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martes, 14 de febrero de 2017

Una sociedad madura atiende las reglas con la misma seriedad que los niños, por Fernando Yurman



Fernando Yurman 13 de febrero de 2017

El respeto de las reglas del juego

El juego, que investigadores como Huizinga dictaminaron ejercicio originario de la sociedad, tiene como fundamento las reglas. En su estudio, Jean Piaget había enfatizado para el desarrollo infantil el pasaje al juego reglado, etapa paralela al vínculo con otros niños, juegos en grupo y primeras lógicas de cooperación. El equilibrio, la reciprocidad, la reversibilidad, la equivalencia, nacen de esa experiencia universal. El juego en grupo es quizás el primer esbozo de “ciudadanía”. Sin juego no hay reglas, y sin reglas no hay juego, como pronto aprenden los niños.

El juego distancia y une con la realidad común, pero esa controversia varía. Es notable la diferencia entre juegos de azar, ajedrez, tenis o carreras. Los modelos oscilan desde la competición y la suerte al vértigo y la mascarada, como había clasificado Roger Caillois. Y no solamente afecta los participantes. Es notable la diferencia entre públicos de béisbol y fútbol. El último acepta las relativas reglas de juego dentro de la cancha, pero fuera de ella tiende a turba anarquizada por sus pasiones. Y ese fervor abandona la noción de reciprocidad y equivalencia que exigen los juegos. En el béisbol, la pasión está más acotada, demorada hasta un desenlace que no es violento. Desentrañar esta diferencia implica cotejar dos expresiones normativas, más allá del deporte. Incluye la sociedad y la administración de emociones lúdicas, pero también de normas sociales y políticas. En el plano jurídico, me animaría a afirmar, la diferencia sugiere la de los teóricos Hans Kelsen y Carl Schmitt, la vigencia independiente de “la norma” o el vulgar “estado de excepción”.

Aunque siempre el juego demanda un ámbito propio separado de la realidad, el entusiasmo “excepcional” del fútbol aumenta ese aislamiento. Enfervorizada en la tribuna, la conciencia se separa del ciudadano, y se sumerge en el tiempo alucinante del encuentro. Son rincones anímicos intensamente narcisistas, envolturas fantasiosas de fusión con el ideal deportivo. El equipo, una íntima pertenencia del hincha, suscita la identificación masiva. Un periodista norteamericano, Bill Mumford, que pasó siete años acompañando los barras bravas de un club inglés escribió “Entre los bárbaros”, notable crónica de esa compenetración. El relato ilustra la transfiguración pasmosa de los ciudadanos que integran las pandillas del fútbol. Advirtió el pasaje del sistema normativo individual a la transgresión absoluta de los grupos fanáticos. En la exaltación, se mezclaban himnos nacionalistas británicos con cánticos deportivos, y había una mezcla creciente con las emociones más hondas (que llegaron a perturbar al mismo cronista). Sus correrías vandálicas descendían a un estadio primitivo de identidad y pertenencia. Esa polarización primaria también se advierte en extremistas políticos, como si el fanatismo deportivo fuese expresión antropológica de un desvarío general.

Todas las sociedades, a través de la historia, contemplan dimensiones de fiesta, aspectos orgiásticos, epifanías y carnavales, y permiten una suspensión parcial de las convenciones acostumbradas. Es un paréntesis para que lo idealizado anule vertiginosamente la distancia con los otros. Esa carencia de regulación es siempre goce pasajero. Lo problemático es que cristalice y no permita la estabilidad psíquica para la vida corriente. Una sociedad normal puede conjugar con reglas aspectos satisfechos e insatisfechos, perdidos y recuperados. La dimensión saludable transforma con esfuerzo la realidad y los ideales, y acepta los límites y los duelos. La idealización absoluta del fanatismo no lo permite, paraliza la capacidad de pensar porque el pensamiento es siempre un trabajo, el intento de resolver un problema. La idealización fanática es la anulación del problema mismo, su ahogo en la ciénaga narcisista. La perfección del objeto y su fusión fantaseada con el sujeto, regula el psiquismo hacia un mínimo de tensión intelectual. La idealización constante tiende a estupidizar.

Ese pasaje a la acción de la pasión fanática, tiene su paradigma en el fútbol, y es más difícil en el béisbol por las mediaciones que lo frenan. Los períodos codificados del béisbol, la administración progresiva, ordenan el espectador, hacen de rampas de frenado, diques al narcisismo sobreexcitado. El fútbol carece esas represas, sucede en tiempo real, el fanático está absolutamente identificado con el jugador y sigue la pelota con un vértigo que lo consume. Las reservas lógicas caen. En el béisbol hay que hacer cálculos, combinatorias, pausas que ordenan los puntajes y distancian el yo de lo idealizado. La turbulencia de pasiones colectivas es parte de la condición humana, pero hay mediaciones que logran acompasar la exaltación, relativizar los ideales, y promueven la diferencia entre una audiencia y una turba. Los trámites demoran y apaciguan los anhelos, organizan una tendencia universal que afecta desde el amor hasta la política.

