que también este es nuestro fracaso. Yo nunca voté por Chávez, porque vi en él a un líder mesiánico y nacionalista y eso encendió todas las alarmas. ¿Militar? ¿Mesiánico? ¿Nacionalista? Se encendieron todas las luces. Pero uno creyó en muchos de esos mitos que alimentaron esa visión binaria de la sociedad. Entonces, este es un fracaso que tenemos que asumir y todos tenemos responsabilidades, creo yo.

Sospecho que esta casa se ha quemado no una sino varias veces. Nos hemos atenido a las medidas de emergencia, pero qué pronto echamos al olvido nuestras responsabilidades como ciudadanos. Es esa frase del gran Emilio Lovera: Se parece igualito.

Hay que atender la emergencia, y eso es en lo económico, en lo institucional, en lo político. Pero también hay que hacer una labor cultural. En su juventud, mis viejos lucharon contra Gómez y hace casi 60 años estaban exiliados por Pérez Jiménez. Ellos pensaron que nunca más habría una dictadura militar en Venezuela. Y, 60 años después, estamos en la situación en la que estamos; donde hay una hegemonía militar; un régimen autoritario cada vez más represivo; una crisis más profunda de las que se vivieron anteriormente. ¿Nuestros hijos, nuestros nietos, tendrán que repetir esto? En mi familia, son tres generaciones las que vivieron bajo esa realidad. No se trata de esperar, las relaciones de confianza se construyen no esperando, sino trabajando.

Usted habló de la sociedad del desencuentro. Habría que decir que estamos viviendo un momento estelar del desencuentro. Tan estelar que ya estamos inmersos en una espiral de violencia sobrecogedora. Una represión inédita. Feroz. No sería una exageración decir que en este mismo instante alguien está perdiendo la vida. ¿Necesariamente teníamos que llegar a este punto del desencuentro?

Bueno, ya llegamos. A lo que más miedo le tengo es que esta situación se siga empeorando. Eso es perfectamente posible. La violencia, por su naturaleza, es incontrolable. Con el liderazgo político, con dirigentes comunitarios, con activistas sociales, hemos tenido una discusión muy importante sobre la no violencia. La no violencia activa como instrumento, como filosofía, como herramienta de lucha. En forma anecdótica hablé de mi experiencia en los años 60 en Montreal, donde estaba estudiando. Eran los años en los que Martin Luther King estaba librando su gran batalla por los derechos civiles. Yo no simpatizaba con Martin Luther King, yo simpatizaba con las panteras negras. Qué bolsería es esa de estar predicando la no violencia contra la represión. Claro, yo era un outsider, un blanco. Resultó que Martin Luther King tenía razón y lo que hizo tuvo mucho más impacto que lo que hicieron las panteras negras, que luego desaparecieron. Aquí estamos en una situación, por ser una sociedad de desencuentro, por haber tanto resentimiento, odio, desconfianza y sospechas acumuladas, en que la violencia es casi inevitable, casi natural. Los muchachos de los barrios, que fueron humillados por la Guardia Nacional, golpeados, pateados, ahora pueden tomar venganza. Se sienten héroes y son aplaudidos. Eso es comprensible, pero es peligroso. La violencia puede escaparse de las manos.

                    Edgardo García Larralde retrado por Gabriel Méndez

A estos muchachos, que están en la primera línea de la refriega, los llaman los escuderos de la libertad. Los aplauden y no falta quien afirma. Es que nosotros estamos en manos de esos muchachos.

Preocupante, muy preocupante.

¿Qué nos dice esa sintomatología?

Yo veo varias cosas. Primero. Seguimos buscando una solución mágica. Unos redentores, unos nuevos libertadores. Veo la solución inmediatista de que nosotros, efectivamente, podemos salir de esto, mediante un esfuerzo heroico. Creo que eso le sirve de argumento al gobierno, a esta secta que actúa desde el poder de espaldas a la mayoría y con ideas raras, para decir que la violencia viene del lado de los manifestantes. Yo tengo una formación de izquierda y no hay una sola argumentación que justifique lo que el gobierno está haciendo. Ni Gramsci, ni Lenin, ni Marx, ni los anarquistas, ni nadie, dieron una fundamentación de esto que está pasando. Esa secta está tratando, por todos los medios, de sostenerse en el poder. Algunos dicen que tiene el apoyo del 15% o el 20% de la población. El resto no es la oposición, sino la gran mayoría de la sociedad venezolana que está descontenta, que está frustrada. Yo tengo relaciones con chavistas, con ex chavistas, con gente que apoyó inicialmente este proceso y también están descontentos. El 80% se opone a esto. Esa es la dicotomía. No se trata de gobierno y oposición. Esa no es la realidad.

