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domingo, 11 de junio de 2017

Cómo decidir por @leomoralesP


Por Leonardo Morales P.


La vida del ser humano transcurre tomando decisiones por lo que convierte su existencia en un asunto difícil. Hacer o dejar de hacer es una decisión y tiene efectos sobre el desarrollo de la vida.

La política está intrínsecamente relacionada con las decisiones. Todo político toma decisiones y cada una de ellas tiene efectos que, en calidad de decisor, tiene y debe evaluar: su impacto, sus consecuencias. Toda decisión política marca una huella que debe ser debidamente meditada; cada vez que el político va a tomar una decisión, se encuentra en la circunstancia de decidir entre varias opciones.

La gente dice no gustarle la política. Muchos argumentos aparecen para justificar su animadversión respecto de la política, pero en verdad, bastante de eso está asociado al impacto que las decisiones tienen sobre la sociedad. Ante la complejidad de una decisión, un individuo tomará aquella que le sea más fácil ejecutar: entre hacer una comida o ir a un restaurant, optará por lo segundo, si tiene como pagar el servicio.

La política vive en permanente tensión, todas ellas vinculadas a decisiones. En Venezuela, como en cualquier parte del mundo, la política es dinámica, nunca estática, y cuando ocurra lo segundo no habrá política, no habrá vida, al menos civilizada.

La negociación, la deliberación y el diálogo son elementos esenciales del quehacer político. Quien ejerce funciones de Gobierno debe hacer de cada uno de ellos, herramientas indispensables. En caso contrario, su acción caerá en el vacío o confrontará obstáculos que impedirán su ejecución.


En Venezuela se toman decisiones a cada instante y cada una de ellas pretende servir a un propósito, sin embargo, cuando los actores políticos actúan desde la soledad, sin evaluar las derivaciones de sus decisiones, inmediatamente deben tomar otras.

Al Gobierno de Maduro le pasó algo parecido. Pensó que subir el tono de la represión llevaría a los venezolanos a sus casas, y no le resultó, erró en la decisión. Han asesinado más de medio centenar de jóvenes y la gente sigue allí.

La oposición hizo lo suyo, se mantiene en la calle creyendo que Maduro adelantaría las elecciones, que renunciaría a su cargo, al poder. Pero no, sigue en el ejercicio de sus funciones y va más allá.

La Constituyente es la última decisión de Maduro. Cree haber resuelto el problema, creyó haber dado un estacazo a la oposición, pero de nuevo, una vez más, la compañía de la soledad lo hizo pecar. El chavismo, ese que creció al lado de su líder sigue sus postulados: el poder originario está en el pueblo y no el heredero. Una rebelión demasiado costosa para su esmirriada legitimidad.

El presidente ha insistido en que la Constituyente va, que nada lo detendrá. Esa es una decisión que lejos de procurar la paz provoca una mayor crispación social. De qué sirve una constituyente elegida por menos del 20 % de la población. Le faltarán cosméticos al CNE para poder maquillar unos resultados que le den legitimidad.

Las decisiones solitarias de los actores políticos ya han demostrado que conducen mal al país. La unilateralidad de las decisiones tomadas en el ático de Miraflores ni las tomadas al calor de las masas han encendido el faro que conduzca al país por el sendero de la paz.

Sin negociación, diálogo y deliberación las decisiones serán defectuosas y el porvenir será incierto. 

10-06-17