Enamorarse, decía Bernard Shaw, no es más que exagerar los rasgos de una persona en relación a los demás, y podemos agregar que ese exceso sugiere un fanatismo que la vida conyugal atempera. Por el contrario, el amor-pasión sin modular lleva usualmente a la destrucción. El fútbol padece ese riesgo pasional, mientras el béisbol codifica el entusiasmo, y es naturalmente más “conyugal”. Así como en los procesos de enamoramiento suele haber escalas y etapas, también los distintos fanatismos tienen distintos sistemas de regulación. La intolerancia a que el equipo pierda un partido ha llevado a las barras bravas al homicidio anónimo, a la destrucción real para vengar una afrenta imaginaria. Los grupos políticos enfervorizados pueden llegar a matar o disparar contra edificios, porque sus habitantes son de “clase media”, “alta”, otra creencia o color. El enfrentamiento deriva de la enorme lesión narcisista del fanático, cuyo yo exaltado ha quedado fundido con el ideal. El fanático aterroriza para evitar su propio terror. ¿Y cuál es el terror central del fanático? Enfrentar la distancia irreductible con lo idealizado: desposeído de ese ideal no puede sostenerse, le faltan reservas narcisistas en otras áreas. Los fanáticos son emocionalmente endebles, con un vínculo de fusión imaginaria que los sostiene.

Cuando pierden los equipos, aunque haya habido trucos o transgresiones, reconocen un veredicto que legisla la derrota (protestan, pero primero la aceptan). La reacción en el fútbol es violenta porque la regla es absorbida en la pasión del encuentro. El público de béisbol puede distraerse, comentar el partido, y no registra la misma vivencia. Los modelos de estos deportes pueden trasladarse a la política, también una mayor mediación institucional permite reglar las confrontaciones de un modo que no lo hacen los movimientos ideológicos pasionales. En el primer caso hay un ejercicio simbólico de la política, en el segundo imaginario, más ligado a la identificación, el rapto emotivo y el vértigo.

La noción de pueblo, una fantasía sin mediación, suele desencadenar la turba. Las hipótesis sobre el origen del totalitarismo, ese alimento ideológico de los desclasados, indican que el freno son siempre las instituciones. La división de poderes logra mediar, regular pasiones y permite su expresión reglada: sin instituciones no hay fecundo ejercicio político. Viene al caso señalar que el modelo de una democracia participativa es más atractivo para el fanatismo que el de una representativa. La representación obliga a pensar, delega trabajosamente, tiene un recorrido simbólico, exige metaforizar el alejamiento del poder. La participación, aunque se apoye en una una falacia económica o política, y el poder siga vedado, mantiene un imaginario de cercanía y fusión líder-pueblo. Igual que en los juegos, distinguimos una sociedad mediatizada por instituciones de otra que transcurre, no en tiempo simbólico, sino en tiempo tomado por la imaginación y el mito (y enunciado como “tiempo histórico real” por los voceros ideológicos). La falsa historia suele ser “descifrada” mientras se la “vive”, y narrada como en un match. El fanático está pegado a los rasgos del líder, y en la fusión del carisma puede haber mucha palabra, pero no hay pensamiento, solo persuasión y uso instrumental del lenguaje. No prueba la resistencia de la realidad o la pluralidad del mundo, solo la fusión imaginaria con el ideal. Es una perspectiva egocéntrica que anula la complejidad y sus enigmas.

Si el fútbol tiene un fervor que parece más cercano al populismo, el ajedrez parece remedar el juego mismo de la razón, con reglas diáfanas para el incuestionable resultado. En uno de sus mejores cuentos, Stefan Zweig relata la dramática condición de un jugador de ajedrez con el mismo paralelismo que estamos presentando. Un exiliado del nazismo, ajedrecista que viaja en un trasatlántico, queda extraviado en laberintos obsesivos. Su derrumbe, emblema dramático de los excluidos en la década de 1930, era casi expresión de la crisis de Zweig. Un cerebro adiestrado en la límpida racionalidad del juego, se va desquiciando por efecto del maltrato y la irracionalidad colectiva de su patria. El relato es la progresiva debacle de la razón como secuela de la ruptura en las reglas del juego.

Una legislación que modifica la aplicación de la norma, como postulaba Carl Schmitt, inaugura el “estado de excepción” porque distingue la Ley de la aplicación de la Ley : la violencia discriminatoria se ejerce sobre ese borde jurídico resbaloso. En su contrario, sostenía Hans Kelsen en su “Teoría Pura del derecho”, la norma requiere rigurosa autonomía. Precisa quizás la respetuosa independencia que rige los juegos infantiles. Podríamos agregar, corrigiendo levemente un aforismo, que una sociedad madura es aquella que logra jugar con la honesta seriedad, la autonomía y el rigor de los niños.