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martes, 6 de junio de 2017

Venezuela en el camino de Damasco por @prodavinci


Por Tomás Straka


Sesenta días de protestas, medio centenar de muertos, un millar de detenidos y regiones enteras militarizadas son una prueba de fuerza que ya hubieran hecho rectificar a cualquier gobierno o abandonar la lucha a un movimiento opositor. Ninguna de las dos cosas, sin embargo, parecen estar ocurriendo en Venezuela. Con el país alzado, sin dinero y bajo una creciente presión internacional, el gobierno sigue adelante con la Asamblea Constituyente que convocó y que todos consideran un intento por barrer con la ya escasa institucionalidad democrática. Los llamados a un cronograma electoral amplio y a la liberación de los presos políticos no aparecen en ninguna de sus agendas. La oposición, por su parte, continúa con manifestaciones sorprendentemente nutridas después de dos meses en la calle. En el panorama no se ven opciones de diálogo, palabra que genera una gran desconfianza después de que el intento de mediación del Vaticano de finales de 2016 terminara en un conjunto de promesas incumplidas que sólo le permitieron ganar tiempo al gobierno. A su vez, la dilatada convocatoria de las elecciones de gobernadores para diciembre es también considerada una trampa: tras haber sido postergada numerosas veces (debieron haberse realizado en 2016), ahora se programa para después de la instalación de una Asamblea Constituyente con plenos poderes que, entre otras cosas, tiene la potestad de derogar las gobernaciones.

Así las cosas, con los canales institucionales y de diálogo en apariencia cerrados, Venezuela parece estar en el camino de Damasco. Pero no en el sentido de una transformación espiritual que nos convierta como a Saulo de Tarso (aunque algunas conversiones han ocurrido), sino en el que señaló la embajadora norteamericana en la Organización de Naciones Unidas (ONU), Nikki Haley, cuando afirmó que, de seguir como vamos, llegaríamos a una situación como la de Siria o Sudán del Sur. Probablemente sus declaraciones sean algo exageradas pero no tanto como pudiera parecer. Por una parte, Venezuela cuenta con un gobierno dispuesto a una defensa numantina, atrincherado frente a una sociedad que protesta y que, según todos los sondeos, tiene a un 70% de la población pidiendo su dimisión y desconfiando de la idea de la Asamblea Constituyente. En cierto grado esto lo equipara a su estrecho aliado Bashar al-Ássad, también firme en su trinchera mientras el país se incendia, salvo por dos cuestiones particulares: el presidente sirio tiene un respaldo popular bastante más alto que Maduro y comparado con la opción de ISIS, puede jugar la carta de ser un mal menor. A Maduro solo lo sostienen, hoy por hoy, el apoyo, aparentemente monolítico, de las fuerzas armadas, y el control de la renta petrolera. No es poco (ha aguantado dos meses) pero tal vez ya no sea suficiente para una consolidación definitiva de su poder.


El caso de la Asamblea Constituyente es emblemático. Mayoritariamente rechazada por la población, Maduro la presenta como una alternativa electoral que la oposición, a su juicio terrorista y golpista, no quiere aceptar. No obstante, los analistas, la Fiscal General Luisa Ortega Díaz y la ex Defensora del Pueblo y ahora consultora del Tribunal Supremo de Justicia, Gabriela Ramírez, coinciden en que viola los principios de la representatividad consagrados en las leyes al sustituirlos por un complicado sistema de elecciones sectoriales (los estudiantes, los trabajadores, los empresarios, las organizaciones comunitarias elegirán sus representantes), como si se tratase de un congreso de soviets combinado con otros complejos mecanismos de elección territorial en los que cada municipio elegirá representantes sin tomar en cuenta la proporcionalidad poblacional.

La imposibilidad de una salida pacífica a la vista es el gran acicate para las protestas. Mientras en las cadenas de televisión Nicolás Maduro habla de su Asamblea Constituyente y de la conspiración del imperialismo y la derecha internacional a la que, afirma, heroicamente hace frente, en el Estado Táchira, en la frontera andina con Colombia, la Guardia Nacional se vio rebasada por protestas en casi todas las localidades, incluyendo los tradicionalmente chavistas sectores rurales. Al final, tuvo que recibir dos mil hombres de refuerzo más un batallón del ejército que, sin embargo, no han logrado acallarlas del todo. En el estado llanero de Barinas, tierra natal de Hugo Chávez, las cosas también se salieron de control. Hubo saqueos y actos vandálicos, pero también situaciones tan políticamente emblemáticas como la quema de la casa de la familia Chávez, la sede regional de Consejo Nacional Electoral, la del Partido Socialista Unido de Venezuela, un destacamento de la Guardia Nacional y el restaurante de un diputado afecto al gobierno. En Barquisimeto, capital del central Estado Lara, el Concejo Municipal en manos de chavistas, destituyó al alcalde opositor, el líder sindical y obrero Alfredo Ramos. El alcalde simplemente ha hecho caso omiso y continuado en sus funciones. El gobernador de Amazonas, un aborigen de la etnia baniva, realizó un acto político que no dejó de llamar la atención: vestido de chamán, en un mítin le echó a Maduro la aterradora maldición Dabucurí. En el oriental Estado Anzoátegui, se derribó y quemó una estatua de Chávez, con lo que ya van cuatro que han corrido con esta suerte en el país. En los Altos Mirandinos, una zona de ciudades-dormitorio de Caracas, la Guardia Nacional luchó por mantener el control durante dos semanas. En Caracas ya ha habido escaramuzas en el centro de la ciudad, a poca distancia del palacio presidencial de Miraflores. La lista puede continuar hasta el infinito.

Ante este panorama, ¿qué piensa hacer el gobierno si las protestas no amainan? Las sanciones contra los jefes militares y magistrados venezolanos por parte del gobierno norteamericano, los señalamientos con nombre y apellido de los generales que comandan la represión por parte del Secretario General de la OEA, Luis Almagro, y el pronunciamiento del Parlamento Europeo y de varios gobiernos latinoamericanos, indican que la apuesta a pertrecharse en el poder con el solo concurso de los cañones, no es una buena idea. Pero que no lo sea no significa que personeros con cuentas pendientes con la justicia internacional no lo intenten al carecer de otras oportunidades de impunidad.

Cerrar las válvulas de escape solo puede producir una explosión mayor a la que hemos tenido hasta ahora. Mantenerse en el poder le resultará muy difícil a Maduro si no ofrece algún cambio real. Indistintamente, si lo logra por las malas o fracasa después un prolongado conflicto, el costo en sufrimiento, vidas y pérdidas económicas podría ser tan terrible no queda más que esperar (y ojalá no estemos implorando un milagro) que alguna luz, como en el Camino de Damasco de Saulo nos ayude a encontrar la senda de una solución pacífica.

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Este artículo fue publicado originalmente en el portal Nueva Sociedad

05-06-17