SIMÓN GARCÍA 11 de agosto de 2016
Aunque
no sea evidente, el gobierno viene perdiendo sus batallas. El rechazo activo y
pasivo a sus medidas se extiende por toda la población. Sus defensores a ciegas
se achican. Los sectores más radicales del PSUV, con un peso fluctuante en la
cúpula, actúan insistentemente para bloquear todos los caminos de sustitución
electoral, precisamente porque no tienen chance. El gobierno es un obstáculo
para la gente. Su continuación es la profundización del hambre.
El
árbitro emergente para los desenlaces, la institución que proporciona
viabilidad a todos los escenarios potenciales, la Fuerza Armada, actúa con
relativa prudencia. No luce muy inclinada a ocupar todos los huecos
gubernamentales. Parece buscar su papel en la crisis. Cuál será el que
definitivamente va a jugar es un enigma sobre el que razonablemente se pueden
hacer apuestas contraías.
La
obsesión de Maduro tiene el mismo sesgo dictatorial que el de Carmona. Una
intención melliza los une: disolver la AN. Para no hacer referendo revocatorio
ni elecciones de gobernadores en el 2016, requiere debilitar a los partidos y
sacar del juego al parlamento nacional. Pero el costo que tendría que pagar es
alto. Entre otros, perder seguidores, intensificar contradicciones en el PSUV o
tal vez favorecer la aceleración de su caída.
Pero
persiste una debilidad opositora en el desfase de su discurso y de su acción
con los temas de la calle y con las protestas que encadenan a la gente al
circuito cotidiano de la subsistencia. Son dos caras de un mismo mundo, el de
la política y el de los golpeados por la crisis, que pueden tener un mismo
propósito, pero que no logran conectarse y nutrirse mutuamente.
La
protesta directamente política es un acto de concentración de las vanguardias.
La protesta por las medicinas, los alimentos, los salarios y la inseguridad es
un acto de dispersión de las comunidades y de una ciudadanía desesperada y
aplastada por una sensación de impotencia.
Todas
estas peculiaridades de la situación deben encararse con una reflexión y unas
respuestas prácticas claramente unitarias. Mientras exista la competencia sin
reglas por destacar parcialmente no se generará confianza en la gente. Si el
discurso, con sus variables de estilo y de énfasis, transmite las mismas ideas
centrales alentará el entusiasmo. El objetivo de la estrategia debe seguir
siendo la realización del revocatorio y de las elecciones de gobernadores este
año y un plan común de trabajo dirigido a aumentar las condiciones de
movilización, iniciativas, organización y conciencia en los venezolanos que no tienen a la política como su
prioridad. Un plan que hay que seguir con o sin revocatorio para este año.
¿Por
qué la MUD tiene baja capacidad de convocatoria a pesar del respaldo de una
abrumadora mayoría que la acompaña en la oposición social a Maduro, a su
gobierno y a su modelo? Una hipótesis, contraria a quienes sostienen que las
elecciones son el suicidio de un verdadero cambio, es que la gente quiere
ponerle fin a esta situación pacíficamente. Necesita disponer de opciones de
protesta con bajo riesgo de violencia, como el acto de votar.
Habría
que pensar también en lo importante que es que las vanguardias se acerquen a la
masa, a la gente común agobiada por la cercanía del hambre, el peligro
constante de la inseguridad, la evaporación de sus ingresos. Gente obligada a
invertir cada vez más tiempo en satisfacer sus necesidades básicas para
sobrevivir con angustia.
Los
partidos deben continuar peleando para que el gobierno no termine de dinamitar
el referendo y le de una patada a la elección de gobernadores, pero deben
meterse también en las demandas por el pan de una población que desgasta sus
vidas en las colas.
No
olvidar que no sólo de política vive el hombre.

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