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sábado, 17 de junio de 2017

La antipolítica vive por @cgomezavila


Por Carolina Gómez-Ávila


Numerosas promesas incumplidas y escándalos sucesivos durante décadas abonaron el terreno para sembrar la antipolítica, cuyos frutos son lo único que hoy consume en abundancia Venezuela.

Fue posible porque somos un pueblo sin formación ciudadana; esto es, sin claro conocimiento de deberes y derechos y -sobre todo- sin la actitud de obediencia a los deberes que precede y autoriza el ejercicio de los derechos, renunciando a la práctica republicana.

Pero sucede que un pueblo que ignora, desestima y en ocasiones francamente desprecia el imperio de la ley, está aplaudiendo discursos que invocan engañosamente a la República bien sea para su restitución o para su refundación. Nada dicen sobre la igualdad republicana, porque esta no se refiere a bienes materiales sino al trato equitativo dentro de un orden jurídico caracterizado por la tolerancia con las ideas opuestas. Nada sobre la alternancia en el ejercicio del poder que ha sido hollada reelección tras reelección. Nada sobre la idoneidad como única condición para ocupar cargos públicos, ni sobre la publicidad (que no propaganda) de los actos de Gobierno y mucho menos sobre la rendición de cuentas de funcionarios.

Hace poco más de dos meses, algunos balbucean el principio republicano que exige Poderes Públicos independientes que se controlen recíprocamente, pero lo acompañan con propuestas abiertamente contrarias al mandato constitucional y vociferan demandas que, de cumplirse, violentarían grotescamente los procedimientos y lapsos establecidos en todo el ordenamiento legal vigente.

No, no son republicanos sino representantes de la antipolítica a la que le viene bien fingir liberalismo republicano para dar soporte a la bien aceptada propiedad privada, mientras omite los compromisos que debemos tener con la ley y sus procedimientos.


Su intención es despolitizar la política para que la economía se maneje exclusivamente a través de las leyes del mercado, sin control alguno del Estado. De esta manera, las políticas sociales sólo serían una herramienta para controlar a los desposeídos: primero para obtener su voto con promesas populistas y, llegados al poder, para obtener su aprobación y la consiguiente paz social, con políticas populistas. Así todo quedaría resumido a una bolsa de comida, un perol plástico para almacenar agua potable, una colchoneta o cualquier otro bien perecedero que convierta al pueblo en cliente al que dar alivios temporales condicionados al apoyo.

El discurso de la antipolítica está hecho para destruir el sistema de partidos múltiples imprescindible para la alternancia propia de la República. Poco incluirá sobre el bien común. Lo suscriben empresarios, economistas, periodistas, todo tipo de “influenciadores” y -no se sorprenda- también políticos y auténticos malandros que tienen décadas haciéndonos creer que la actividad política debe ser sustituida por la gestión popular o privada, para quedar libres de la corrupción y el mesianismo. Dicen que la efectividad es la meta y que esta no necesita de acompañamiento ideológico; ni de la persuasión, diálogo y negociación típicos del accionar político, así que los sustituyen con agresivas y planificadas actividades de mercadeo y propaganda. Construyen su discurso desde la descalificación de los políticos y sus partidos, pero no pueden ofrecer un palmarés propio. Para la antipolítica todos los políticos son corruptos y todos los partidos son lo mismo: sus doctrinas son obsoletas, no comprenden la realidad social y son responsables de los males que nos aquejan, razón por la cual se niegan a cualquier tipo de convivencia y proponen a un líder antisistema.

Como el que ganó en 1998.

17-06-17