La narrativa del gobierno trata de vendernos la idea de que las manifestaciones son violentas. Ya hablan de terrorismo. Incluso, hay quienes proponen un capítulo sobre el terrorismo en la constituyente que, a trocha y mocha, impone la dictadura de Maduro.

Eso no es verdad. Gran parte de la manifestación es pacífica. La violencia empieza como una respuesta a las bombas lacrimógenas, a la represión, cuando no se permite que la marcha llegue a su destino (instituciones del Estado), ahí es cuando se potencian estos grupos pequeños, los supuestos escuderos. Yo creo que no deberían ser tratados como héroes, porque esos muchachos, entre otras cosas, son los que están muriendo. ¿Esos son los yihadistas nuestros, entonces? Creo que no podemos aplaudir, promover, ese tipo de heroísmo inútil, que además es contraproducente, en la medida en que la violencia se vuelve incontrolable. Yo he sabido que esos muchachos ya están buscando mejores medios, mejores instrumentos, para enfrentarse, eso no es bueno. Yo les decía a unos amigos, la mayoría de las cosas que escribió Ghandi, Mandela o Martin Luther King, no estaban dirigidas hacia fuera, sino hacia adentro, hacia el movimiento, para justificar, explicar, persuadir, la importancia de la no violencia, contra la ira, la frustración acumulada, que clamaba por acciones de venganza.

Ira y frustración que tienen una base real y una explicación cónsona con una realidad insoportable, con la imposición autoritaria de un modelo político que los venezolanos no quieren.

Claro. Imagínate el caso de Suráfrica, donde el 90% de la población ni siquiera tenía derecho al voto o de elegir su trabajo. Imagínate la represión y las masacres que hubo. Y se logró canalizar toda esa rabia, toda esa frustración, todo ese odio, sin producir un baño de sangre. Pero eso requirió un liderazgo que no sólo era esclarecido, sino que dio una batalla enorme al interior de la resistencia y que no pocas veces fue desagradable. El problema del resentimiento no es explicarlo o justificarlo, el problema central, político y filosófico, es que el resentimiento siempre es una fuerza destructiva. No puede ser esa la fuerza motriz de los cambios. Y eso es lo que creo que un liderazgo esclarecido tiene que entender profundamente. No basta con que ellos traten de controlar los brotes de violencia y a los exaltados. No basta. Hay que tener un discurso, una narrativa, sobre estas cosas.

En Venezuela se habla de guerra civil con una naturalidad asombrosa. A veces, el llamado a guerra civil te respira en la nuca. El baño de sangre. El Caracazo generalizado, apocalíptico. Yo creo que hay elementos sólidos que nos hacen pensar que eso es una posibilidad real, de que está a la vuelta de la esquina, de que no nos vamos a salvar.

Ese es el tipo de cosas que me quita el sueño. Yo creo, lamentablemente, que eso es una posibilidad. No creo que sea inevitable, pero sí es posible. Recuerdo algo que leí hace años de un autor, creo que de Javier Cercas, quien indagando en los tiempos previos a la guerra civil española, identifica uno de los factores que fueron coadyuvantes del conflicto. Es la banalización que se hizo del concepto de guerra civil. La gente hablaba de la guerra civil como algo banal y yo creo que eso está pasando aquí. Se habla de guerra civil como si fuera un arma de expresión política, un arma de presión. Le he escuchado decir a Diosdado Cabello cosas horribles… después de nosotros, utilizando el concepto de guerra civil de manera banal y superficial. Pero así mismo, creo que hay gente muy valiosa que está haciendo todo lo posible por abrir cauces distintos. Pero sí, de todas esas facturas acumuladas que no hemos pagado, ese sería el peor de los cobros que se le hace a una sociedad de desencuentros, que ha fracaso muchas veces.

18-06-17