Por
Luisa Pernalete
“Siempre
había sido herrero. Vivía bien con mi familia en Valencia. Mi oficio me daba
para eso. Pero un día, al salir del banco, después de retirar un dinero, me
siguieron unos delincuentes para atracarme. Me resistí y me pegaron 7
tiros. Quedé inválido. Pasé un año sin poder moverme”. Y prosigue Amílcar su
relato, “La recuperación fue muy lenta. Un año para aprender a pararme,otro
para manejar una silla de ruedas…Pero no soy un inútil. ¡Para nada!”
Amílcar
después de seis años de aquel lamentable hecho, 1996, volvió a Barquisimeto,
donde había nacido. Vio una pequeña escultura en un centro comercial, hecha de
metal, y se dijo que él podía hacer algo parecido. Probó y probó. “Una
voz dentro de mí me decía que yo si era capaz”.Y comenzó a hacer piezas con tornillos,
tuercas, bujías… pero no sólo son obras de arte por la creatividad hecha
belleza, todas tienen movimiento. “Me gustaba la física. Se sacarle movimiento
a las piezas”. Su taller, en una zona popular de la capital larense, parece un
parque infantil en miniatura: Niños y niñas en columpios, “subí-bajas”,
equilibristas de un circo, aviones… basta una brisa o un dedo que empuje un
poco y los niños juegan, los equilibristas avanzan sin caerse… “Me gusta que
los pequeños toquen las obras. Siempre se les dice que no toquen. Yo al revés:
Les digo que toquen”, va describiendo Amílcar desde su silla de ruedas.
No ha
sido fácil, sobre todo hacerse respetar como artista, superar la
discriminación. “Todo el mundo piensa que porque estoy en una silla de ruedas
ando pidiendo limosna. No se dan cuenta que todos tenemos necesidades
especiales y no por eso todos somos inútiles. Yo no puedo caminar, pero puedo
hacer muchas cosas.”
Sus
obras de arte, alegran la mirada más exigente. Tengo una en mi casa, y me
sonrío cada mañana al verla: una niña y un niño jugando. Cuando le pregunté
cuál era su más grande satisfacción me dijo “Ver la cara de los que compran mis
obras”, seguro que vio la mía. Debe tener muchas satisfacciones. Ya está
exportando obras, es internacional.
Amílcar
es además un gran inventor. Cuando comenzó su recuperación, adquirió un
carro y lo adaptó para que pudiera manejarlo a pesar de la inmovilidad de sus
piernas. Va a Valencia y a Caracas con frecuencia, manejando él su
carro. Y siguen con su humildad y sencillez franciscana.
Hace
unos años voló en Parapente. “Después de ver la tierra desde arriba no pude
mirar la vida de la misma manera. Ahora quiero volar en paracaídas” y algo más
que no le entendí, tal vez porque Amílcar siempre me sorprende y me deja
sin palabras, lo cual es mucho decir.
No
puedo mostrar en un papel las maravillas que he visto en su taller. Lo escucho
y pienso que todo el país debe conocer su historia. La violencia
delincuencial deja secuelas terribles, pero Amílcar hace que uno se olvide por
un momento de la real guerra asimétrica y crea en el ser humano. Los
venezolanos tenemos mucho que aprender de gente como él.
¡Gracias
Amílcar por tus niños de tuercas! ¡Gracias por existir!
07-01-16

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