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lunes, 12 de junio de 2017

¡No somos serios! Por @miglatouche


Por Miguel Ángel Latouche


Patroclo cae sobre en el duro suelo de Troya. Se escucha el rumor de los ejércitos sobre la extensa llanura cubierta de cadáveres. Héctor se apresura a darle muerte pensando que se trataba del líder de los Mirmidones. Saca el casco lentamente sólo para darse cuenta de que ha vencido a un joven, casi un niño. Taja con la espada el cuerpo inerme de su enemigo, no tiene otro remedio que complacer la sed de Ares. ¡La guerra y sus paradojas!: El heredero de Príamo ha sellado el destino de la ciudad que tanto luchó por defender. La historia es bien conocida: el Aquiles fiero, el Aquiles furioso, el Aquiles que había abandonado el campo de batalla en pugna por el botín arrebatado, decide, en medio del dolor, y luego de realizar los sacrificios fúnebres correspondientes, regresar a la lucha y acabar con los cimientos de Ilión.

Sin duda se trata de una escena hermosa: Aquiles se dirige a Troya y lanza un desafío que Héctor no puede rechazar sin afectar su honor. Debe luchar su último combate. Debe enfrentar al héroe griego, tal y como lo han dispuesto los oráculos. Los Dioses se apuestan sobre el Olimpo para observar la lucha. Zeus pesa a los hombres. El destino favorece a Aquiles. La suerte de Troya está echada. Agamenón sonríe perversamente: La muerte de Patroclo salvó al ejército griego de la destrucción. Aquiles pelea en homenaje a la muerte de su amigo. El Átrida, por su parte, sabía muy bien que estos hechos cambiarían el curso de la guerra.

Homero nos muestra, de manera magistral, uno de esos casos literarios en los cuales una muerte genera un beneficio colectivo. La muerte de Patroclo era necesaria para lograr la victoria. Un hombre es sacrificado por un bien mayor. Aquiles desata su furia en contra del enemigo en un ejercicio épico imprescindible, debía vengarse y prevalecer. La realidad, por otra parte, suele ser cruda y atroz. Difícilmente la muerte puede ser arropada con ese halo de epopeya que nos relata el Bardo Ciego. La muerte es inevitable y muchas veces cruel. No hay una épica que justifique las muertes inútiles por más que las intentemos adornar con los vestidos más finos.


La muerte de Neomar dista mucho de la de Patroclo, es una representación del absurdo en el cual vivimos. Una muerte que causa dolor y que no nos beneficia como sociedad, un pretexto para la confrontación, una bandera que todos quieren enarbolar, una muestra de la mierda que somos. Uno ve la foto del joven caído y se pregunta cosas: ¿qué hace un niño flaco de 17 años enfrentado a la fuerza aplastante y barbárica de un gobierno represor? ¿Sabía el muchacho a lo que se enfrentaba? ¿Sabía que su vida podía correr peligro? ¿Basta con una marcha-homenaje o con una declaración del Presidente para que su nombre sea recibido en el Panteón de los héroes patrios? ¿Es justo que menores de edad luchen en una batalla que, generacionalmente, no les corresponde?

El cadáver de Neomar es el primero que se nos presenta con esa forma tétrica que tiene la muerte violenta. Parece la víctima de una acción de guerra. Parece un soldado caído con el pecho abierto y los sueños desparramados. Es una representación de la estética de la guerra que ya habíamos visto en la infraestructura destruida, en la basura quemada, en las barricadas y los parapetos, en los uniformados prestos a usar la fuerza en contra de la ciudadanía, en los encapuchados que queman y agreden, en el dolor y el miedo que nos acompañan. La diferencia es que esta vez se trata de una persona cuyo cuerpo sin vida muestra claramente la manera como fue violentado.

Alrededor del caso caben las especulaciones. ¿Se aclarará con seriedad qué lo mató? Lo cierto es que un niño de 17 años ha perdido la vida luchando en un conflicto para el cual no estaba preparado, en una lucha demasiado desigual. Más allá de las culpas y las justificaciones, de los retos que van y vienen, de las lágrimas de unos y las acusaciones de otros; lo cierto es que se trata de una muerte vana, que ha sido banalizada desde nuestras frivolidades. Olvidamos que la política no se escribe encima de los cadáveres.

Se trata de una más de nuestras muchas vergüenzas. Quizás nos merecemos esta situación horrible que estamos viviendo, nos la merecemos por no darnos cuenta del lío en el cual estamos, por creer que tenemos la razón, por no mirarnos a los ojos, por creer que somos héroes imprescindibles, por sacar cuentas sobre nuestras aspiraciones, por no darnos cuenta de la manera como nos destruimos, por buscar culpas ajenas, allí donde hay culpas compartidas, por nuestras actitudes adolescentes, por nuestros berrinches colectivos. ¡No somos serios! ¿Cuántos niños más habrán de caer para que empecemos a serlo?

10-06-17