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viernes, 14 de julio de 2017

El #16J por @felixseijasr


Por Félix Seijas Rodríguez


Lo que se viene el 16 de julio no es juego. Lo que la Unidad ha planteado para ese día va más allá de un simple hecho electoral: es un acto de rebeldía civil, el más importante que hasta ahora haya convocado. El objetivo de la consulta no es solo demostrar la magnitud del número de personas que rechazan la propuesta de constituyente que adelanta el Gobierno, sino también exponer la intensidad con la que la población se opone a tal pretensión. Ese día se debe enviar un mensaje claro –tanto a la comunidad internacional como a los distintos grupos del oficialismo–del carácter ilegítimo, en lo que a apoyo popular se refiere, de quienes hoy se aferran al poder en Venezuela. Y esto se logrará de una sola manera: haciendo que la participación en dicha consulta sea masiva.

Por falta de gente no hay que preocuparse. Hablamos de más de diez millones de personas que con gusto irían a plasmar su firma para dejar tal cosa en claro. A estas alturas nadie duda de ello, incluyendo al Gobierno, quien sí le teme al pueblo en la calle porque sabe que hoy le adversa. Los hechos del 2002 le enseñaron a lo que puede conducir algo así. Por eso no espera a que la protesta se masifique, sino que le pica adelante reprimiendo y llamando a la violencia. El régimen sabe que tal cosa ahuyenta a las mayorías, quedando unos pocos miles dispuestos a enfrentar lacrimógenas y a correr riesgos. Sin embargo, lo planteado el 16 es distinto, ya que representa aquello que ocupa un sitial de honor en la escala de valores del venezolano: expresar la voluntad a través del voto, a través de una consulta. A este acto se siente convocado desde la escudera dispuesta a batirse en el asfalto, hasta el abuelito en silla de ruedas.


Si a una marcha acuden miles, a un evento como el del 16 acuden millones, y el Gobierno hará todo lo posible por evitarlo. Para ello intentará sabotear la logística de preparación para montar el evento –de hecho, comenzó a hacerlo desde la detención de Roberto Picón, el cerebro mejor capacitado para esta labor, y continuó con el anuncio del CNE de un simulacro del evento del 30 para ese día-, así como también intentará inhibir la participación ciudadana amenazando a empleados públicos, a beneficiarios de misiones y a quienes aspiran a ellas, pero también tratando de investir a ese día de un aura violenta. Y todo esto tratará de hacerlo con la colaboración de los opositores, tanto pueblo como organizaciones, sin que estos se den cuenta, aprovechando sus flancos débiles para usar contra ellos su propio impulso. La principal oportunidad que ve el Gobierno es la diversidad de la masa democrática y su carga anímica, que le hace desconfiar hasta de su propia sombra. Y nadie le está dando ideas al régimen: cuando se trata de pensar en maldades, los malos siempre llevan la delantera. La pregunta es si la gente y los líderes políticos de oposición están dispuestos o no a prestarle “una ayudaíta” al opresor.

El 16 está ahí mismito, a pocas horas. Parpadeamos y llegó. Ese día no se acabará el mundo ni caerá el régimen. Nadie ha prometido ni espera eso. Tenemos un tobo al que se le ha venido arrojando piedras todos los días esperando a que se fracture, y lo del 16 representa un peñón. Se trata de una jugada que no admite grises. Nadie dirá el domingo en la noche que la cosa salió más o menos, y que para la próxima se hará mejor. Ese día hay solo dos posibilidades: éxito o fracaso. No hay ensayos. El tiempo apremia. Así que no es momento de mirar al pasado. No se puede desperdiciar ni un solo segundo. De los líderes esperamos unidad, coherencia, lealtad a objetivos superiores. Los ciudadanos, por nuestra parte, debemos actuar con menos aprensiones, ser flexibles –sí, los líderes pueden equivocarse y rectificar, son humanos-, entender, colaborar, y no dejarnos distraer por quien quiere y necesita distraernos. Arrojemos entre todos el peñón al tobo.

11-07-17